Histórica Feria Franca de Monteros, un ritmo de los Martes y Viernes

En sus pasillos se respira el aire de un ritual ancestral. Entre frutas, verduras y olores caseros, una tradición que se reinventa cada martes y viernes para abrazar a su gente Detrás de toda esa energía hay una historia que se remonta a fines del siglo XIX. Aunque la feria se consolidó como la conocemos […]

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Histórica Feria Franca de Monteros, un ritmo de los Martes y Viernes

En sus pasillos se respira el aire de un ritual ancestral. Entre frutas, verduras y olores caseros, una tradición que se reinventa cada martes y viernes para abrazar a su gente


Detrás de toda esa energía hay una historia que se remonta a fines del siglo XIX. Aunque la feria se consolidó como la conocemos hoy a partir de 1914, sus orígenes se encuentran en el andén de la estación de tren, donde mujeres vendían productos caseros como rosquetes y empanadillas.

Esa actividad de 1877 fue la semilla de un movimiento que fue creciendo con el correr de los años. La venta de artesanías y comidas se expandió con verduras, hortalizas y frutas.

La feria influyó de tal manera en el crecimiento comercial de Monteros que, en otras épocas, era uno de los principales ingresos de la tesorería municipal. Un pasado que resuena hoy en el bullicio de sus pasillos, un lugar que es mucho más que un mercado: es el corazón de la ciudad.

El momento en el que empieza a latir

Desde el alba, mucho antes de que el sol asome, la magia de la Feria Franca de Monteros empieza a tomar forma. Los ferieros montan sus puestos con cajones de tomates bien rojos, pimientos y “papas de las buenas”, entre gritos de “¡Pase que le doy la yapa!”. Ni el frío, ni la lluvia, ni el calor detienen este ritual de cada martes y viernes.

Es una verdadera galería de sabores y colores. Desde las frutas y verduras más frescas hasta carnes, chacinados y especias. En el último tiempo, se sumaron la ropa, calzado, productos de bazar y hasta juguetes de moda para los más chicos.

Las manos fuertes y ajadas de los vendedores hablan de un oficio que no se detiene. Es un ir y venir de gente que busca el mejor precio, aún “cuándo la cosa se puso pesada por las malas políticas” en la economía. Y siempre hay un rinconcito gastronómico donde el aroma a tortillas al rescoldo o de algún pastelito frito e incluso a empanadas, te abraza fuerte desde temprano.

El arrollado de chancho es un clásico que se come a cualquier hora, con una rodaja de pan que te convidan amigablemente. Un “pedacito de chancho” que siempre tienta a los que pasean.

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