La pregunta de su esposa que a los 56 años lo mandó solo a Europa: "¿Y qué vas a hacer con eso?"
Un pasaporte europeo, un tatarabuelo llamado Jakob y una pregunta de su esposa: "¿Y qué vas a hacer con eso?". Lucas Anzoátegui tenía 56 años y una vida resuelta en La Pampa, pero terminó viviendo seis meses solo en Europa. La historia que lo cambió todo.
Lucas Anzoátegui tenía la vida resuelta en Santa Rosa, La Pampa: 33 años en la función pública, dos hijos emancipados y un matrimonio de tres décadas. Hasta que un pasaporte europeo y una frase de su mujer lo empujaron a cruzar el océano en busca de algo que ni él sabía qué era.
Tenía 56 años y sentía que el guion de su vida ya estaba escrito. Lucas Anzoátegui vivía en Santa Rosa, La Pampa, con su esposa Paula, y llevaba 33 años como analista de ciberseguridad en la función pública. Sus hijos, Manuel y Joaquín, ya habían volado. Todo parecía indicar que era momento de consolidar la rutina y deslizarse suavemente hacia la jubilación.
Pero un día, su sobrino Nicolás descubrió una ley del Gran Ducado de Luxemburgo que permitía reclamar la ciudadanía a los descendientes de quienes hubieran emigrado en el siglo XIX. La familia de Lucas, aunque pareciera increíble, tenía raíces allí. El nombre que emergió fue el de Jakob Schmitz, su tatarabuelo materno, un campesino nacido en las Ardenas luxemburguesas que en 1889 había cruzado el Atlántico hacia lo desconocido.
De papeles amarillentos a una firma que cerraba un círculo
Lo que empezó como un trámite burocrático —actas parroquiales, traducciones, apostillados— se transformó en otra cosa. "Mientras miraba el nombre de Jakob, me di cuenta de que entre su partida de Europa en 1889 y mi presente en La Pampa, había una cadena ininterrumpida de historias... y que para cerrar ese círculo de más de un siglo y medio, faltaba mi firma. Fui y la estampé", recuerda Lucas.
La nacionalidad le fue confirmada en marzo de 2020, justo cuando el mundo se aprestaba a entrar en otra dimensión paralela: la pandemia. Con el pasaporte europeo en la mano, la pregunta que le cambió todo no vino de un funcionario ni de un abogado, sino de Paula: "¿Y qué vas a hacer con eso?".
Lucas se detuvo a mirar su realidad. Ya no era un joven intrépido, pero su esposa lo impulsó a no quedarse con la duda. "Tanto buscar esa ciudadanía y ganas de vivir afuera, ¿por qué no vas y probás?", le dijo ella, su compañera de más de tres décadas.
Una licencia sin goce de sueldo y un avión a Luxemburgo
No se trataba de unas vacaciones. Lucas quería experimentar cómo era vivir y trabajar en el extranjero, solo, sin las armaduras de su identidad. A los 56 años, pidió una licencia sin goce de sueldo en su trabajo, se financió el viaje y abordó un avión con destino final a Luxemburgo.
"No para huir de mi país ni para buscar un auxilio económico; me fui para ponerme a prueba en soledad en un entorno desconocido. Para saber si el hombre debajo de mis títulos y mis costumbres aún estaba vivo", relata. Y agrega: "Todavía recuerdo el llanto contenido que se me quebró en la garganta cuando el avión despegó de Buenos Aires. En ese momento no hay títulos, no hay tres décadas de carrera pública que te salven. Era solo yo, cruzando el océano hacia la intemperie".
El choque inicial fue tremendo. Luxemburgo tiene tres lenguas oficiales —francés, alemán y luxemburgués— y Lucas apenas podía comunicarse con su escaso francés y un inglés intermedio que en su rubro de IT siempre había bastado. La primera oferta laboral que tenía preacordada en el área de tecnología se derrumbó por su nivel de inglés conversacional. La ilusión se volvió un baldazo de agua helada.
