La brecha que no cede: por qué los precios en el NEA suben más que en el resto del país

Mientras el Gobierno celebra la desaceleración de la inflación, los hogares del NEA siguen pagando la diferencia: alimentos, luz, gas y combustibles suben muy por encima del promedio nacional. El dato que el índice general esconde y que golpea directo al bolsillo.

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La brecha que no cede: por qué los precios en el NEA suben más que en el resto del país
La brecha que no cede: por qué los precios en el NEA suben más que en el resto del país

La inflación de agosto en el Nordeste fue de 1,8%, apenas una décima por encima del 1,7% nacional. Pero el dato que enciende las alarmas es otro: en lo que va de 2026, la región acumula 24,4% de aumento de precios contra 21% del promedio país.

La diferencia mensual parece mínima. Sin embargo, cuando la comparación deja de concentrarse en un solo mes y se amplía, la distancia se vuelve mucho más significativa. En la medición interanual, el NEA registra una variación del 37%, frente al 33,5% del total nacional.

El economista Darío Díaz, director de Metodología y Relevamiento Estadístico del IPEC, explicó a la FM 89.3 Santa María de las Misiones que esos indicadores muestran que la región todavía no consigue quebrar una tendencia que la mantiene por encima de las demás zonas del país. La diferencia, además, no se distribuye de manera uniforme entre todos los bienes y servicios.

Los rubros que más golpean el bolsillo

En vivienda, agua, electricidad, gas y combustibles, el incremento mensual fue de 4% en el NEA, mientras que el promedio nacional se ubicó en 2,8%. El contraste es todavía mayor en términos interanuales: ese conjunto de gastos acumula una suba del 74,5% en la región, frente al 49% registrado para el total del país.

“Es un dato para abrir los ojos”, señaló Díaz al dimensionar la diferencia.

La misma tendencia aparece en alimentos y bebidas no alcohólicas. En agosto subieron 2,2% en el NEA, por encima del 1,7% nacional. En la comparación con igual mes del año pasado, la diferencia se amplía: 41,8% en el Nordeste contra 34,9% en el promedio argentino.

Dentro de la canasta regional hubo comportamientos muy dispares. Díaz mencionó aumentos mensuales del 34% en cebolla, 25% en papa, 13% en queso y 7% en manzana, junto con variaciones en distintos cortes de carne. En sentido contrario, algunos productos registraron bajas, como el pepino, con 9,9%; el ajo, con 2,3%; y los pañales descartables, con alrededor de 1%. Otros directamente permanecieron sin cambios.

Ese comportamiento ayuda a explicar por qué una inflación promedio relativamente moderada puede convivir con aumentos mucho mayores en determinados consumos habituales. Díaz señaló que durante agosto el promedio nacional se benefició especialmente de bajas en rubros con fuerte componente estacional, como indumentaria y servicios turísticos.

La finalización de las vacaciones de invierno derivó en reducciones de precios en paquetes y servicios vinculados con el turismo, mientras que en el sector textil el descenso respondió, según explicó, a una combinación entre menor demanda y estrategias comerciales frente a la crisis de ventas. Ese efecto no tuvo la misma incidencia en el Nordeste.

La región que lidera el ranking

Al comparar todas las regiones del país, Díaz remarcó que el NEA registra actualmente la mayor inflación tanto en el acumulado del año como en la medición interanual. Por eso planteó que el 1,8% de agosto no debería leerse de manera aislada. La cuestión central pasa por determinar cuánto tiempo puede prolongarse esa brecha y qué componentes están provocando que los precios regionales avancen de manera más intensa que el promedio.

Consultado sobre la dinámica nacional, Díaz diferenció su función técnica dentro del IPEC de su interpretación personal como economista. Desde esa perspectiva, señaló que el proceso de desaceleración presenta actualmente un movimiento semejante a un “serrucho”: meses en los que la inflación desciende, otros en los que vuelve a mostrar cierta resistencia y una dificultad persistente para quebrar definitivamente determinados niveles.

Según explicó, el Gobierno nacional apostó principalmente a una política de fuerte restricción monetaria para reducir la inflación, procurando limitar el crecimiento de la cantidad de pesos. Pero el economista puso el foco también en otra variable: la demanda de dinero. Cuando las personas confían en la moneda y deciden mantener pesos, indicó, el escenario resulta más favorable. En cambio, si las expectativas empeoran y los ahorristas buscan refugiarse en dólares, bonos, otros activos o incluso criptomonedas, cae la demanda de pesos y la presión sobre los precios puede reaparecer aun cuando la oferta monetaria permanezca controlada.

Además, consideró que la proximidad del año electoral podría modificar el comportamiento de empresas, ahorristas e inversores, dependiendo de cómo evolucionen las posibilidades de los distintos espacios políticos.

