La voz que pudo reinar en Milán y eligió cantarle a La Pampa
La soprano que deslumbró en el Teatro Colón y llegó a audicionar en La Scala de Milán tomó una decisión que muchos no esperaban. Qué eligió en lugar de la consagración europea y dónde sigue dando clases hoy.
Hay trayectorias que se leen como una partitura: cada nota parece responder a un plan escrito de antemano. En el mapa de la lírica argentina, el nombre de Gladys Martino tiene un brillo que muchos desconocen, y que combina el vértigo de Buenos Aires con el silencio de la llanura pampeana.
Nació en la capital del país, pero es pampeana por elección y por amor. Esta soprano llegó a los escenarios más exigentes de la ópera y, sin embargo, en el momento de mayor consagración tomó una decisión que sorprendió a más de uno.
Las Walkirias que marcaron un destino
La relación de Gladys con la música lírica arrancó a los ocho años, esa edad en la que los rumbos suelen quedar sellados para siempre. Su padre, Francisco —a quien recuerda como "el hombre más pacífico de este mundo"—, llenaba la casa con melodías cotidianas.
Pero el recuerdo que definió su vocación fue otro, casi un relámpago en plena infancia: escuchar Las Walkirias, de Richard Wagner. Esa potencia orquestal la deslumbró por completo. "Allí me dije... seré cantante lírica, ¡quiero cantar así!", rememora hoy, con la mirada encendida como aquella vez.
Pocos años después, a los trece, el destino le dio otra señal. En una visita escolar al Teatro Colón se apartó un instante de sus compañeros y contempló la felpa roja y el techo imponente. Se imaginó cantando allí. "Cuando me paré sobre el escenario dije: 'Acá voy a cantar'". No era una fantasía adolescente: era un pacto con el futuro.
Del coro al papel protagónico
Tras siete años de estudio riguroso con los grandes maestros de repertorio lírico del país, y con el apoyo incondicional de su padre y de su madre Paula —que hoy comparte el hogar con ella en Santa Rosa—, Gladys atravesó las puertas del coliseo. A los veinte años ya cantaba profesionalmente en el Colón.
Entró primero en las filas del coro, ese engranaje humano monumental. Pero su timbre singular, su musicalidad y su entrega interpretativa aceleraron los tiempos: cuatro años más tarde, la dirección la contrató formalmente como solista.
El debut estelar llegó de golpe. Gladys era suplente de la cantante titular en Hänsel y Gretel, de Engelbert Humperdinck. La soprano titular se enfermó horas antes del ensayo general y la convocaron de urgencia para responder frente a la orquesta y la dirección.
Terminada la exigente pasada general, con una solvencia técnica impecable, el director del teatro entró decidido a su camarín. Con el pulso todavía acelerado, Gladys escuchó las palabras que cambiarían su historia: debía debutar como Gretel ante el gran público.
Ella, desbordada por la timidez y el respeto al protocolo lírico, objetó que era solo la suplente. La respuesta fue inapelable: "Ni una palabra más. Mañana usted debuta con Gretel". Y así, casi sin darse cuenta, se apoderó de la escena y recibió la primera de las tantas ovaciones que marcarían su carrera en los principales teatros del país, incluido el Argentino de La Plata.
La prueba de fuego en La Scala de Milán
La búsqueda de la perfección vocal la llevó a cruzar el océano. Completó su formación en Italia y Alemania. En 1994 el destino la puso frente al nombre más codiciado por cualquier cantante lírico: La Scala de Milán.
Había viajado a la capital de la Lombardía para perfeccionarse con la mítica soprano Adelaide Saracheni. En ese contexto de exigencia extrema quiso hacer una audición en el templo milanés, impulsada también por el deseo de conocer el nivel pedagógico de su maestro de repertorio, Roberto Curvelo.
Para la prueba eligió una pieza difícil: el aria de Norina, de Don Pasquale, de Gaetano Donizetti. Al terminar las últimas notas, el silencio sepulcral se rompió con la aprobación de las autoridades, que deslumbradas le pidieron de inmediato otra pieza. Martino, con una candidez llamativa, contó que había llevado una sola preparada, a pesar de haber interpretado roles protagónicos en el Colón.
"Yo tenía miedo que me fuese bien", confiesa a la distancia sobre el trasfondo psicológico de aquella jornada. La audición fue un éxito rotundo: las autoridades milanesas reconocieron estar ante una voz de linaje internacional y le ofrecieron incorporarse de manera permanente a las producciones de La Scala.
La decisión que lo cambió todo
La oportunidad dorada traía una condición innegociable: instalarse definitivamente en Italia, mudar su vida y sus pertenencias al viejo continente. En ese preciso instante, la alternativa chocó de frente contra sus convicciones más fuertes.
"Tuve que rechazar el trabajo en La Scala de Milán. ¿Por qué? Porque yo tenía a Pablo y a Agustín chiquitos, y cuando uno toma un compromiso como madre, para mí, eso es indiscutible", afirma hoy, con una firmeza que no deja ver ni la más mínima sombra de arrepentimiento.
Lo resume con una frase que pinta su identidad: "Es que de la Argentina no me iba".
Lejos de lo que muchos podrían considerar un sacrificio doloroso, Gladys asegura que aquella decisión jamás le dejó una sensación de deuda con su carrera. "Fui feliz haciendo siempre lo que me gustaba, lo que amaba, lo que me apasionaba, y, bueno, así fue...", sintetiza.
