Comer fruta no es el problema: el jugo sí. Y la miel, ese reemplazo que muchos creían inofensivo, tiene un dato que la deja casi en la misma vereda que el azúcar. Una nutricionista desarmó las creencias más repetidas sobre la diabetes.
La licenciada en Nutrición Florencia Córdoba desarmó en FM 89.3 Santa María de las Misiones varias creencias que se repiten desde hace años entre quienes conviven con diabetes y que, lejos de ayudar, pueden llevar a decisiones alimentarias equivocadas. La especialista advirtió que el control de la glucosa no depende de eliminar alimentos de forma indiscriminada, sino de entender cómo actúan los carbohidratos en el cuerpo.
“Cuando vemos en el análisis de sangre glucemia o glucosa alta, quiere decir que nuestro cuerpo no la está pudiendo usar adecuadamente”, explicó Córdoba para graficar el mecanismo central de la enfermedad.
Qué pasa cuando el cuerpo no regula la glucosa
La diabetes aparece cuando el organismo no logra regular bien la glucosa en sangre. Eso puede ocurrir por problemas en la producción de insulina, porque las células responden de manera insuficiente a esa hormona o por una combinación de ambos mecanismos, según el tipo de diabetes.
La insulina tiene una función clave: permite que la glucosa entre a las células y se use como fuente de energía. Si ese proceso se altera, el azúcar se acumula en la sangre y puede llegar a niveles perjudiciales para la salud. Entender este circuito es el primer paso para no tomar decisiones alimentarias basadas solo en mitos.
El azúcar agregado, la fruta y la diferencia entre comer y beber
Una de las dudas más frecuentes gira en torno al azúcar. Córdoba indicó que en personas con diabetes conviene prestar especial atención a los azúcares agregados, sobre todo a los que vienen en bebidas que casi no aportan fibra ni otros nutrientes. Puso como ejemplo una taza de té con dos cucharadas de azúcar: esa bebida suma una cantidad importante de carbohidratos de rápida absorción que puede elevar la glucemia.
Pero aclaró que no todos los alimentos con azúcares deben descartarse. El caso de las frutas es el más claro. “La fruta siempre es buena”, afirmó la nutricionista, y marcó una diferencia central entre comerse una naranja entera y tomar su jugo.
Cuando se come la fruta se aprovechan sus componentes naturales, incluida la fibra, que ayuda a moderar la velocidad de absorción de los carbohidratos. En cambio, para preparar un jugo suelen usarse dos o más naranjas, con lo que se consume más azúcar en una presentación con menos fibra y menor saciedad.
“No quiere decir que la fruta sea mala. Todo lo contrario. Si nosotros comemos la naranja como viene, le sacamos la cáscara y comemos con la pulpa, con la fibra, eso le va a hacer bien al cuerpo cuando tengo diabetes”, sostuvo.
La distinción coincide con las recomendaciones de la Asociación Americana de Diabetes, que prioriza las frutas enteras y los alimentos ricos en fibra dentro de planes alimentarios individualizados. Los jugos naturales no están prohibidos de forma absoluta, pero su cantidad y frecuencia deben evaluarse según el aporte de carbohidratos y las necesidades de cada persona.
Miel y mascabo: no son un pase libre
Otra creencia extendida es que reemplazar el azúcar blanco por miel permite darse un gusto dulce sin afectar la glucemia. Córdoba fue tajante: “Hay gente que dice: ‘No como azúcar y como miel’. Si yo tengo diabetes, estoy casi en la misma”.
La profesional recordó que cerca del 80% de la composición de la miel son azúcares, por lo que su origen natural no elimina la necesidad de controlar las cantidades. Algo parecido pasa con el azúcar mascabo, que suele venderse como una alternativa más saludable pero sigue siendo, en esencia, azúcar.
Las diferencias entre estos productos pueden estar en el procesamiento y en pequeñas cantidades de otros componentes, pero ninguno debe interpretarse como una opción de consumo libre para quien necesita controlar la glucemia. Lo que termina de pesar es la cantidad total de carbohidratos, las porciones y la composición general de las comidas, más allá de que el alimento sea natural, integral o menos refinado.
En esa línea, Córdoba destacó el valor de sumar alimentos ricos en fibra, como panes integrales, semillas y cereales de grano entero. Si alguien quiere consumir una pequeña cantidad de miel, puede hacerlo dentro de una preparación que incluya otros nutrientes, por ejemplo una tostada integral con queso.
