La pizzería que nació en un localito del Bajo y hoy desafía a Güerrín y El Cuartito
Empezó en un localito del Bajo en 1966 y hoy se anima a compararse con Güerrín y El Cuartito. A los 60 años, la pizzería más antigua de Neuquén se prepara para una jugada que sus clientes venían pidiendo hace tiempo.
Hay historias que se miden en porciones. La de Horacito empezó en 1966, en un localito de Perito Moreno al 446, y este jueves cumple seis décadas sin bajar la persiana. Detrás del mostrador, los hermanos Horacio y Claudio Hernández preparan el festejo con clientes de toda la vida y una noticia que esperaban hace años.
Si los tiempos acompañan, antes de que termine el mes el clásico neuquino estrenará un salón propio para unas 70 personas. La cuenta regresiva ya empezó.
De un localito del Bajo a un fenómeno de barrio
Todo arrancó con Jorge Hernández y Delia Alcaraz. Jorge había empezado a trabajar a los nueve años, repartiendo carne en bicicleta y diarios, hasta que entró a una panadería y aprendió el oficio. Su hermano abrió un local en Centenario en 1951 y, nueve años después, montó una confitería donde nació la masa que después sería famosa. En 1965 instaló Las Palmeras en La Colonia junto a Nato, su cuñado, y poco después se independizó.
Con Delia abrió Horacito en 1966, apostando por el Bajo neuquino, la zona comercial por excelencia. En esas cuadras convivían la Cooperativa IOSE, el almacén Torren, la rotisería Lastre, El Ancla, la farmacia Fittipaldi y la despensa de Don Porfirio, un italiano que había cambiado la guerra por la Patagonia.
Después llegó la mudanza a Chile y Don Bosco, un movimiento que transformó Barrio Nuevo: se vendían alrededor de 120 pizzas por día. “Hasta el día de hoy hay vecinos de esa época que nos recuerdan y que extrañan aquellos tiempos”, cuenta Horacio.
La infancia de los hermanos transcurrió entre la calle, la escuela y el mostrador. “El negocio era un saloncito, teníamos un baño y nada más. Mis papás tenían dos sillas y a veces las juntábamos y nos dormíamos cuando teníamos sueño”, recuerda Claudio, a quien todos llaman Clocho.
En 1981 Horacito se instaló en Félix San Martín 544. “Cuando llegamos las calles eran de tierra, con un canal de desagüe enfrente del negocio y la Ruta 22 cerca”, rememora Horacio. La mudanza dejó una marca insólita: “Fue la única vez que no pudimos salir. Nos agarramos hepatitis”. El local se amplió en 2010.
Cinco variedades durante cuatro décadas
Jorge era conservador con el producto. En la cartelería figuraban siempre las mismas variedades: jamón y queso, fugazeta, muzzarella, especial con morrón, fugaza y anchoas. Así se mantuvieron durante 40 años, y la gente respondió desde el día cero.
“Nunca quise tener empleados. Y para la familia era más fácil. La clientela sabe qué es el clásico y con qué se va a encontrar”, solía decir Jorge sobre su filosofía de trabajo.
El golpe de 2005 y la decisión de seguir
La partida de Delia en 2005 fue un golpe al corazón y, a la vez, un punto de inflexión. “Hubo que tomar una decisión. Era continuar con el negocio familiar de 40 años o cerrarlo”, sostiene Horacio. “La idea de ellos fue siempre que no nos involucráramos del todo, que hiciéramos nuestra vida. Ellos manejaban el negocio de taquito. Pero realmente comenzamos a tomar dimensión de la pizzería ante la ausencia de mi vieja”.
Claudio, periodista deportivo, ya acompañaba a sus padres en paralelo a su trabajo en medios locales. Horacio tuvo un quiebre más drástico: “Me costó dejar de trabajar en una aseguradora. Fue tomar la decisión de acompañar o no, y el negocio terminó captándonos”.
El nuevo ciclo también significó conocer más a Jorge y acompañarlo en el duelo. “Él estaba acostumbrado a que Delia no solo estuviera en la parte del negocio sino también en la casa. Había que ocuparse de su ropa, de la comida, de las compras. La muerte de mamá no dejó mucho para analizar: había que estar”, asegura Claudio.
Con el correr del tiempo, los hermanos ampliaron la carta: “Estuvimos 10 años vendiendo cinco variedades a pasar a vender 18. La gente lo pedía y aún sigue haciéndolo”, acota Horacio.
“Papá, qué tengo que hacer”
Jorge transitaba sus 70 años cuando enviudó. Siguió pegado al horno, pero el cuerpo le pidió tranquilidad. Tenía una insuficiencia cardíaca y, en una de sus internaciones, Claudio tomó la posta definitiva: “Fue ir a la clínica y decirle ‘Papá, qué tengo que hacer’, porque él nunca dejó que nadie se metiera con la masa”.
