La frase que Eloísa le escribió a Abelardo y que los hizo inmortales: “Prefiero ser tu prostituta antes que emperatriz”

¿Qué llevó a una mujer culta y apasionada a preferir ser llamada “prostituta” antes que emperatriz? La carta que lo revela todo sobre el amor más escandaloso de la Edad Media.

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La frase que Eloísa le escribió a Abelardo y que los hizo inmortales: “Prefiero ser tu prostituta antes que emperatriz”

La historia de Eloísa y Abelardo es una de las más apasionadas y trágicas de la Edad Media. Una carta escrita por ella, donde prefería ser llamada “prostituta” antes que emperatriz, selló su leyenda.

París, año 1115. En medio de calles estrechas y húmedas, el conocimiento comenzaba a imponerse como poder. Nadie encarnaba mejor ese cambio que Pierre Abelardo, un filósofo y teólogo de 36 años que atraía multitudes con su inteligencia y carisma.

Abelardo no era solo un intelectual brillante; era ambicioso, provocador y consciente de su genialidad. Sus enemigos lo llamaban arrogante; sus alumnos, fascinante. Su obra Sic et Non revolucionó el pensamiento medieval al proponer analizar las contradicciones de los textos de autoridad usando la razón.

¿Quién era Eloísa?

Con solo 17 años, Eloísa vivía bajo la tutela de su tío, el canónigo Fulberto. Dominaba latín, griego y hebreo, algo excepcional incluso para los hombres de su época. Leía filosofía y escribía con una lucidez que la hacía única. Su belleza era destacada, pero su intelecto la volvía extraordinaria.

Cuando Abelardo oyó hablar de ella, quedó intrigado. Más tarde confesaría que no solo la admiraba por su talento: también la deseaba. Usó su prestigio para instalarse en la casa de Fulberto como tutor privado de Eloísa. El tío, orgulloso, aceptó sin imaginar lo que ocurriría.

El romance secreto

Las horas de estudio pronto se mezclaron con la atracción. Abelardo era seductor; Eloísa, apasionada. Comenzaron una relación secreta. Años después, Abelardo admitiría que durante las clases “las manos volvían más seguido al pecho de la muchacha que a los libros”.

El peligro era enorme: Abelardo pertenecía al mundo eclesiástico, donde se esperaba castidad. Su romance con una alumna y el embarazo de Eloísa podían destruir su carrera. Aun así, el deseo fue más fuerte.

Eloísa dio a luz a un hijo, Astrolabio, en Bretaña. Pero el escándalo estalló. Fulberto, humillado, exigía reparación. Abelardo propuso matrimonio en secreto, pero Eloísa se opuso: creía que casarse arruinaría el futuro intelectual de su amado. “Prefería ser llamada su amante antes que su esposa”, escribió.

Finalmente se casaron en secreto, pero Fulberto, al enterarse, sintió traición. Abelardo envió a Eloísa a un convento para protegerla, y el tío, furioso, decidió vengarse.

La venganza de Fulberto

Una noche de 1117, mientras Abelardo dormía, hombres enviados por Fulberto entraron en su casa y lo castraron. La noticia recorrió París como un incendio. Para un hombre medieval, aquello era una destrucción pública y moral. Abelardo, devastado por la vergüenza, se hizo monje y pidió a Eloísa que hiciera lo mismo. Ella obedeció, pero nunca dejó de sufrir.

Separados físicamente, comenzaron a escribirse cartas que se convertirían en uno de los testimonios amorosos más intensos de la historia. En ellas no había resignación santa, sino deseo, reproches y nostalgia.

Eloísa confesaba que los recuerdos de sus encuentros la perseguían incluso durante las oraciones. “Dios sabe”, escribió, “que si Augusto, emperador del mundo entero, me considerara digna del honor del matrimonio y me ofreciera poseer la tierra entera para siempre, me parecería más querido y honorable ser llamada tu prostituta que emperatriz”.

Abelardo intentaba transformar esa pasión en algo espiritual, pero tampoco lograba desprenderse del pasado.

El legado inmortal

Paradójicamente, no fueron sus clases ni sus tratados filosóficos lo que los volvió inmortales, sino esas cartas. Siglos después, siguen siendo consideradas una de las historias de amor más conmovedoras jamás escritas.

Con los años, Eloísa se convirtió en abadesa respetada; Abelardo continuó escribiendo, perseguido por acusaciones de herejía. Nunca volvieron a vivir juntos. Abelardo murió en 1142, a los 63 años. Eloísa, devastada, logró que trasladaran su cuerpo al monasterio donde ella vivía. Más de 20 años después, al morir, fue enterrada junto a él.

La leyenda dice que cuando colocaron el cuerpo de Eloísa en la tumba, los brazos de Abelardo se abrieron para recibirla. Quizás nunca ocurrió, pero la historia necesitaba creerlo. Pocas veces un amor sobrevivió de manera tan feroz al escándalo, la culpa, la violencia y el tiempo.

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