La música que llegaba por los techos: la historia de la empresa que conectó a todo Comodoro
Durante décadas, la música de Comodoro no salió de una radio: bajó por cables tendidos sobre los techos. La empresa que conectó a la ciudad entera guarda una historia que muy pocos conocen, y todavía queda una prueba de ella a la vista de todos.
Antes de las playlists, del streaming y hasta de las FM, en Comodoro Rivadavia había una empresa que hacía sonar música en comercios, consultorios, hospitales y oficinas. No llegaba por el aire: corría por kilómetros de cables tendidos sobre los techos. Se llamaba Fono Musa, arrancó en 1968 y durante más de tres décadas fue parte del paisaje sonoro de la ciudad.
Juan Carlos Montoya entró a trabajar allí en 1974, con apenas 14 años, y se quedó ligado a la empresa por décadas. Para ADNSUR reconstruyó cómo funcionaba ese sistema artesanal que hoy se parece bastante poco a cualquier servicio de música actual.
Un abono, un cable y un parlante en la pared
A fines de los sesenta, la radio AM era el gran medio de entretenimiento y las FM todavía no formaban parte de la vida cotidiana local. Un comercio que quería música ambiental tenía que recurrir a discos, cintas o equipos que exigían atención permanente. Fono Musa apareció para resolver ese problema.
El esquema era simple: los clientes pagaban un abono mensual y recibían música seleccionada, sin publicidad, a través de un circuito de cables que unía su establecimiento con una central de transmisión. No era una radio convencional. La señal no viajaba por el aire, sino por una red física instalada para ese fin.
El resultado: la misma melodía podía estar sonando al mismo tiempo en la sala de espera de un consultorio, en una tienda del centro y en una oficina de Kilómetro 3.
Montoya explicó cómo se armaba ese entramado. “El circuito cerrado quiere decir que la radio funcionaba por intermedio de un cable. Era un cable aéreo y se colocaba generalmente arriba de los techos. Se pedía una autorización para poder subir y eso iba por distintos lugares de Comodoro”, contó.
Cada cliente nuevo implicaba una instalación completa: buscar el recorrido más conveniente, tirar el cable desde la red principal y colocar un pequeño parlante. El volumen se regulaba con un dispositivo llamado reóstato. Detrás de esa música que parecía salir de las paredes había un trabajo técnico y artesanal considerable.
Una idea que iba a Luján y terminó en la Patagonia
El origen de Fono Musa tuvo algo de casualidad geográfica. Jorge Rosenthal, uno de sus impulsores, llegó a Comodoro a partir de una propuesta nacida de una amistad hecha durante el servicio militar obligatorio en Entre Ríos. El plan era instalar una red de distribución musical para comercios e instituciones, pero en Luján, provincia de Buenos Aires, de donde era oriundo.
Como esa zona ya estaba cubierta por otra iniciativa, apareció la posibilidad de trasladar el emprendimiento a la Patagonia. Así Comodoro quedó como alternativa. Quien había recomendado la ciudad también había advertido sobre su clima, sobre todo el viento.
Y 1968, justo el año en que la empresa empezó a funcionar, quedó registrado entre los períodos de fuertes vientos que atravesó la ciudad. Esa condición climática sería después uno de los grandes desafíos para un sistema que dependía de cables suspendidos sobre los techos.
El primer gran respaldo comercial llegó de Aerolíneas Argentinas, que contrató el servicio cuando Fono Musa todavía daba sus primeros pasos. Tener a una empresa de ese peso entre los clientes generó confianza y abrió la puerta a nuevos contratos.
Del Hospital Regional a las tiendas del centro
La expansión acompañó el crecimiento comercial de Comodoro. El servicio se instaló en consultorios médicos, sanatorios, clínicas, peluquerías, zapaterías, librerías, confiterías, galerías comerciales, oficinas administrativas y empresas. También llegó al aeropuerto, a la zona industrial y a dependencias públicas.
Uno de los lugares emblemáticos fue el Hospital Regional, donde la música se escuchó incluso en sectores quirúrgicos. Algunas instituciones —el propio hospital, el Correo y dependencias policiales— recibieron el servicio gratis, como parte de una iniciativa de los dueños para contribuir con la comunidad.
La música ambiental se volvió una presencia habitual en espacios donde la gente trabajaba, esperaba o compraba. No era lo central de la actividad, pero estaba ahí, acompañando escenas cotidianas. En una ciudad donde buena parte de los vínculos se armaban alrededor de los comercios de siempre, Fono Musa también tuvo un valor social.
La mayoría de los abonados nuevos llegaba por recomendación. “En esa época nos conocíamos casi todos en Comodoro. Entre los mismos comerciantes se corrían la bola y se acercaban hasta la oficina para pedir el servicio”, recordó Montoya.
Tener Fono Musa era casi una señal de modernidad para los establecimientos. Según los antecedentes históricos de la empresa, en su momento de mayor expansión superó los 600 abonados. La cobertura llegó al centro, al barrio Industrial y a Kilómetro 3, aunque había pedidos de otros barrios que resultaban difíciles de atender por la distancia.
