La democracia no necesita dirigentes que recuerden haber sido ciudadanos

¿Qué separa a un funcionario de un ciudadano común? Una columna en Tiempo Fueguino plantea una reflexión que incomoda a la dirigencia y desafía a la sociedad. La clave está en la escucha.

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La democracia no necesita dirigentes que recuerden haber sido ciudadanos
La democracia no necesita dirigentes que recuerden haber sido ciudadanos

En Tierra del Fuego, una reflexión sobre el rol de los funcionarios públicos está dando que hablar. La columna de opinión de Natalia Jañez, publicada en Tiempo Fueguino, plantea una verdad incómoda: asumir un cargo no convierte a nadie en un ser superior, pero muchos parecen olvidarlo.

El texto sostiene que un intendente, un legislador, un concejal o un ministro son, antes que nada, ciudadanos. La sociedad les confía temporalmente la responsabilidad de representarla y decidir por el bien común, pero ese mandato no les otorga privilegios, sino una obligación mayor: escuchar, dialogar y rendir cuentas.

¿Qué está fallando en la participación ciudadana?

Jañez critica que, a pesar de los discursos sobre participación y puertas abiertas, la escucha suele tener condiciones: se convoca a los que piensan igual y se ignoran las voces disidentes. Las diferencias, en lugar de enriquecer, incomodan.

Luego aparecen los diagnósticos de siempre: que la ciudadanía es apática, que la política perdió credibilidad. Pero la autora plantea una pregunta clave: ¿cuánto está dispuesta la dirigencia a escuchar cuando la gente decide involucrarse?

La confianza no se reclama, se construye

La confianza se gana respondiendo, reconociendo aportes y aceptando críticas. Una buena idea no vale menos por surgir fuera de un despacho o de un partido político.

La política, afirma Jañez, no es el problema. Es la herramienta más valiosa para organizar la sociedad y transformar la realidad. El problema aparece cuando se confunde representación con superioridad, autoridad con privilegio o diálogo con obediencia.

Representar no significa hablar en nombre de la ciudadanía, sino hablar con ella.

¿Y la responsabilidad de los ciudadanos?

La participación no termina el día de las elecciones. Una democracia necesita vecinos comprometidos que propongan, controlen, debatan y construyan lo público. Pero ese compromiso solo florece si del otro lado hay voluntad real de escuchar, no de administrar la participación.

Los cargos son transitorios; la ciudadanía es permanente. Quienes hoy deciden volverán, tarde o temprano, a ocupar el lugar de cualquier vecino: esperar respuestas, presentar propuestas o reclamar que su voz sea tenida en cuenta.

Porque la democracia no necesita dirigentes que recuerden que alguna vez fueron ciudadanos. Necesita dirigentes que nunca olviden que lo siguen siendo.

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