En lugar de la carrera operística convencional en Europa, se reconvirtió como cantante recitalista, especializada en la delicada música de cámara alemana y francesa. Esa actividad le permitió viajar y trabajar en Alemania, cantando a los grandes compositores en su idioma original.
Santa Rosa, su otro escenario
El vínculo con La Pampa empezó una década antes de la audición milanesa. En 1984 empacó partituras, vestidos de escena y sueños para radicarse en Santa Rosa, acompañando a su esposo, el reconocido médico traumatólogo Daniel Trabb. Buenos Aires dejaba de ser residencia fija, aunque el vínculo con el Colón nunca se cortó.
Durante años sostuvo una rutina singular: unos días de la semana en Santa Rosa con su familia y otros viajando, cantando y trabajando en el Teatro Colón. "Los directivos del Teatro me tenían mucha paciencia", recuerda con gratitud. "Sabían que era una jovencita que cantaba con mucha responsabilidad de estudio y pasión".
En suelo pampeano nacieron y crecieron sus hijos, Pablo y Agustín, a quienes define como "muy pampeanos, porque nacieron y residen aquí, y aman profundamente La Pampa". Pablo siguió los pasos de su padre como médico traumatólogo; Agustín eligió Turismo. La familia se agrandó con tres nietos —Faustina, Mateo e Hilario— que llenan de risas el hogar.
Con humor, Gladys reconoce lo complejo que debe haber sido convivir con una madre dedicada al bel canto. "No siguieron mi camino, eligieron sus rumbos y profesiones, pero es verdad, convivir con una mamá cantante lírica no era nada fácil...", relata risueña. Y agrega: "Cuando eran chicos se quejaban... ¡Mamá canta todo el día, todo el día...!".
"Hoy los comprendo. Imaginen... escuchar tantas horas una soprano estudiando para cantar después en los teatros que me contrataban... Sí, se les hacía pesado", se ríe.
Una intelectual del arte
Quienes la conocen de cerca saben que detrás de su calidez provincial hay una intelectual del arte, con un espíritu inquieto que se niega al saber estancado. "Siempre estoy estudiando, me apasiona estudiar y poder comunicarme bien con otras culturas, entender a la gente de otras latitudes... ¡eso para mí también es Arte con mayúsculas!", exclama.
Esa curiosidad la llevó a interpretar textos clásicos con una fidelidad filológica asombrosa. En los catálogos especializados de Compositores e Intérpretes Argentinos dejó su impronta, incluyendo obras contemporáneas de autores nacionales que escribieron partituras pensadas para los matices únicos de su voz.
De Madrid a su taller en Santa Rosa
El puente entre La Pampa y el mundo tuvo un capítulo reciente en Madrid, en la imponente Basílica Pontificia de San Miguel, templo de arquitectura barroca. Allí ofreció un recital de cámara recordado por su emotividad desbordante.
Estuvo "magníficamente acompañada" por el maestro español Javier Totajada y un grupo de prestigiosos cantantes de la lírica española. Una demostración más de la niña que se deslumbró con Wagner, la joven que conmovió al Colón y la madre que le dijo no a La Scala por amor a su familia.
Su voz, que pudo haber sido patrimonio de las grandes capitales del mundo, eligió ser el viento que hace cantar a la llanura.
39 años formando voces
El desembarco de Gladys en la pedagogía musical santarroseña fue casi por azar. Ocurrió una tarde en su casa, mientras esperaba la llegada de su segundo hijo, Agustín. Dos jóvenes golpearon la puerta con timidez: "Señora, aquí no hay nadie que lo haga, ¡usted debe enseñarnos a cantar...!".
Antes de lanzarse, consultó con uno de sus referentes en el Colón, Horacio Rogner. El maestro le dio una respuesta que se volvió un mandato: "Adelante, incluso te enseñará el enseñar a otros...".
Y tuvo razón. Gladys abrió su taller y comenzó una trayectoria pedagógica que ya lleva 39 años ininterrumpidos. "Nunca me reservé ningún secreto del bel canto, y enseñar me hizo sentir muy feliz. ¡Ver a mis alumnos cantar es maravilloso!", dice hoy.
Por su estudio pasaron decenas de talentos de la lírica y del canto popular, alumnos que ganaron concursos nacionales. Uno de los casos más emblemáticos es el de Lucas Arrieta, el joven de Lonquimay. Gladys recuerda el pacto inicial: "Te daré clases pero si me dejás enseñarte lírica". El trato dio frutos: hoy Lucas canta profesionalmente en las salas del mismísimo Teatro Colón.
Para Martino, lo que ocurre en el país da excelentes frutos: "En el país veo grupos independientes que hacen Ópera, y posibilita que los cantantes puedan llegar a los grandes escenarios", señala con satisfacción.
"Es una de las grandes"
El maestro Pablo Dell' Oca Sala, exdirector de la Banda Sinfónica de la provincia y al frente de la Orquesta Nacional de Música Argentina "Juan de Dios Filiberto", es una voz autorizada para opinar sobre ella.
"Gladys Martino tiene un nivel internacional. Es una soprano muy pero muy buena, y su técnica es espectacular", afirmó. Y fue contundente: "Queda sobreentendido que es muy buena, porque cuando se llega a papeles protagónicos en el Colón, e incluso habiendo actuado en Europa no puede ser de otra forma".
En el mismo tono concluyó: "Por otro lado, siempre fue muy emprendedora, en la manera de trabajar y crear espectáculos. Además es excelente repertorista. No quedan tantos buenos, y ella es una de las grandes".