Güemes, el general que sostuvo la Independencia en el Norte: cómo logró frenar seis años de invasiones

La historia del Norte argentino y su sacrificio durante la Independencia, con Güemes como figura central, explican por qué esa región fue decisiva para el país. El acuerdo que consolidó a Salta como provincia autónoma y su impacto en el Congreso de Tucumán.

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Güemes, el general que sostuvo la Independencia en el Norte: cómo logró frenar seis años de invasiones
Güemes, el general que sostuvo la Independencia en el Norte: cómo logró frenar seis años de invasiones

La historia argentina suele recordar las grandes batallas de la Independencia, pero el costo que pagaron los pueblos del Norte entre 1810 y 1824 rara vez recibe el lugar que merece. La figura de Martín Miguel de Güemes, al frente de la resistencia en Salta, condensa ese sacrificio y explica por qué esa región fue clave para la construcción del país.

El recorrido que propone este análisis histórico arranca mucho antes, con la llegada de los españoles al actual territorio argentino. Hacia 1520, cuando Hernando de Magallanes tocó tierra en Puerto San Julián, celebró la primera misa un Domingo de Ramos y ejecutó a sus primeros amotinados, las autoridades imperiales comenzaron un esfuerzo colosal por organizar políticamente estas tierras. Un proceso que, por su búsqueda de unidad territorial e institucional, suele compararse con el del Imperio romano.

El lento armado del mapa colonial

Las primeras expediciones europeas fracasaron una tras otra. Juan Díaz de Solís descubrió el Río de la Plata, Sebastián Caboto exploró el Paraná y fundó el fuerte de Sancti Spiritus, Pedro de Mendoza levantó la primera Buenos Aires, que luego fue abandonada, y Pedro Sarmiento de Gamboa recorrió el estrecho de Magallanes. Recién cuando las campañas de fundación de ciudades partieron desde Perú, Chile y Paraguay, la colonización empezó a consolidarse.

El 21 de mayo de 1534 se crearon las gobernaciones de Nueva Toledo y Nueva Andalucía, que incluían todo el Tucumán: las tierras entre los Andes al oeste, el Alto Perú al norte, los bosques chaqueños al este y una línea imaginaria entre las actuales Buenos Aires y San Rafael. Tras el fracaso de Pedro de Mendoza, Nueva Andalucía desapareció y el territorio quedó bajo la órbita del Perú. Más tarde, la fundación de Santiago del Estero en 1553 hizo que el Tucumán dependiera de Chile, cuando Francisco de Aguirre se proclamó gobernador de esas provincias.

Para entonces, el Tucumán abarcaba lo que hoy son Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja, Tucumán, Córdoba y Santiago del Estero, además de Tarija, en la actual Bolivia.

De Santiago del Estero a Salta: el corrimiento del poder

El 29 de abril de 1561, el Tucumán pasó a depender de Charcas. Dos años después, el rey Felipe II creó la gobernación del Tucumán, Juríes y Diaguitas, con capital en Santiago del Estero, que en 1570 también se convirtió en sede de la diócesis más antigua del actual territorio nacional. Pero el siglo XVIII fue dramático para esa ciudad: en 1699 la cátedra episcopal se trasladó a Córdoba y, en 1700, la capital civil a Salta.

La creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 y la reorganización posterior dieron lugar, en 1782, a las intendencias de Salta del Tucumán y Córdoba del Tucumán. El rey Carlos III firmó el 5 de agosto de 1783 el documento que fijaba a Córdoba como capital de una y a Salta como capital de la otra, con jurisdicción sobre Jujuy, San Miguel, Santiago del Estero y Catamarca. Fue la expresión más acabada de las reformas borbónicas, aunque en menos de treinta años ese orden comenzaría a desmoronarse.

Un dato curioso: el Cabildo de Salta es, junto con el de Luján, uno de los edificios de gobierno españoles que se conservan en su forma original en la Argentina.

El Norte en la guerra de la Independencia

Cuando estalló la Revolución de Mayo en 1810, gobernaba Salta del Tucumán el peruano Nicolás Severo Isasmendi, que adhirió con tibieza a Buenos Aires y fue reemplazado por Feliciano Chiclana. En medio de una crisis política grave, se sucedieron catorce gobernadores hasta que la victoria del Ejército del Norte, al mando de Manuel Belgrano el 20 de febrero de 1813, instauró un gobierno revolucionario definitivo.

La primera gran decisión de un gobierno patrio sobre esos territorios fue la partición de la intendencia de Salta del Tucumán en dos provincias, mediante un decreto del director supremo Gervasio de Posadas, firmado el 8 de octubre de 1814. Allí se usó por primera vez el término "provincia" con carácter institucional. Tucumán quedó con Santiago del Estero, San Miguel y Catamarca, con capital en San Miguel del Tucumán. Salta, con Jujuy, Tarija, Orán, Santa María, los valles de Lerma y Calchaquíes y el litoral pacífico de Antofagasta y Atacama, con capital en Salta.

Güemes, el sostén de la frontera norte

Los inicios de ambas provincias estuvieron teñidos de dramatismo por la guerra. Salta, sin embargo, encontró estabilidad bajo el gobierno de Martín Miguel de Güemes, que durante seis años encabezó la resistencia contra las invasiones del ejército del Virreinato del Perú y enfrentó con mano firme a los realistas salteños que se oponían a su gobierno.

La consolidación de Salta como provincia autónoma llegó con la firma del Pacto de Cerrillos, entre el jefe del Ejército del Norte, general José Rondeau, y el gobernador Güemes, el 22 de marzo de 1816. El acuerdo se produjo después de que Rondeau intentara invadir Salta tras el desastre de Sipe Sipe. Ese pacto, que puede considerarse uno de los primeros pactos preexistentes a los que alude la Constitución Nacional, evitó un enfrentamiento armado entre el ejército central y el salteño.

Güemes comandó una fuerza de cerca de siete mil hombres y aplicó una estrategia de guerra de guerrillas que había fracasado en el Alto Perú, pero que en Salta resultó exitosa. Fue, además, el único general de la guerra de la Independencia hispanoamericana que murió como consecuencia de una acción de guerra.

Mantener el orden interno no fue sencillo, pero logró sostener el dominio territorial de la frontera norte. Ese escenario permitió, entre otros factores, la realización del Congreso General Constituyente en San Miguel de Tucumán en 1816. La amenaza española comenzó a disiparse cuando José de San Martín llegó al Perú y obligó a los realistas a concentrar sus fuerzas en Lima. Pero el fin de esa amenaza externa dio paso a otra forma de violencia: la guerra civil entre Salta y Tucumán, de la que también participaría Santiago del Estero.

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