Las antigüedades que Paraná no deja morir: qué buscan los que entran a estos locales
¿Por qué una vajilla de hace un siglo puede costar lo mismo que una nueva y todavía hay quien la usa todos los días? Lo que revelan los locales de antigüedades de Paraná sobre un mercado que no se apaga.
En un mercado que empuja a consumir rápido y tirar, hay objetos que se resisten. En Paraná, las antigüedades siguen teniendo su lugar entre quienes buscan vajilla, muebles, piezas decorativas o monedas, y el interés no da señales de apagarse.
No hace falta ser coleccionista ni especialista para caer en la tentación. Muchas veces la elección pasa por el gusto, por la estética o por la chance de meter en la vida cotidiana un objeto que ya atravesó varias décadas.
La permanencia es parte del atractivo. Donde casi todo está pensado para reemplazarse en poco tiempo, un mueble, una vajilla o una lámpara pueden conservar su utilidad y su carácter durante generaciones. A eso se suma lo emocional: algunos evocan recuerdos familiares y otros acercan a épocas que no se vivieron, pero cuya estética sigue encontrando lugar en las casas de hoy.
Qué busca la gente cuando entra a un local de antigüedades
Carina Cottonaro conoce ese mundo desde adentro: hace 15 años vende antigüedades y en su local de calle Monte Caseros se especializa en vajilla, petit muebles y decoración. Según contó a UNO, quienes llegan en general ya tienen una búsqueda concreta: una sopera, determinadas copas, platos de un estilo o porcelana de un origen específico. Pero también están los que se dejan llevar por un objeto que vieron en la vidriera.
“Habitualmente viene la persona que conoce y busca algo que ya sabe que va a encontrar en este local”, señaló Cottonaro, que aclaró un punto clave del rubro: algo se considera antiguo cuando ya pasó los 100 años.
En su experiencia, el interés puede arrancar con una sola pieza y transformarse en una afición más amplia. Hay clientes que, después del primer objeto, empiezan a buscar líneas, procedencias o estilos determinados y arman de a poco su propia colección.
Cottonaro también desaconseja guardar las piezas. Todo lo contrario: recomienda usarlas. “Ya los guardaron los abuelos muchos años. Y una vajilla antigua puede tener un precio comparable al de una vajilla nueva de determinados segmentos”, precisó.
En ese sentido, advirtió que existe una percepción equivocada sobre el valor económico de estos objetos: no todo lo antiguo es barato, pero tampoco es necesariamente inaccesible. Hay piezas que alcanzan valores altos por antigüedad, procedencia o calidad, y otras que tienen precios que permiten incorporarlas al uso diario. Así, una taza, una copa o un plato pueden recuperar su función después de años en una alacena.
Un mercado con sello propio
La variedad es una de las marcas del rubro. En vajilla, Cottonaro trabaja con piezas de distintas épocas, tamaños, colores, diseños y procedencias: algunas con flores, otras más sobrias, platos de varios colores y porcelana francesa, japonesa, alemana o de otros orígenes.
Comercializar estos objetos exige conocimiento. La especialista explicó que las piezas originales pueden tener sellos, números de serie y marcas que permiten identificar su procedencia. En determinadas porcelanas aparece incluso la señal del pincel de quien hizo la terminación, porque fueron completadas a mano.
Ese aprendizaje es parte del trabajo cotidiano. Cuando recibe una pieza cuyo origen desconoce, investiga sus características para determinar qué es y cuánto puede valer. Con los años reunió una cantidad importante de vajilla: asegura que ha tenido más de 85 juegos completos.
Una propuesta que se suma a la oferta de la ciudad
A los comercios ya instalados en Paraná, abocados a muebles, vajilla y otras opciones, se sumó recientemente en la cortada Venezuela una propuesta que reúne objetos de distintas categorías. Eduardo Cáceres, que atiende al público, contó que el emprendimiento nació después de años de trabajar de manera itinerante. Con su socio y amigo Walter llevan alrededor de 15 años vinculados a las antigüedades y participaron de exposiciones y ferias en distintos puntos de Paraná y Santa Fe.
Tener un espacio fijo les permitió concentrar las piezas y dejar de trasladar objetos delicados, con el riesgo de que se deterioren o se rompan.
Hoy en el local se pueden encontrar discos de vinilo, vajilla, cristalería, muebles, adornos, lámparas, monedas, billetes y objetos de otras épocas.
El público es diverso. Según el vendedor, los discos de vinilo despiertan especial interés entre los jóvenes, que buscan registros de ópera, música clásica, soul y jazz. También llegan quienes conocen el mercado y buscan piezas puntuales: objetos de bronce, cristalería, copas, cubiertos, utensilios de cocina o muebles antiguos.
La numismática es otro de los atractivos. El local reúne monedas y billetes nacionales y extranjeros, incluidos patacones, monedas europeas y piezas de distintos períodos.
Lo antiguo vuelve a circular
En ambos locales reciben consultas de personas que tienen antigüedades y quieren venderlas. Los motivos son variados: una mudanza, falta de espacio, una necesidad económica o simplemente las ganas de desprenderse de cosas que ya no se usan.
Cottonaro procura conocer primero las piezas y evaluarlas antes de comprar. En general le ofrece al vendedor llevarse otro objeto por el valor acordado: alguien puede desprenderse de unas copas que no utiliza y obtener, por ejemplo, platos para el uso diario.
Cáceres prefiere hablar de “rescatar” esos objetos. Para él, recuperar una pieza antigua permite que vuelva a circular y evita que termine olvidada en un depósito o un garaje.
Así, las antigüedades se ubican dentro de una tendencia que va más allá de la nostalgia: reutilizar, restaurar y combinar objetos de otras épocas con espacios actuales. Un mueble, un espejo, un candelabro o una vajilla pueden convivir con elementos contemporáneos y adquirir una nueva función.
Y aunque algunas piezas llegan con historias familiares, no siempre es ese relato lo que moviliza a quien las compra. Muchas veces es una simple elección personal: la atracción por una forma, un diseño, un material o un estilo que sigue vigente pese a haber sido creado décadas atrás. Objetos hechos para durar, que atravesaron generaciones y que todavía pueden encontrar un lugar en la vida cotidiana.