Burgos, el Camino de Santiago y la pregunta que lo perseguía
Casi tan rápido como llegó, se despidió del ducado y se fue a España, donde el idioma acompañaba. Se instaló en Burgos, una ciudad que lo retrotraía a las clases de secundaria cuando leía el Cid Campeador. Allí consiguió empleo en una empresa de IT, pero la "intemperie" anhelada se transformó en una realidad a afrontar: en solo siete días pasó de la comodidad de su casa en Santa Rosa a un albergue de peregrinos y, más tarde, a una residencia de estudiantes.
Con el espíritu desafiado, decidió redoblar la apuesta y caminar 32 kilómetros por el mítico Camino de Santiago, preguntándose en cada kilómetro: "Lucas, ¿qué estás haciendo acá?".
Después de 40 días en España, optó por volver a intentar en Luxemburgo, el leitmotiv de su viaje. Alquiló una habitación en Ettelbruck y compartió casa con personas de Ucrania, México, Francia, Bélgica y Estonia. "Un microcosmos multicultural donde aprendí que, cuando te desnudás de tus prejuicios, la empatía humana no necesita traducción", asegura.
Un mate como acto de resistencia íntima
En aquellos días inciertos, sintió la necesidad de aferrarse a una costumbre argentina. Con la tapa de un termo comprado en Alemania improvisó un mate. El problema fue conseguir una bombilla: ¿cómo explicar al vendedor que necesitaba una bombilla y no un sorbete? Finalmente, la encontró en un almacén sirio.
"Mientras la gente se la pasaba hablando en francés, alemán o luxemburgués, preparar un mate no era una costumbre folklórica; era un acto de resistencia íntima. Era recordarme de dónde venía", dice.
Lucas se sobrepuso al síndrome del impostor, afrontó una maratónica entrevista en inglés con un CEO y logró insertarse en una empresa en Luxemburgo. Pero el verdadero hito no fue la firma del contrato, sino el viaje al norte del país, al pequeño pueblo de Hachiville, donde caminó por las mismas calles que su tatarabuelo Jakob.
"No fue una atracción turística. Fue un impacto espiritual. Al estar allí, entendí que los ancestros no son archivos muertos en una parroquia. Son raíces vivas. Jakob no cruzó el océano en un barco para que sus descendientes vivieran con miedo a intentar cosas nuevas. Su valentía en el siglo XIX era una orden implícita para mi valentía en el siglo XXI", afirma Lucas, cuyo libro Camino a Jakob (Editorial Orsai) saldrá a la luz en diciembre de 2026.
El regreso y la reinvención después de los cincuenta
Seis meses después de su partida, tras doce horas de viaje, Lucas regresó a la Argentina. El mismo hombre en apariencia, pero transformado. Volvió a su casa, a su barrio y a los pocos días a su trabajo, pero su alma seguía en aquella otra dimensión. "Me sentía como desconectado, como que no encajaba del todo. Es una sensación rara", confiesa.
"Añoré mucho, extrañé todo de forma increíble. Y esas situaciones de indefensión, de angustia de no saber qué me depararía el día siguiente, de tener que adaptarme permanentemente, de estar absolutamente fuera de mi zona de confort hicieron nacer mi pasión por escribir. Hasta ese momento ni sabía que la tenía", cuenta hoy, a los 60 años, con un libro de 160 páginas bajo el brazo.
"A menudo uno piensa que la reinvención personal es un privilegio de los veinte o los treinta años. Nos convencemos de que después de los cincuenta el libro de nuestra vida ya está escrito y solo nos queda editar las notas al pie. Mi travesía me enseñó todo lo contrario: que jamás es tarde para dar ese salto de fe", reflexiona.
Y cierra con una pregunta que invita a mirarse al espejo: "El verdadero viaje no se mide en kilómetros ni sellos en pasaportes; se mide en la capacidad de despojarte de tus comodidades, de enfrentar la incertidumbre y de descubrir quién sos cuando nadie te está mirando. ¿Qué sueño o qué llamado dormido estás dejando pasar... solo por miedo a la intemperie?".