La foto del cadáver de Mussolini que casi no llega: el viaje nocturno que la salvó

Un fotógrafo sin nombre, un rollo que cruzó una frontera a dedo y un neumático que se reventó en plena ventisca alpina: así viajó la imagen que el New York Times publicó en tapa y que se volvió prueba irrefutable de la muerte de Mussolini.

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La foto del cadáver de Mussolini que casi no llega: el viaje nocturno que la salvó
La foto del cadáver de Mussolini que casi no llega: el viaje nocturno que la salvó

Un fotógrafo anónimo, una frontera cerrada y una tormenta en los Alpes: la historia de cómo una imagen tomada en Milán terminó en la tapa de The New York Times y se convirtió en prueba irrefutable de la muerte del dictador.

El 29 de abril de 1945, a nueve días de la victoria aliada en Europa, los cuerpos de Benito Mussolini y su amante Clara Petacci yacían en la plaza Piazzale Loreto de Milán, arrojados como basura ante una multitud. Entre los testigos estaba Milton Bracker, corresponsal del New York Times, que describió la escena con una indignación moral poco habitual en la prensa de la época.

“Benito Mussolini regresó anoche a la ciudad donde nació su fascismo”, escribió Bracker en la nota de tapa del día siguiente. “Regresó en el piso de una furgoneta, con su cadáver arrojado sobre los cuerpos de su amante y de doce hombres fusilados junto a él”.

De la fuga a la ejecución

El relato de Bracker reconstruía las últimas horas del dictador: con su apoyo desmoronándose, Mussolini había huido hacia el norte con la intención de cruzar a Suiza. Fue capturado antes de lograrlo, “como la fugitiva María Antonieta”, según la crónica. Un pelotón de fusilamiento lo ejecutó junto a un grupo de seguidores en Giulino di Mezzegra, en el norte de Italia, tras un juicio sumario.

Los cuerpos fueron amontonados en una camioneta y trasladados a la plaza Piazzale Loreto, un punto de fuerte carga simbólica “porque recientemente quince patriotas fueron ejecutados allí”. Allí, partisanos enfurecidos se ensañaron con los restos. Bracker contó que él y otros periodistas estadounidenses fueron “arrastrados al círculo de la muerte” por personas que querían mostrarles lo que había ocurrido.

Una fotografía de autor desconocido captó al corresponsal en el lugar, con uniforme militar y libreta en mano, entrevistando a un soldado mientras los cadáveres de Mussolini y Petacci yacían a sus pies. Bracker escribió que vio a dos jóvenes patear brutalmente la cabeza del dictador, provocando un “crujido espantoso que desfiguró por completo el rostro, antes orgulloso”.

“Fue, sin duda, uno de los momentos más sombríos de nuestras vidas, pero al menos servirá para ofrecer testimonios absolutamente auténticos de testigos presenciales”, añadió.

La foto que lo mostró todo

La nota de Bracker se publicó acompañada por una imagen a cuatro columnas en la tapa que mostraba la escena caótica: los cuerpos de Mussolini y Petacci sobre una pila de cadáveres —el dictador se distingue por su cabeza calva— mientras una multitud armada se abría paso a empujones. Al día siguiente, el 1 de mayo, el diario sumó dos fotografías más: una con los cuerpos colgando de los tobillos de un poste en una estación de servicio abandonada, y otra del teniente general Achille Starace, aliado de Mussolini, poco antes de ser fusilado.

Publicar imágenes tan explícitas en tapa era excepcional, pero constituían prueba irrefutable de la muerte del dictador y complementaban el relato de Bracker. Ese mismo día, el Times analizó el hecho en un editorial: “El trágico final de Benito Mussolini supone un desenlace apropiado para una vida miserable”, decía. “El hombre que una vez alardeó de que iba a restaurar las glorias de la antigua Roma es ahora un cadáver en una plaza pública de Milán, con una turba enfurecida que maldice, patea y escupe sus restos”.

Un rollo, una frontera y una ventisca

En 1945, transmitir una foto al otro lado del mundo no era sencillo. En los inicios del fotoperiodismo, el único método era llevar el rollo físicamente, a veces en barco a través del Atlántico. En la década de 1920, la tecnología radiofotográfica permitió escanear imágenes y convertir sus tonos en impulsos eléctricos que se enviaban de forma inalámbrica a Nueva York, donde se reconstruían para su publicación.

En 1929, el Times, junto con el Chicago Tribune y el Christian Science Monitor, fundó Press Wireless para sortear los monopolios del telégrafo comercial. La empresa construyó sus propias estaciones de radio de onda corta, lo que agilizó el envío de textos e imágenes. Pero en tiempos de guerra las dificultades logísticas persistían: la oficina de Press Wireless más cercana a Milán estaba en Ginebra, a unos 250 kilómetros en línea recta. Las fotos —tomadas por un fotógrafo italiano cuyo nombre se perdió en el tiempo— debían llegar primero a Ginebra.

Bracker estaba ocupado redactando su crónica. El fotógrafo, en cambio, conocía a Daniel T. Brigham, corresponsal del Times en Berna, y se ofreció a llevar personalmente el material hasta Ponte Chiasso, en la frontera italo-suiza, y subirlo a un tren con destino a Berna. No fue tarea fácil en un país devastado por la guerra: tuvo que hacer dedo por “carreteras bloqueadas por compatriotas desconcertados y agitadas por bandas guerrilleras”, según escribió Meyer Berger, antiguo corresponsal del diario, en su libro sobre el primer siglo del periódico. Aun así, llegó y despachó el paquete.

“¡Vaya, tengo algo especial!”, exclamó Brigham cuando llamó a The Times a altas horas de la noche para avisar que había retirado el paquete en Berna. Pidió a la oficina de Press Wireless, que normalmente cerraba los domingos, que se preparara para recibir la transmisión. Mientras tanto, él se alistaba para viajar a Ginebra.

Tras conseguir nafta y la autorización de un censor militar para usar las fotos, Brigham emprendió un peligroso viaje nocturno por los Alpes. “Se adentró en una ventisca de montaña, derrapando y saltando por precipicios negros en las oscuras y estrechas carreteras alpinas”, escribió Berger. En un momento se le reventó un neumático y tuvo que cambiarlo en medio de la tormenta.

A las 23.30 de Nueva York —las 5:30 en Ginebra— las imágenes empezaron a salir del receptor de Press Wireless en la redacción. Llegaron tarde para la primera edición. Pero después de que el jefe de la edición nocturna, Raymond H. McCaw, hiciera ajustes en el diseño, la primera foto, con Mussolini tendido entre una pila de cadáveres, apareció en la tapa de la segunda edición.

“La segunda mejor foto del año”

Ya de madrugada, a la 1.15, McCaw escribió a máquina un memorándum para el editor Arthur Hays Sulzberger. “Señor Sulzberger: creo que estará de acuerdo en que la foto de Mussolini merecía estar en la primera página”, escribió. “Personalmente, creo que, después de la del izamiento de la bandera en Iwo Jima, esta fue la segunda mejor foto del año”, añadió, en referencia a la célebre imagen de Joe Rosenthal, de Associated Press, tomada dos meses antes.

Ese mismo día, Sulzberger envió un telegrama a Brigham en Berna. “Felicitaciones por conseguir la singular fotografía de Mussolini”, escribió.

(Esta nota forma parte de una serie que conmemora los 175 años de periodismo de The New York Times como testigo de los hechos).

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