Le dijeron que era anemia, pero su sangre estaba "fea": el nene de 7 años que asombró a los médicos
Todo parecía una anemia pasajera, hasta que los médicos empezaron a hablar en voz baja. Lo que le encontraron a Juani a los 7 años obligó a un protocolo de alto riesgo, y lo que hizo después asombró a propios y extraños.
Juan Ignacio Correa tenía 7 años cuando unos moretones sin explicación encendieron la alarma en su casa de Claypole. Lo que sus padres creyeron una anemia pasajera terminó siendo una leucemia linfoblástica aguda. Hoy, con el tratamiento completo y en remisión, el nene recuperó la vida de cualquier chico de su edad.
La historia empezó a mediados de noviembre de 2023. Juani, como le dicen en la familia, mostraba una palidez que llamaba la atención, moretones que aparecían sin golpes y pequeños puntos rojos en la piel. Sus padres pensaron en un déficit nutricional o en algo propio del crecimiento y lo llevaron a una guardia para sacarse la duda.
“Me di cuenta que no era algo simple”
El 14 de noviembre le hicieron un análisis de sangre y todo cambió. “Los médicos hablaban entre ellos en voz baja, con caras de mucha preocupación, y ahí me di cuenta que no era algo simple”, recuerda Marisa, su mamá. Juani ya recibía transfusiones de plaquetas y glóbulos rojos, un mundo que la familia no conocía.
En el camino a la internación en la Clínica de Niños de Quilmes, Marisa buscaba respuestas en el teléfono con el miedo atragantado. Frente a la especialista se animó a preguntar: “Doctora, dígame la verdad... ¿es leucemia?”. La respuesta fue cuidadosa: “Mirá, ojalá que no, pero sus análisis no están nada bien”. Cuando la mamá insistió con la posibilidad de una anemia pasajera, la médica fue clara: los valores estaban muy alterados y había que prepararse para lo que viniera.
La confirmación llegó el 15 de noviembre, cerca de las dos de la tarde. El centro no hacía punciones medulares para determinar la tipología exacta, así que ordenaron un traslado de urgencia a la Clínica Güemes. La ambulancia no llegaba y el reloj corría. Los padres averiguaron que el Hospital Garrahan recibía pacientes oncopediátricos, firmaron el alta voluntaria y salieron por sus propios medios hacia la Ciudad de Buenos Aires.
“Le explicamos que su sangre estaba fea”
“Ese 15 de noviembre sentí que la vida se me detenía en un segundo”, dice Marisa. En el viaje se le pasaban películas de chicos enfermos que no salían adelante, pero tenía que tragarse el llanto y hacerse la fuerte. Al llegar, la sala con muchos nenes peladitos, otros con sondas gástricas o con dificultades para caminar fue un golpe a la realidad.
A Juani le explicaron la enfermedad con palabras de su edad: su sangre estaba fea y había que curarla. Al principio no entendía tantos pinchazos ni para qué eran los remedios. Su mamá se arrodillaba para pedirle que los tomara. Con el tiempo el nene entendió todo, puso una fuerza increíble y hasta terminó indicándoles a las enfermeras en qué vena convenía pincharlo.
En los pasillos del Garrahan, Juani encontró amigos. Conoció a Brian, un nene boliviano que atravesaba un pozo de tristeza mientras peleaba contra un tumor cerebral. Con paciencia y dulzura, Juani empezó a hablarle, a compartir videos de YouTube y a buscar ese idioma que solo entienden los chicos, hasta lograr que volviera a jugar e incluso a bailar en la habitación. Las médicas registraron ese momento en video. También forjó un lazo entrañable con Yanina, una compañera de pasillo con la que mantiene una amistad que trascendió las paredes del hospital.
Un protocolo de alto riesgo
Con el diagnóstico confirmado en el Garrahan comenzó una carrera contrarreloj para preparar el cuerpo de Juani antes de la quimioterapia. Los primeros días estuvieron marcados por la confusión y el miedo de un nene de siete años que no comprendía la invasión de agujas, sueros y pastillas. Ante su resistencia para tomar la medicación, el equipo evaluó colocarle una sonda gástrica. Su mamá se arrodilló junto a la cama para explicarle el procedimiento con franqueza y logró que colaborara por sus propios medios.
La respuesta clínica del primer mes fue determinante. Los especialistas advirtieron que la médula ósea no reaccionaba favorablemente a los esquemas convencionales, por lo que el protocolo se elevó a la categoría de alto riesgo. Eso implicó un esquema más agresivo, con ciclos acumulativos de quimioterapias más fuertes. En marzo, para administrar semejante carga sin deteriorar sus venas periféricas, los cirujanos le colocaron un catéter implantable conectado a una arteria central.
Vinieron seis internaciones programadas, repetidas cada 21 días y de seis jornadas continuas cada una. Durante esos períodos Juani permanecía conectado las 24 horas a una bomba de infusión. La rutina no terminaba con el alta: la quimioterapia arrasaba también con sus defensas, y a los tres días de volver a casa aparecían episodios de fiebre neutropénica que obligaban a reingresarlo de urgencia.
