La cooperativa patagónica que pasó de buscarle salida a la fruta descartada a producir su propia sidra

¿Cómo logró una cooperativa patagónica sobrevivir 50 años y convertirse en un gigante del jugo concentrado? La historia de CRC, sus secretos de exportación y su nueva sidra propia que ya conquista Buenos Aires.

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La cooperativa patagónica que pasó de buscarle salida a la fruta descartada a producir su propia sidra
La cooperativa patagónica que pasó de buscarle salida a la fruta descartada a producir su propia sidra

En plena Patagonia, una cooperativa nacida en 1973 para darle destino a la fruta que el mercado fresco descartaba, logró construir un imperio industrial. Hoy procesa miles de toneladas de peras y manzanas, exporta jugo concentrado a Estados Unidos y hasta lanzó su propia sidra. Más de 100 productores asociados sostienen una historia de cinco décadas que desafía las crisis del sector.

El origen: una salida para la fruta sin mercado

La Cooperativa de Comercialización y Transformación de Colonia Juliá y Echarren Limitada (CRC) nació con una misión clara: encontrar una alternativa comercial para la fruta que no lograba colocarse en el mercado fresco. Ariel Vilicich, su gerente, recuerda que “básicamente lo que buscaban era tratar de buscarle una salida a toda la fruta que no tiene un destino de industria”.

Los primeros pasos fueron en la elaboración de caldo de sidra, una etapa que duró unos diez años. Pero en 1983, una inversión clave permitió dar el salto hacia la producción de jugo concentrado, el producto que hoy define gran parte de su actividad.

La CRC no vende fruta fresca: su rol es la industrialización. Los productores asociados mantienen sus propios canales para el mercado en fresco, mientras que la cooperativa se convirtió en un eslabón esencial de la cadena frutícola regional.

La planta de Río Colorado: números que impresionan

La capacidad productiva de la planta es enorme: según la temporada, procesa entre 25.000 y 30.000 toneladas de fruta. En el último ejercicio, el volumen fue menor, alrededor de 22.000 toneladas, con una composición típica de 65% manzana y 35% pera.

Para obtener un kilo de jugo concentrado se necesitan entre seis y siete kilos de fruta fresca, aunque el rendimiento varía según la calidad, la madurez y las variedades. Vilicich explica que “mucho depende de la calidad de fruta, el estado de madurez de la misma y de las variedades también”.

La última temporada fue particular: hubo menos fruta por una combinación de factores climáticos y productivos, y la falta de manzana impactó directamente en el ingreso de materia prima.

Exportación: el sello de calidad internacional

Casi toda la producción industrial de la planta tiene destino externo, con Estados Unidos como uno de los mercados centrales. Ese perfil exportador exige estándares internacionales y un esquema permanente de certificaciones, controles e inversiones.

“Eso obliga a una constante inversión, a renovación de equipos, estar atento a todas las demandas o a los requerimientos de calidad”, sostiene Vilicich. La planta cuenta con certificación Kosher y BRC, una norma internacional de seguridad y calidad alimentaria.

El salto al consumidor: la sidra propia

Hace unos cinco años, la cooperativa decidió explorar nuevos horizontes y comenzó a elaborar sidra. Primero produjo para un cliente específico bajo la marca Txapela, y luego lanzó su propia marca: Juliá y Echarren.

“Nuestra idea es siempre escalar esta nueva unidad de negocio y llegar a mayor cantidad de consumidores”, cuenta Vilicich. La sidra ya se vende en la región y en Buenos Aires, y tiene un diferencial: se elabora con jugo de fruta que ellos mismos producen.

“La idea era valorizar todo lo que hacemos, por ese motivo aprovechamos nuestra producción de jugo para endulzar nuestra sidra”, explica el gerente. Así, buscan trasladar al consumidor los estándares de calidad desarrollados durante décadas en la elaboración de jugos concentrados.

Más de 100 productores asociados

La cooperativa reúne a más de un centenar de productores asociados. Una de sus herramientas clave es el financiamiento para la compra de plantas, con el objetivo de acompañar la renovación de las chacras y la incorporación de nuevas variedades.

“El productor todos los años invierte para poder tener la producción, para poder tener fruta de calidad”, plantea Vilicich. La industria depende de que exista una producción primaria capaz de garantizar volumen y calidad en el tiempo.

La actividad se concentra entre febrero y junio, cuando se procesa más del 90% de la fruta. Ese ritmo responde a la lógica de la cadena: la industria recibe la fruta destinada a transformación, mientras que la que tiene condiciones para el mercado fresco sigue otros circuitos.

Gestión eficiente: la clave de la continuidad

Para Vilicich, la supervivencia de la CRC durante más de cinco décadas no es casualidad. “Esto no es una empresa de beneficencia. Tenemos que tener recursos, trabajar, ser eficientes, ser eficaces”, afirma. La cooperativa debe generar resultados para que sus asociados encuentren un beneficio concreto.

La transparencia es uno de los pilares: cada año se realiza una asamblea donde se presentan resultados y gestión ante los productores. “Tenemos que rendir cuentas de lo que hacemos”, resume Vilicich.

En un sector que atravesó profundas transformaciones y donde muchas empresas dejaron de operar, la fortaleza institucional fue tan importante como la capacidad industrial.

Mirar hacia adelante: desafíos y futuro

El contexto actual no es fácil: la dependencia de los mercados externos y las demoras en las condiciones comerciales internacionales plantean dificultades. La cooperativa trabaja con esquemas de prefinanciación de exportaciones porque la actividad frutícola requiere un fuerte respaldo financiero.

Frente a ese escenario, la estrategia pasa por sostener la producción, cuidar los mercados existentes y buscar nuevas oportunidades. “Creo que la actividad en la cual estamos te obliga, te condiciona a ser necesariamente optimista y emprendedor”, sostiene Vilicich. Y agrega: “No podemos pensar en otra cosa que hacia el futuro, de cómo crecer, cómo diversificar, cómo mantener la calidad de nuestros productos”.

La historia de la Cooperativa de Colonia Juliá y Echarren está ligada a una necesidad concreta de la producción regional: transformar lo que no encuentra salida en fresco y convertirlo en un producto industrial con destino nacional e internacional. Pero también demuestra la capacidad de una organización de productores para renovar las chacras, agregar valor y sostener una estructura industrial en el territorio.

“Formamos parte de una cadena”, dice Vilicich. Y en esa cadena, la cooperativa entiende que su razón de ser sigue estando en los productores que la integran. “Estamos fuertemente orientados al sostenimiento de los productores, de nuestros asociados, que son el objetivo de nuestra existencia”.

Cooperativa CRC, Río Colorado.
Cooperativa CRC, Río Colorado.

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