Cada extensión requería materiales, tiempo de instalación y mantenimiento permanente. En ocasiones, los responsables avanzaban con conexiones poco rentables para responder a la insistencia de vecinos o comerciantes. Una lógica empresarial que hablaba también de aquella comunidad, donde las relaciones personales podían pesar tanto como los números.
Un pibe con una caja de herramientas
Para Montoya, Fono Musa no es solo una empresa de la historia local. Fue su primer trabajo, el lugar donde aprendió un oficio. Tenía 14 años cuando empezó a recorrer la ciudad con sus compañeros, cargando herramientas y materiales para ampliar la red.
Recuerda especialmente las mañanas en la zona del puerto y la costanera, donde preparaban los cables que después usaban en las instalaciones. “Nos organizábamos muy temprano, tipo ocho y media de la mañana. Íbamos a la parte del puerto, de la costanera, y aprovechábamos las líneas de los postes de teléfono. Tirábamos un alambre de punta a punta y trenzábamos el cable que utilizábamos para la señal”.
Las conexiones se hacían a mano y cada instalación implicaba subir a techos, trasladar materiales y buscar el mejor recorrido. Montoya solía llevar una pequeña caja metálica con pinzas, grampas, cables y los componentes para conectar los parlantes. En los comercios ya lo conocían.
“Cuando iba a algún lugar me decían: ‘Ah, mirá, ahí va el pibe de Fono Musa’. Ya nos conocían todos”, contó.
La expansión hacia Kilómetro 3 fue especialmente exigente. Hubo que tender líneas por sectores próximos al antiguo cementerio y la zona conocida como El Infernillo, con las condiciones climáticas de Comodoro encima. El viento, tema de tantas anécdotas locales, tenía consecuencias concretas para esa red.
Cuando se cortaba la música, había que salir a buscar la falla
No existían sistemas digitales para detectar el problema. El primer aviso llegaba por teléfono: un comerciante explicaba que el parlante había dejado de funcionar. A partir de ahí empezaba la búsqueda.
Los trabajadores revisaban distintos tramos de la instalación hasta encontrar el cable dañado, el cortocircuito o la conexión que había dejado de transmitir. Eso podía significar recorrer varias cuadras, subir a distintos edificios y pedir autorización a sus propietarios. Cuando se cortaba la música, había que recorrer los techos.
Montoya guarda un buen recuerdo de la predisposición de los vecinos. “Antes te decían: ‘Sí, no hay ningún problema, Fono Musa, cómo no, pase por acá’. Era un trato cordialísimo donde fuéramos”.
Esa confianza facilitaba un trabajo que dependía en gran medida de la colaboración de terceros. Para el histórico empleado, ese aspecto también permite ver las diferencias entre el Comodoro de entonces y el actual.
“Era otro Comodoro Rivadavia. Creo que había más solidaridad entre los comerciantes. Era otra generación, una generación que vivía de laburo”, dijo.
No desconoce los avances que llegaron con los años y reconoce el valor de las nuevas tecnologías. Pero distingue en aquella época una forma particular de relacionarse, con el reconocimiento personal y el compromiso con el trabajo muy presentes. Las jornadas se extendían diez u once horas para que los clientes siguieran escuchando música. Y lo recuerda sin resentimiento: “Amaba lo que hacía realmente”.
Cintas, grabadores y una radio sin locutores
Mientras los trabajadores tendían cables por la ciudad, en la central de Fono Musa funcionaba el sistema que sostenía la transmisión. Durante los primeros años, la empresa operó desde un inmueble de la calle Sarmiento, donde estaban los equipos de reproducción, amplificación y distribución.
La programación se preparaba con cintas grabadas, en equipos de marcas como Revox y Sony. Parte del material musical se seleccionaba y armaba en Buenos Aires antes de viajar a Comodoro. El repertorio era amplio: tango, folclore, música clásica, canciones melódicas y otros géneros para acompañar comercios e instituciones. La idea era ofrecer una ambientación agradable sin que cada local tuviera que ocuparse de cambiar discos o manipular equipos.
Al principio había horarios fijos: de lunes a viernes funcionaba de 8 a medianoche, los sábados se extendía hasta la madrugada y los domingos arrancaba a las 9. Con el tiempo, la tecnología permitió ampliar la continuidad con sistemas automáticos.
Montoya recuerda que se incorporó un mecanismo temporizado que alternaba los grabadores para evitar interrupciones. “Había como una especie de reloj, un timer, que determinaba la música de un grabador y automáticamente se encendía el otro”.
Así la empresa podía sostener jornadas largas de transmisión sin que nadie cambiara las cintas a mano todo el tiempo. El propio Montoya, que había empezado con las instalaciones, terminó participando también en la selección y programación musical. Los equipos iniciales usaban válvulas, con amplificadores y mezcladores que hoy pertenecen a otra etapa de la historia del sonido. Todo requería conocimientos, mantenimiento y atención constante.
