La tabla que dos hermanos argentinos llevaron a la Antártida apareció congelada en Times Square

Dos hermanos argentinos llevaron su tabla de surf a la Antártida y volvieron con algo que no esperaban. Ahora la exhiben congelada en plena Times Square, y el motivo detrás de la escultura tiene que ver con lo que vieron en el continente blanco.

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La tabla que dos hermanos argentinos llevaron a la Antártida apareció congelada en Times Square
La tabla que dos hermanos argentinos llevaron a la Antártida apareció congelada en Times Square

Una tabla de surf encerrada en un bloque de hielo sorprendió a los neoyorquinos que pasaron el martes pasado por Times Square. No era una obra de arte cualquiera: es la misma tabla con la que dos hermanos argentinos viajaron a la Antártida, y ahora recorre el mundo para hablar de la crisis climática.

Los responsables son Joaquín y Julián Azulay, creadores de “Gauchos del Mar”, un proyecto que nació hace más de 15 años con un sueño simple: surfear y conocer el planeta. Ese impulso juvenil terminó convertido en una productora de documentales con siete expediciones, ocho películas, 64 premios y presencia en los siete continentes.

La instalación de Nueva York fue la tercera de una serie que arrancó en Buenos Aires, siguió en Roma y que los hermanos esperan llevar próximamente a Australia, en el marco de la Convención sobre la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCAMLR). La idea se repite: colocar la tabla dentro de un bloque de hielo en un lugar emblemático y de gran circulación para llamar la atención sobre la crisis climática y acercar público al documental Antártica, dominio uno.

Junto a la escultura hay un código QR. Quienes se acercan pueden conocer la película y firmar una petición para apoyar la creación de un área marina protegida en la Antártida. Para montar la pieza trabajaron con un escultor especializado en hielo: cada bloque mide aproximadamente un metro por 50 centímetros y pesa unos 120 kilos.

Una historia que empezó en el agua

Joaquín tiene 39 años y Julián, 40. Ambos nacieron y crecieron en la provincia de Buenos Aires y se formaron en administración de empresas y arquitectura, respectivamente. Nada parecía indicar que terminarían recorriendo el mundo con una cámara al hombro.

El surf, en cambio, venía de familia. Su padre es Jorge Azulay, uno de los pioneros del deporte en Argentina durante los años 60, que a sus 83 años sigue practicándolo. Su madre, de 69, también surfea y llegó a representar al país en un Mundial de la ISA para mayores de 60, donde alcanzó las semifinales. Los hermanos aprendieron de chicos, en los veranos que la familia pasaba en Mar del Plata y Brasil.

Gauchos del Mar nació cuando tenían 21 y 23 años: tomaron sus ahorros y salieron a perseguir olas por América. No había productora, plan profesional ni proyecto definido. Solo dos cámaras básicas y ganas de recorrer el continente, surfear y acampar.

La primera película fue un recuerdo personal de ese viaje. Después llegaron un blog, una comunidad en Facebook y la decisión de enviar el material a festivales. Las selecciones y los premios abrieron una posibilidad que ninguno había planeado: vivir de lo que les gustaba hacer.

“Es increíble poder vivir de algo que a uno le apasiona, más allá del beneficio económico”, contó Joaquín a TN. Desde entonces el mapa se agrandó: recorrieron la Patagonia argentina y chilena, viajaron a las Islas Malvinas, hicieron dos películas en África y finalmente llegaron a la Antártida. El próximo proyecto, que prevén estrenar en enero, los llevará otra vez a Sudamérica, con una historia entre Argentina, Uruguay y Brasil.

El punto de inflexión

Entre todas las expediciones hubo una que cambió el rumbo: la Península Mitre, en Ushuaia. Allí entendieron que las películas podían ser algo más que el registro de un viaje. La producción sobre ese territorio ayudó a visibilizar un lugar poco conocido y acompañó el proceso que terminó en la creación de un área marina y terrestre protegida. Según contó Joaquín, fueron 300.000 hectáreas terrestres y 200.000 de mar.

“Gauchos del Mar no hace nada por sí solo, sino que amplifica el trabajo de los demás. Uno crece y entiende lo importante de trabajar para el bien común”, explicó Joaquín.

La Antártida fue el último continente que les faltaba conocer. Llegaron con un objetivo personal —buscar la ola más austral del mundo— pero el viaje se convirtió en algo más amplio. El documental Antártica, dominio uno combina esa expedición con las historias de científicos y especialistas que llevan décadas trabajando en el continente. Una de las figuras centrales es Rodolfo Werner, biólogo dedicado durante 30 años a la Antártida y vinculado con temas de conservación y política antártica. También aparece Manuel Novillo, un científico joven que ya participó en unas diez campañas antárticas.

Los Azulay querían mostrar las distintas caras de un territorio que suele quedar lejos de la mirada cotidiana: quienes investigan, quienes participan de las discusiones políticas y quienes recorren el lugar. “La Antártida es el único continente que nos pertenece a todos”, destaca el expedicionista.

Y ellos mismos se encontraron con algo que los impactó. “Hasta que uno no está ahí, no dimensiona la potencia de la naturaleza”, compartió. La Antártida les resultó un lugar salvaje, con muy poca huella humana. Vieron ballenas, pingüinos, focas y aves. Pero también encontraron pastos, hongos y musgos que, según explicó, no pertenecen al clima local.

Después de tantos años viajando, esas observaciones modificaron su forma de mirar los lugares que visitan. Joaquín cuenta que pasar mucho tiempo en la naturaleza hace que ciertas cosas empiecen a llamar la atención: basura, plástico, elementos que no deberían estar en determinados paisajes. Ni siquiera las comunidades locales son responsables, sino que las corrientes pueden arrastrar residuos desde otras partes del mundo hasta playas remotas.

La pregunta dejó de ser adónde viajar o qué ola encontrar. También apareció la duda sobre qué hacer con todo lo que veían. Para Joaquín, fue un proceso de responsabilidad construido con los años. Viajar, observar y filmar los llevó a pensar en lo que quedará para las generaciones futuras. Por eso la tabla volvió a ser protagonista.

La misma tabla con la que viajaron a la Antártida ahora aparece congelada en lugares que poco tienen que ver con aquel paisaje. Primero fue el Obelisco, después Roma y ahora Times Square. El contraste es parte del mensaje: llevar un fragmento de ese continente remoto hasta el centro de ciudades donde miles de personas puedan detenerse a mirarlo.

Mientras los hermanos siguen juntando firmas y difundiendo sus documentales en su sitio web, las principales potencias se disputan el dominio de la naturaleza, ajenas a un planeta que no deja de advertir la necesidad de un cambio.

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