El riesgo de un ajuste sin fin

El economista introdujo otro factor que, a su criterio, recibe menos atención: la relación entre recesión, demanda de pesos y política monetaria. Cuando una actividad económica cae, explicó, ese sector necesita menos dinero para operar. Si muchas ramas atraviesan simultáneamente un período de baja actividad, se reduce también la demanda agregada de pesos. Eso podría obligar al Banco Central a restringir todavía más la cantidad de dinero para evitar nuevas presiones inflacionarias.

Díaz aclaró expresamente que se trata de un riesgo que observa y no de una situación que inevitablemente vaya a producirse. Su temor es que se genere un círculo vicioso en el cual sea necesario profundizar cada vez más el ajuste monetario para conseguir nuevas reducciones de la inflación, mientras la propia debilidad de la actividad económica continúa reduciendo la demanda de dinero. Por eso consideró fundamental que algunos sectores comiencen finalmente a recuperar actividad y que también se reactive el consumo.

La desaceleración inflacionaria tampoco significa que todos los sectores estén atravesando la misma situación. Díaz recordó que los grandes indicadores trabajan con promedios y advirtió que eso puede ocultar diferencias importantes dentro de la economía. El Producto Bruto Interno, por ejemplo, engloba actividades muy distintas entre sí. Algunas tienen gran peso económico pero generan relativamente poco empleo, mientras otras dependen mucho más del consumo interno y del trabajo intensivo.

En los últimos años crecieron con fuerza sectores vinculados con petróleo, gas, minería y actividades extractivas, recordó el economista. Ese desempeño puede empujar hacia arriba el promedio general de actividad sin significar necesariamente que la mejora se distribuya de la misma manera entre el conjunto de la población.

Díaz lo graficó con una imagen: es posible tener una torta cada vez más grande y, simultáneamente, porciones cada vez menores para algunos de los invitados. A partir de allí incorporó el problema de la distribución del ingreso. Consideró que una política económica no debería observar únicamente el crecimiento, sino también incorporar dimensiones de desarrollo vinculadas con salud, educación y mecanismos redistributivos. “No significa que todos tengamos que ganar lo mismo”, aclaró, sino evitar brechas demasiado pronunciadas entre sectores que avanzan y otros que quedan rezagados.

A pesar de esas advertencias, consideró que las expectativas inflacionarias de corto plazo muestran un escenario relativamente favorable. Tomando como referencia el relevamiento que realiza el Banco Central entre consultoras privadas, señaló que las estimaciones vienen anticipando una continuidad del proceso de desaceleración. Para los próximos meses, las previsiones ubican la inflación en torno al 1,7%, luego 1,6% y eventualmente cerca de 1,5% mensual hacia diciembre.

El interrogante aparecerá nuevamente a comienzos de 2027. A partir de enero, explicó, la proximidad del calendario electoral podría comenzar a modificar decisiones de inversión, ahorro y demanda de dinero. Los actores económicos suelen anticiparse a los escenarios políticos y, en función de las probabilidades que asignan a cada resultado, deciden invertir, desinvertir, ahorrar o desprenderse de determinados activos. Por esa razón, Díaz considera que los pronósticos tienen hoy un grado razonable de certidumbre hasta diciembre, pero se vuelven bastante más difíciles entrando al próximo año.

¿Cuándo podría cerrarse la brecha regional?

Respecto específicamente del NEA, el economista planteó que las diferencias entre una región y el promedio nacional pueden prolongarse durante varios meses. En períodos de cuatro a seis meses, explicó, no resulta extraño que una zona se aleje de la evolución general del país. Sin embargo, las series históricas muestran que en el mediano y largo plazo esas diferencias tienden a converger. Por eso estimó que entre enero y febrero el Nordeste podría comenzar a registrar valores más cercanos al promedio nacional.

La previsión está condicionada, no obstante, a que no ocurra algún acontecimiento extraordinario. Díaz mencionó posibles crisis internacionales, shocks políticos internos, rupturas importantes dentro del Gobierno o la salida de funcionarios relevantes como ejemplos de los denominados “cisnes negros” capaces de modificar rápidamente expectativas y previsiones.

Con la información disponible actualmente, su escenario base continúa siendo una desaceleración gradual de la inflación y una posterior convergencia regional. Mientras tanto, los últimos números muestran que la brecha permanece abierta. La diferencia mensual de agosto fue pequeña, pero detrás de esa décima aparecen tres puntos de distancia en el acumulado anual, casi cuatro en el interanual y diferencias mucho mayores en gastos cotidianos como alimentos, electricidad, gas, vivienda y combustibles.

Ese comportamiento explica por qué, aun en un escenario nacional de desaceleración, los hogares del NEA continúan enfrentando una presión sobre sus ingresos superior a la que refleja el promedio argentino.

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