El parlante que todavía sigue en un techo
Aunque Fono Musa dejó de funcionar hace años, quedan algunos vestigios. Montoya asegura que uno está en una galería comercial vinculada al antiguo bowling. Según su testimonio, antes de bajar hacia ese sector todavía puede verse en el techo un pequeño parlante que perteneció al sistema.
Es un objeto que probablemente pase inadvertido para casi todos los que transitan por el lugar. Pero para quienes conocieron la empresa representa mucho más que un dispositivo viejo.
Los parlantes se armaban en la propia ciudad: se encargaban las estructuras y los trabajadores incorporaban los componentes internos, las conexiones y los mecanismos para regular el volumen. Cada uno formaba parte de una red que llegó a extenderse por buena parte de Comodoro. Es posible que otros ejemplares sigan olvidados en antiguos locales, consultorios o edificios que se fueron transformando. Piezas de una tecnología desaparecida que, sin proponérselo, se volvieron testimonios materiales de otra época.
Las FM y el principio del final
Durante décadas, Fono Musa tuvo un lugar propio en la vida comercial de Comodoro. Pero el desarrollo tecnológico empezó a cambiar las condiciones que habían hecho posible su éxito. La expansión de las radios FM ofreció nuevas alternativas para escuchar música, mientras los equipos de reproducción se volvieron más accesibles y fáciles de usar.
Las emisoras además sumaban locutores, información meteorológica, noticias y contenidos que el circuito cerrado no ofrecía. Fono Musa estaba pensada fundamentalmente para transmitir música, y esa ventaja de los primeros años fue perdiendo peso frente a las nuevas posibilidades. Después llegarían otras tecnologías que transformarían definitivamente los hábitos de consumo musical.
La empresa logró mantenerse activa hasta los primeros años de la década del 2000, pero el avance de los nuevos sistemas terminó desplazando su modelo. Para Montoya, el cierre tuvo una carga emocional difícil de separar de su propia historia. Había entrado siendo un adolescente y había dedicado buena parte de su vida a un trabajo que lo llevó a conocer gente, recorrer barrios y participar del crecimiento de una empresa singular.
Cuando recuerda el final, la primera palabra que usa es tristeza. No solo por la pérdida de una fuente laboral, sino por el esfuerzo que había significado construir y sostener esa red durante tantos años. También reconoce la iniciativa de los propietarios, Jorge Rosenthal y Eduardo Silva, que apostaron por un servicio novedoso en una ciudad que todavía estaba consolidando buena parte de su infraestructura.
La historia de Fono Musa es también la de otro Comodoro
La desaparición de la empresa se explica por la evolución tecnológica, pero su recuerdo invita a mirar más allá de los aparatos y los cables. Fono Musa funcionó en una ciudad con otras dimensiones, otros hábitos y otras formas de vincularse. En ese Comodoro, los comerciantes compartían recomendaciones, los trabajadores eran reconocidos por sus nombres y la confianza entre vecinos facilitaba tareas que hoy requerirían otros procedimientos.
No significa que todo haya sido mejor ni que aquella sociedad estuviera libre de conflictos. También había jornadas laborales extensas, limitaciones tecnológicas y condiciones que hoy resultarían difíciles de aceptar. Pero había costumbres que formaban parte de una identidad colectiva y que el paso del tiempo fue transformando.
Fono Musa es una de esas historias que permiten reconstruir cómo se vivía en Comodoro antes de la revolución digital. Una ciudad donde la música llegaba por los techos y donde un pequeño parlante podía ser compañía cotidiana para quien esperaba una consulta médica, atendía detrás de un mostrador o cumplía su jornada en una oficina.
Montoya considera importante que las nuevas generaciones conozcan esa experiencia. Sabe que para quienes crecieron con celulares, computadoras y plataformas digitales puede resultar difícil imaginar una empresa dedicada a distribuir música mediante cables extendidos por toda una ciudad. Por eso valora que la historia se conserve y se transmita: según recordó, Rosenthal llegó a reunir material sobre la trayectoria de la empresa en un libro, con la intención de que ese registro formara parte del patrimonio histórico local.
La preocupación tiene un sentido profundo: evitar que desaparezcan los recuerdos de quienes construyeron, con trabajos muchas veces invisibles, una parte de la vida cotidiana de Comodoro. Porque la historia de una ciudad no se arma solo con grandes acontecimientos, edificios emblemáticos o decisiones políticas. También se construye con pequeños hábitos, oficios, emprendimientos y sonidos que acompañaron a generaciones enteras.
Durante más de tres décadas, Fono Musa le puso música a la vida cotidiana de Comodoro. Hoy ya no quedan aquellas transmisiones recorriendo kilómetros de cables. Los comercios tienen otras formas de ambientar sus espacios y cualquiera puede elegir una canción desde la pantalla del teléfono. Pero en algún techo todavía puede permanecer uno de aquellos parlantes. Y en la memoria de quienes vivieron esa época, quizás siga sonando alguna melodía.