El momento más difícil
El instante más crítico llegó el 16 de mayo de 2024, después del quinto bloque de quimioterapia. En un control de rutina constataron un nivel muy bajo de glóbulos rojos y le hicieron una transfusión inmediata. Al habilitar el catéter e introducir la aguja, su presión arterial se desplomó y el cuadro derivó en un shock séptico por una bacteria que había colonizado el dispositivo. Con el sistema inmunológico desprotegido y en estado de extrema gravedad, los médicos lo trasladaron a terapia intensiva pediátrica, lo intubaron y lo pusieron en coma farmacológico para sostener sus signos vitales.
“Fueron cinco días eternos en los que no nos despegamos de su lado, rezándole a Dios y hablándole bajito al oído porque nos decían que, aun dormido, él nos escuchaba”, relata Marisa. Entrar a esa sala y verlo lleno de cables, con las bombas pasándole remedios y el monitor cardíaco sonando sin parar fue, dice, la prueba más desgarradora de su vida. Al quinto día sus defensas respondieron, los médicos pudieron desentubarlo y Juani, con su inocencia, pensó que apenas se había dormido un ratito. Después de semejante tormenta completó el último bloque y la última quimio endovenosa se festejó con el alma.
El reencuentro con la escuela fue una fiesta. Compañeros y docentes lo recibieron con un acto de homenaje y un reconocimiento que premiaba no solo a un alumno de Cuarto Grado, sino a un verdadero luchador. Durante meses asistió a clases con barbijo y cuidados extremos por las defensas bajas, pero con una alegría desbordante por recuperar su pupitre, el patio y los recreos.
El sueño de un paleontólogo
Make-A-Wish es una organización internacional sin fines de lucro nacida en 1980 en Estados Unidos y radicada en la Argentina desde 2002. Su misión es hacer realidad los deseos de niños y niñas que atraviesan enfermedades graves, rescatando su identidad e ilusión por fuera del ámbito hospitalario.
Para Juani, los dinosaurios nunca fueron un pasatiempo de ocasión. Lo acompañaron desde bebé y le sirvieron de refugio en las horas difíciles. Aprendió a pronunciar nombres científicos con soltura, devoraba enciclopedias y soñaba con ser paleontólogo. Cuando las voluntarias le preguntaron qué anhelaba, no dudó: quería sumergirse en la tierra de los gigantes del pasado y tener consigo a sus criaturas preferidas, entre ellas el Titanosaurus, el Mosasaurus y el Distortus Rex.
El deseo tomó forma en el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia. Apenas cruzó el umbral, Ceci y un equipo de especialistas lo esperaban para guiarlo por las salas y llevarlo al laboratorio donde se limpian y preservan piezas fósiles reales. Juani observó el trabajo de los expertos, hizo preguntas que sorprendieron a los propios científicos y vivió el momento cumbre al tener entre sus manos un huevo de dinosaurio descubierto recientemente. También recibió un libro autografiado por el paleontólogo Federico Agnolín y los muñecos que tanto esperaba.
“Con Juani me quedo con la alegría de haber podido acompañar algo que forma parte de su mundo y que le genera tanta ilusión”, reflexiona Mónica Parisier, directora de Make-A-Wish Argentina. “A veces, desde los adultos, pensamos que para generar una experiencia inolvidable necesitamos hacer algo enorme, pero lo que realmente importa es entender qué es significativo para cada chico”. Y agrega: “Su pasión por los dinosaurios nos abrió la puerta a una experiencia de aprendizaje, descubrimiento y encuentro con personas que pudieron compartir sus conocimientos con él”.
Marisa no olvida la cara de su hijo en el museo, explicándole al guía cómo eran los dinosaurios y observando los fósiles con devoción. “Cuando terminó el recorrido, lo primero que me dijo en el camino de vuelta a casa fue: ‘Mamá, fue el mejor día de mi vida’”, se emociona.
“Cumplir un deseo no reemplaza un tratamiento médico”
Cuando un niño atraviesa una enfermedad oncológica, la rutina familiar queda absorbida por internaciones, estudios invasivos y salas de espera. En ese contexto, la concreción de un sueño se convierte en una pausa vital. “Es importante ser muy cuidadosos y entender que cumplir un deseo no reemplaza un tratamiento médico ni asegura por sí solo una mejoría clínica”, explica Mónica. “Sin embargo, sabemos que el bienestar emocional es una dimensión esencial. Tener algo que esperar con verdadera ilusión, sentirse escuchado y vivir un momento en el que el hospital no sea el único centro de todo tiene un valor enorme”, aclara.
Hoy, la vida de cualquier nene sano
Juan Ignacio se encuentra en remisión total tras completar la quimioterapia endovenosa y el tratamiento en pastillas. Asiste a controles mensuales en el Garrahan con análisis impecables y espera el alta médica definitiva, que llegará dentro de dos años. Cursa Cuarto grado con curiosidad inagotable, recuperó peso y disfruta de una rutina activa y alegre en Claypole. Fanático del guiso casero, empezó clases de natación —un deporte que él mismo pidió—, juega en la plaza y mantiene largas partidas de Roblox por videollamada con Yanina y con sus mejores amigos.
“Juani hoy lleva la vida de cualquier nene sano; está terrible, con sus caprichos y unas ganas inmensas de disfrutar de todo. Verlo compartir las tardes con su hermana Umma, hablar fascinado de sus dinosaurios y asegurar convencido que de grande va a ser paleontólogo me llena el alma”, dice su mamá. “La mayor enseñanza que nos dejó es aprender a vivir cada día como si fuera el último: nos enseñó que no existe problema cotidiano más grande de lo que ya superamos juntos y que cada minuto compartido vale una vida entera”.