“Me dio las cantidades de todo para comenzar a amasar. Me dio hasta el peso que debe llevar cada bollo”, cuenta Clocho, que sigue sacando la misma pizza que hizo su padre toda la vida. Encontrar el punto exacto le llevó dos o tres meses: “A veces quedaba un poco blanda, otro día más dura”. Pocos clientes notaron el cambio. “Fueron tres o cuatro, pero obviamente nunca falta quien diga que no es igual a la de mi papá”.
El adiós al padre de la pizza neuquina
El 21 de enero de 2021, en plena pandemia, Jorge Hernández murió a los 85 años. La sociedad neuquina lo despidió masivamente en portales y redes, destacando su amabilidad, respeto y seriedad. “Fueron impresionantes los comentarios de tanta gente que quería y quiere a la pizzería. Fue despertar y darse cuenta de que, a pesar de ser un negocio chico, la trascendencia que tuvo”, sostiene Claudio.
“Siempre fue un negocio familiar, chico, y así y todo, cuánta gente participó. En todos estos años sumó una cantidad de vínculos que todavía se siguen manteniendo”.
Cabeza a cabeza con las leyendas porteñas
El neuquino de toda la vida sabe que la pizza al molde de Horacito es única. Y si de comparaciones se trata, el local entra cabeza a cabeza con pizzerías legendarias de Buenos Aires como El Cuartito o Güerrín.
“Nuestro termómetro es la comunidad zíngara de acá, que viaja mucho a Buenos Aires. Ellos son clientes nuestros desde hace muchos años y nos han dicho que todavía no han probado ninguna pizza que iguale a Horacito”, revela Horacio. “He tenido la oportunidad de viajar seguido a Buenos Aires, empezar a probar y observar. Cuando te paras en Güerrín, Las Cuartetas, La Pizzeta, El Cuartito... si ponemos la pizzería en Buenos Aires, no sé si no les mojamos la oreja”.
El trabajo artesanal se cuida como un tesoro: “De ninguna manera se nos pasa por la cabeza cambiar el producto que hizo mi viejo. Nuestra pizza requiere otro trato. Un amasado que se da muy temprano y después reposo”, asegura Claudio.
El boca en boca que cruzó fronteras
La pizzería nunca necesitó publicidad masiva. “La mejor publicidad, y que sigue funcionando hasta hoy, es el boca a boca. ¿Fuiste a Horacito? ¿No conocés la pizza de Horacito? Ese fue el mejor método. Ahora con las redes sociales hemos tenido otra repercusión”, señala Clocho.
Hoy hasta cuartas generaciones de familias neuquinas siguen eligiendo el lugar. “Siempre hay personas que te comentan que su abuelo o su papá venían a comprar”, dice Horacio. Claudio tiene dos hijos, Olivia y Juan Martín, que reflejan ese fenómeno: “Juan Martín sabe lo que significa la pizzería y su abuelo”.
El alcance ya no conoce fronteras. “Hay gente que se fue de Neuquén y vive en Canadá, Inglaterra, España. Y cuando regresa, después de unos cinco años, viene a visitar la pizzería. Hace poco vino una chica que está en Inglaterra y nos contó que nos sigue por las redes”, destaca Horacio. “Días atrás subimos una foto de hace muchos años de mis padres y llegó a tener 26 mil visualizaciones”.
El salón que se viene y una terraza en el horizonte
Dieciocho mesas y una pequeña modificación en el edificio dejaron en evidencia que un salón era muy esperado. No es lo mismo llevarse la pizza calentita que comerla recién salida del horno, con el queso chorreando. Por eso los hermanos alquilaron el local contiguo.
“No sé si vamos a llegar con el tiempo justo para la fecha del aniversario, pero creo que puede estar listo para el público en dos semanas. En total serán unas 70 mesas”, adelantan.
Hubo inversores interesados en abrir sucursales en el centro neuquino: “Una persona que fue político me dijo ‘Pongo tanta plata y ponemos una sucursal’. Después vino otra persona y lo mismo”, reveló Horacio. “Uno de los lugares que nos ofrecían era donde funcionó Donato, el café de Alberdi y Santa Fe. Pero nunca se me cruzó por la cabeza hacer otra sociedad que no fuese con mi hermano. Todo lo que tenemos lo hicimos nosotros”.
Próximamente darán otro salto: “Estamos evaluando implementar un sistema de tapas y focaccias. Otra idea que siempre nos gustó es tener quesos seleccionados de la zona para largar una picada junto con cerveza tirada. Es algo pensado a corto plazo”.
La propiedad del nuevo salón también abre la posibilidad de sumar una terraza con vista a la avenida Mosconi. “Es una posibilidad”, se limita a decir Horacio. Mientras tanto, días atrás el gobierno provincial y el BPN anunciaron un acuerdo para levantar una torre de 11 pisos en Félix San Martín y Bahía Blanca, con sucursal bancaria y oficinas públicas incluidas. El personal ya sabrá dónde hacer el after office.
Sesenta años después, entre muzzarella, anécdotas y el recuerdo imborrable de Jorge y Delia, los Hernández demuestran que la mística sigue intacta.