La reina Victoria parió a su octavo hijo y lo que dijo después quedó en la historia

Se suponía que el sufrimiento era parte inevitable de traer un hijo al mundo. Una reina se negó a aceptarlo y probó un método que muchos consideraban una aberración. Lo que dijo después del parto quedó para siempre.

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La reina Victoria parió a su octavo hijo y lo que dijo después quedó en la historia
La reina Victoria parió a su octavo hijo y lo que dijo después quedó en la historia

Durante siglos, en el mundo occidental, la sentencia bíblica "parirás con dolor" se aplicó como si fuera una receta médica. La religión marcaba el rumbo de la ciencia y el sufrimiento en el parto era visto como algo inevitable, casi como un mandato divino.

Ese consenso se rompió a mediados del siglo XIX, cuando una monarca decidió que no estaba dispuesta a seguir padeciendo. La reina Victoria de Inglaterra, que reinó entre 1837 y 1901 y dio nombre a toda una era, tuvo nueve hijos y encontró en el cloroformo la forma de terminar con el tormento.

Una maternidad marcada por el dolor

Según un artículo de The New York Times, Victoria pasó 16 años de su vida adulta entre embarazos y períodos de lactancia. Pero lo que más la martirizaba era otra cosa: cada parto era una experiencia brutal. Ni la sangre azul, ni el poder, ni los privilegios le servían de consuelo.

Con la ironía típica de su país, la propia reina le confesó a una de sus hijas que dar a luz era "una violencia total respecto de nuestro sentido de la dignidad", y agregó con sarcasmo que esa dignidad ya se veía bastante afectada con el solo hecho del matrimonio.

Por eso, cuando a los 33 años y embarazada de su octavo hijo se enteró de que existía un método para calmar el dolor físico, no lo dudó: quiso probarlo en su próximo alumbramiento.

El descubrimiento que cruzó el Atlántico

A fines de la década de 1840, en Estados Unidos, algunos médicos habían logrado algo que parecía imposible: operar a sus pacientes sin que sintieran dolor. El mérito era del éter, una sustancia química que dejaba inconsciente a la persona mientras era intervenida.

Esos primeros ensayos de anestesia cruzaron el océano. En Edimburgo, Escocia, un obstetra llamado James Young Simpson empezó a buscar alternativas para aliviar a las parturientas. Descartó el éter y, después de probar varios elementos, se quedó con el que le pareció más eficaz: el cloroformo.

Cuenta la historia que el doctor y sus amigos probaron esa droga, que hasta entonces se usaba de forma recreativa, y terminaron todos inconscientes por sus efectos. A partir de ahí se siguió investigando y se comprobó que, en dosis adecuadas, ese líquido incoloro y de olor dulce podía mitigar los dolores atroces de los partos de la época.

Una aberración para la moral de entonces

El avance parecía maravilloso, pero para muchos era una aberración. El Génesis, primer libro de la Biblia, presentaba el dolor como algo inseparable del acto de parir, y evitarlo se consideraba antinatural.

Un obstetra estadounidense muy respetado, Charles Meigs, sostenía que no se podían detener "las fuerzas naturales y fisiológicas que la Divinidad nos había ordenado, para disfrutar o para sufrir". Las instituciones oficiales y la mayoría de las entidades religiosas pensaban igual.

Simpson respondió con un argumento ingenioso: también en el Génesis, Dios hace caer a Adán en un profundo sueño antes de sacarle una costilla. Para el obstetra escocés, el Creador había sido el primer anestesista.

El doctor que llegó al Palacio de Buckingham

A pesar de las críticas, había otro médico inglés que apoyaba el método: John Snow. Hacia él se dirigió el príncipe Alberto, esposo de Victoria y apasionado por la ciencia, para que asistiera a su mujer en la llegada de su octavo hijo, Leopoldo.

Así, el 7 de abril de 1853, y contra la opinión de los propios médicos reales, Snow se presentó en el Palacio de Buckingham. La reina lo esperaba con el embarazo a término. Según los testimonios de la época, el galeno se sorprendió al ver que, en lugar de la magnífica soberana que imaginaba, se encontró con una paciente "en un estado idéntico al de la más sencilla de las mujeres".

Cuando comenzaron los trabajos de parto, Snow puso en marcha su técnica: vertía unas gotas de cloroformo en un pañuelo y lo acercaba a la nariz de la reina cada vez que llegaba una contracción. Así la aliviaba sin dormirla por completo. El proceso duró unos 53 minutos hasta que Victoria dio a luz a Leopoldo, sin complicaciones y sin un sufrimiento excesivo.

Junto a Snow había otros dos colegas. Uno de ellos era James Clark, el médico del palacio, que observaba al anestesista como si estuviera presenciando un rito demoníaco. "Su Majestad expresó gran alivio tras la administración, ya que los dolores durante las contracciones uterinas fueron leves", dejó escrito Snow en sus notas.

"El bendito cloroformo"

La noticia del nacimiento real sin dolores se esparció por todo el reino y acalló los mandatos que venían desde los tiempos bíblicos. Poco a poco, todas las mujeres quisieron parir como la reina de Inglaterra. Sin dolor.

A Victoria los historiadores le atribuyen una frase que resume su gratitud: "El bendito cloroformo, calmante, tranquilizante e inmensurablemente agradable".

Desde el nacimiento de Leopoldo, el procedimiento se conoció como "cloroformo a la reina". Con la misma técnica, en 1857 Victoria dio a luz a la princesa Beatriz, su novena y última hija. En ese parto también participó Snow, que para entonces ya era una figura reconocida por su trabajo durante la epidemia de cólera de Londres en 1854: sus investigaciones identificaron el origen del brote en una bomba de agua de Broad Street, un hallazgo clave para entender cómo se propagaba y cómo prevenir esa enfermedad mortal.

Un dato adicional: tanto Leopoldo como Beatriz padecían hemofilia. Por suerte para el avance de la medicina, el hermetismo con que se trataba la vida privada de la realeza en esos años impidió que la enfermedad se vinculara maliciosamente con el cloroformo. Habría sido una relación completamente falsa, pero seguramente habría manchado los avances en materia de anestesia.

El cloroformo como método para dormir a los pacientes fue abandonado tiempo después, ya que podía provocar arritmias y otros problemas cardíacos. Sin embargo, su ayuda fue fundamental en los primeros tiempos de la anestesia. Y la decisión de la reina Victoria resultó clave para instalar un concepto que hoy parece básico, pero que entonces no lo era: parir con dolor es innecesario.

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