La comunidad japonesa de La Plata: 250 familias que fusionan tradición y modernidad
¿Cómo lograron 250 familias japonesas de La Plata mantener sus tradiciones mientras se integraban a la vida local? Historias de migración, identidad y una fusión cultural que no deja de sorprender.
En plena posguerra, un joven de 18 años decidió cambiar Tokio por La Plata. Hoy, su historia es el reflejo de una comunidad que supo integrarse sin perder sus raíces.
Corría 1971 cuando Javier Kaizoji padre, oriundo de Hiroshima, tomó un tren con destino a Tokio buscando mejores horizontes. Un folleto gubernamental que promocionaba la migración a Sudamérica cambió su rumbo para siempre. Terminó en Colonia Urquiza, donde trabajó cuatro años con una familia de floricultores antes de independizarse con ayuda del gobierno japonés.
Su historia se entrelazó con la de otra familia japonesa que había probado suerte en Paraguay, Mendoza y Merlo. De ese cruce nació Javier Kaizoji (50), ingeniero forestal y productor de plantas ornamentales, que hoy vive en el mismo campo familiar donde creció.
Una comunidad que crece entre dos mundos
En la Región residen alrededor de 250 familias japonesas, según referentes consultados. Llegaron en distintas oleadas: antes de la Segunda Guerra Mundial, durante la posguerra y en los años 60 y 70. Hoy son comerciantes, profesionales, productores y docentes que mantienen vínculos con Japón mientras desarrollan una vida plenamente platense.
“Nos vamos mezclando con la colectividad local, pero tratamos de mantener nuestra cultura”, resume Javier. En su casa conviven el japonés y el castellano, pero sus hijos aprendieron más japonés que él a su edad, porque decidió que conocieran la lengua de sus antepasados. “Mis viejos necesitaban aprender el castellano para poder integrarse y moverse en la sociedad local”, explica.
Los primeros pasos en La Plata
La presencia japonesa en la Ciudad se remonta a los años 20, cuando ya existían comercios en el centro. Muchas familias llegaron primero a Buenos Aires y trabajaron en frigoríficos, fábricas o tintorerías antes de establecerse aquí. Otras, como los Matsunaga o los Konishi, se dedicaron a la jardinería y la floricultura cerca del Cementerio.
Según Cecilia Onaha, profesora de Historia de Asia y África de la UNLP, “se integraron y relacionaron muy bien” desde el principio. Sin embargo, durante años muchas familias mantuvieron la idea de volver a Japón, por lo que la transmisión cultural no siempre fue sistemática. Tras la Segunda Guerra Mundial, esa expectativa cambió y la integración pasó a ser prioridad.
La propia historia de Cecilia refleja esa transformación. Su abuela regresó a Japón con sus hijos antes de la guerra, y su padre volvió a Argentina solo, a los 15 años, debiendo tomar clases particulares para ingresar a la escuela nocturna del Nacional. Mientras estudiaba, trabajaba en una tintorería de diagonal 80 entre 1 y 2, y luego abrió su propio negocio en 12 y 60. “A mi padre le parecía que era más útil estudiar inglés que japonés”, cuenta la historiadora, que siguió otro camino: estudió japonés de joven, viajó de vacaciones en 1978 y se fue a estudiar allí en 1990 con becas, viviendo una década en tres regiones distintas.
El acuerdo que impulsó una nueva migración
En 1961, un acuerdo entre Argentina y Japón fomentó una nueva ola migratoria que se asentó en Colonia Urquiza, donde se crearon escuelas de idioma y se reforzó la transmisión cultural. La diferencia entre la vida en las colonias y el casco urbano marcó esa transmisión: mientras los del centro debieron esforzarse más por aprender español, en las zonas rurales “los vecinos de la colectividad prácticamente se hablan en japonés”, apunta Javier.
La Escuela Japonesa de La Plata, en 186 y 482, tiene un rol central: unos 140 alumnos aprenden lengua y cultura mientras cursan sus estudios tradicionales. Javier envió allí a sus hijos, quienes ya hacen su propio camino. El mayor es arquitecto y crea contenido sobre arquitectura japonesa en Instagram bajo el nombre “Mate y Tatami”. Una de sus hijas está en pareja con un descendiente de italianos —“es lo que viene y no me molesta”, aclara— y los dos más chicos estudian: uno Ingeniería Forestal y el menor termina el secundario.
La cultura japonesa trasciende fronteras
El auge del anime, la gastronomía y las artes marciales reactivó el interés de los descendientes por sus raíces. Hoy, la cultura japonesa excede ampliamente a la comunidad. “No hay nadie más argentina o platense que yo”, sostiene Onaha, aunque mantiene prácticas y recuerdos de su herencia.
El Bon Odori, celebrado desde 1999 en Colonia Urquiza, es el principal espacio de encuentro. Comenzó como una fiesta comunitaria y hoy convoca a miles de personas de toda la región y otras provincias, con danzas, música y gastronomía tradicional. “Sabemos aggiornar nuestra cultura con valores locales”, explica Víctor Mizuta, referente comunitario.
La comunidad japonesa en La Plata no eligió entre dos identidades, sino que las combinó. Los primeros inmigrantes pensaban en regresar; sus hijos se integraron; sus nietos recuperaron el interés por sus raíces; y las nuevas generaciones viven entre ambas culturas sin contradicción. Como resume Javier, su padre nunca quiso volver a Japón para quedarse, y él sigue viviendo en el mismo campo donde nació. Así, aquella migración se volvió parte de la ciudad, forjando una identidad que es un blend entre Japón, La Plata y Argentina.