La orden secreta de Reagan que estremeció a la URSS frente al Muro de Berlín

¿Sabías que la famosa frase de Reagan no fue improvisada? Detrás del desafío al líder soviético hubo una pulseada interna que casi lo deja en el olvido.

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La orden secreta de Reagan que estremeció a la URSS frente al Muro de Berlín

El 12 de junio de 1987, Ronald Reagan pronunció un discurso que marcaría un antes y un después en la Guerra Fría. Pero lo que pareció un arrebato espontáneo fue en realidad una jugada calculada al milímetro. “Señor Gorbachov, ¡tire abajo este Muro!”, exigió el presidente estadounidense, y aunque la frase no tuvo eco inmediato en la prensa, sembró la semilla del colapso comunista.

Reagan llegó a Berlín para celebrar el 750° aniversario de la ciudad. De espaldas a la Puerta de Brandeburgo y protegido por un cristal antibalas, el mandatario evitó los discursos protocolares y lanzó un desafío directo al líder soviético. La historia oficial habló de improvisación, pero años después se supo que la frase fue discutida durante semanas con sus asesores más cercanos.

¿Qué pasó realmente aquel día?

El discurso comenzó evocando la posguerra y el “milagro alemán”, pero pronto Reagan cambió el tono. “Hay una señal que los soviéticos pueden hacer y que sería inequívoca”, dijo. Luego, mirando hacia el Muro, soltó la bomba: “Secretario general Gorbachov, si busca la paz, la prosperidad y la liberalización: ¡abra esta puerta! ¡tire abajo este Muro!”.

La audiencia estalló en aplausos, pero la reacción internacional fue fría. The New York Times lo relegó a la página tres, destacando solo las frases en alemán del presidente. La agencia soviética TASS lo tildó de “provocador”. Sin embargo, el canciller alemán Helmut Kohl comprendió la magnitud del momento: “Fue un golpe de suerte para el mundo”.

El plan detrás del desafío

Peter Robinson, redactor de discursos de Reagan, reveló que el Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional se opusieron a incluir la frase. “Sostenían que sonaría excesivamente provocadora”, contó. Pero Reagan se mantuvo firme: “Ese muro tiene que caer. Eso es lo que quiero decirles”. Incluso su jefe de gabinete, Howard Baker, intentó disuadirlo, pero el presidente zanjó la discusión con un tajante: “Yo soy el presidente, ¿verdad? Entonces esa frase queda”.

La determinación de Reagan no era nueva. En 1978, cuando aún era gobernador de California, visitó Berlín y se detuvo frente al lugar donde el joven Peter Fechter fue asesinado al intentar escapar. “Tenemos que encontrar la manera de derribarlo”, dijo entonces, según su asesor Richard Allen.

El Muro que dividió el mundo

Levantado en agosto de 1961, el Muro de Berlín partió en dos no solo la ciudad, sino también familias, amores y vidas enteras. Durante 28 años, miles arriesgaron su vida para cruzar al Oeste. La construcción fue precedida por un tenso encuentro entre John F. Kennedy y Nikita Khrushchev en Viena, donde el líder soviético amenazó con la guerra. Dos meses después, el Muro se materializó primero como alambradas y luego como una fortaleza de piedra.

Kennedy también dejó su huella en Berlín en 1963 con su famoso “Ich bin ein Berliner”. Reagan, consciente de ese legado, buscó superarlo. Y lo logró: 29 meses después de su discurso, el 9 de noviembre de 1989, el Muro cayó ante la presión popular. Entre los miles que cruzaron esa noche había una joven de 35 años llamada Angela Merkel.

El triunfo de la imaginación

El historiador Richard Reeves documentó en su libro President Reagan: The Triumph of Imagination que la frase final fue una decisión personal del mandatario. “Reagan quería un discurso que compitiera con el de Kennedy”, escribió. Y aunque los halcones de su gabinete lo consideraban una provocación innecesaria, el tiempo le dio la razón. La URSS se disolvió en diciembre de 1991, y el mundo bipolar llegó a su fin.

Hoy, cuando el Kremlin de Vladimir Putin intenta restaurar aquella vieja gloria, el desafío de Reagan resuena con más fuerza que nunca. Aquel “bombazo” calculado no solo anticipó el derrumbe del comunismo, sino que demostró que las palabras, bien empleadas, pueden derribar muros.

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