La fibra puede retrasar la absorción de los carbohidratos y favorecer una respuesta glucémica más gradual, mientras que las proteínas y las grasas también modifican la velocidad de digestión. Aun así, combinar un alimento dulce con fibra no impide que sus azúcares lleguen a la sangre ni elimina la necesidad de cuidar la porción.
Edulcorantes: la letra chica de las gotas y los sobres
Los edulcorantes aparecen seguido entre las consultas como reemplazo del azúcar. Córdoba señaló que pueden ser una alternativa para personas con diabetes, pero remarcó la importancia de respetar las cantidades recomendadas y revisar la composición de los productos.
Puso el foco en los edulcorantes líquidos: el envase indica una determinada cantidad de gotas, aunque en la práctica muchos terminan usando bastante más. “El mismo edulcorante te dice usar diez gotas, por ejemplo, y nadie hace las diez gotas. La mayoría de la gente aprieta el potecito y sale el edulcorante a gusto”, comentó.
También recomendó leer las etiquetas de los productos en sobres, porque algunas formulaciones incluyen otros ingredientes además del compuesto que aporta el sabor dulce. Mencionó el caso de las alternativas a base de estevia, aunque aclaró que la elección no debe depender solo de que un producto se presente como natural.
Los edulcorantes autorizados pueden usarse como sustitutos del azúcar dentro de las cantidades recomendadas, pero no todos tienen la misma composición. Además, la sucralosa, que es un edulcorante, no debe confundirse con la sacarosa, que es el azúcar común. Leer las etiquetas cobra especial importancia cuando los productos contienen mezclas de ingredientes que pueden aportar carbohidratos.
El mito del peso: no solo las personas con obesidad tienen diabetes
Otra de las creencias que Córdoba desarmó es la idea de que solamente quienes tienen obesidad pueden desarrollar diabetes. “No, no es así. Cualquier persona puede tener diabetes”, dijo.
La profesional explicó que intervienen factores genéticos, hormonales y metabólicos, y que el peso corporal, aunque puede influir en el riesgo de diabetes tipo 2, no determina por sí solo la aparición de la enfermedad. El sobrepeso y la obesidad pueden aumentar la predisposición a la diabetes tipo 2, pero hay personas delgadas que también la presentan. La diabetes tipo 1, además, responde a mecanismos diferentes y no está causada por la obesidad.
Córdoba también recordó que algunas personas pierden peso de forma involuntaria como consecuencia de una diabetes que todavía no fue diagnosticada o que no está bien controlada. Por eso, la ausencia de sobrepeso no descarta la posibilidad de tener diabetes, del mismo modo que tener obesidad no significa necesariamente padecerla.
La nutricionista cuestionó además la creencia de que comer azúcar por sí solo provoca la enfermedad. Su aparición depende de distintos mecanismos y factores de riesgo. Una alimentación de baja calidad nutricional y el consumo frecuente de bebidas azucaradas pueden contribuir al riesgo de diabetes tipo 2, pero no existe una relación automática por la cual un alimento dulce determine que una persona desarrolle la enfermedad.
Semaglutida: la consulta que mezcla tratamiento y adelgazamiento
Durante la entrevista apareció el interés creciente por medicamentos que controlan la glucosa y reducen el peso corporal. Córdoba mencionó en particular la semaglutida, un fármaco que ganó notoriedad por sus efectos metabólicos y por su uso en determinados tratamientos de la obesidad.
La profesional explicó que ese fenómeno vuelve más difícil distinguir si algunas consultas nacen de la necesidad de tratar la diabetes o principalmente del interés por adelgazar. Según su percepción, hay personas más interesadas en la posibilidad de perder peso con medicamentos que en modificar sus hábitos alimentarios.
La semaglutida pertenece a una familia de fármacos que actúan sobre los receptores del GLP-1. Según la formulación y la indicación autorizada, puede usarse para tratar la diabetes tipo 2 o para el control crónico del peso en determinados pacientes. Su utilización requiere evaluación, prescripción y seguimiento médico, y no reemplaza la necesidad de mantener hábitos alimentarios adecuados.
Córdoba insistió en que las personas reciban orientación profesional y no armen su alimentación solo con recomendaciones generales, productos promocionados como saludables o tratamientos que se ponen de moda. Tener diabetes no implica vivir bajo una lista universal de alimentos prohibidos: implica aprender a reconocer cantidades, combinaciones y características de lo que se consume, según las necesidades de cada paciente.
La educación alimentaria, el seguimiento médico y el acompañamiento nutricional son las herramientas para sostener ese proceso y evitar que las creencias equivocadas condicionen decisiones que afectan directamente la salud.