La noche en que Puerto Madryn fue capital del boxeo: 2500 almas y una pelea inolvidable
Lo anunciaron como un duelo parejo y lo fue, hasta que en el sexto round todo cambió. Una pelea que terminó en fallo dividido y dejó una imagen imborrable en el boxeo patagónico.
El 6 de septiembre de 1991, Puerto Madryn vivió una de sus noches deportivas más épicas. El Gimnasio Municipal, repleto hasta los rincones, fue el escenario de un festival pugilístico que quedó en la historia: el argentino José Ramón “Bronca” Soria y el mexicano Guillermo “Memo” Cruz se enfrentaron por el título Intercontinental Welter Jrs, versión CMB.
La velada fue idea de Hernán Santos Nicolini, periodista devenido en promotor, conocido por haber narrado el nocaut de Carlos Monzón sobre Nino Benvenuti. Apostó por la ciudad como sede de un espectáculo que prometía convocar multitudes, y no falló: más de 2500 personas colmaron el lugar, con entradas agotadas y un público tan apasionado que hasta se colgó de las estructuras para no perderse detalle.
Duelo de estilos
Soria, patagónico adoptivo, llegaba como campeón sudamericano de los livianos, desafiando a un rival de otra categoría. Tímido e introvertido, suplía con coraje y garra lo que le faltaba en técnica. Cruz, en cambio, era un joven mexicano de 23 años con un récord sólido: 22 peleas, 18 triunfos. Un choque de mundos sobre el ring.
Los primeros cinco asaltos fueron parejos, una batalla táctica con destellos de ambos. Pero en el sexto round, Cruz ajustó su estrategia, imprimió ritmo y agresividad, y empezó a conectar golpes con precisión. Sin ser devastadores, inclinaron la balanza a su favor.
Bronca y corazón hasta el final
Soria, fiel a su apodo, fue pura entrega. Ni un profundo corte en el arco superciliar izquierdo, sufrido en el décimo asalto, logró detenerlo. Aguardó de pie los 12 rounds, lanzando golpes hasta el último segundo, mientras el público rugía con cada intercambio. La decisión llegó en fallo dividido: Cruz se coronó campeón, pero la imagen de un Soria indomable, un gladiador que nunca retrocedió, quedó grabada en el corazón de los presentes.
El festival fue una obra maestra de organización. Colectivos especiales llegaron desde Trelew y otras localidades para engrosar la multitud. El gimnasio, convertido en un hervidero, fue testigo de una noche que no solo fue un hito para el boxeo regional, sino también un símbolo de la pasión deportiva de Puerto Madryn.
Para quienes estuvieron allí, fue mucho más que una pelea: una celebración del deporte que encendió la ciudad y dejó una huella imborrable. Treinta y cinco años después, la memoria de aquella noche sigue viva, como una joya en el cofre de los recuerdos deportivos de la Patagonia.