Entró a la Armada por las charlas de un panadero de Malvinas: quién es el sanjuanino que hoy forma a los nuevos marinos
Dejó Jáchal a los 17 para probar suerte en la Armada y fue el único de cuatro amigos en quedar. Tres décadas después, el sanjuanino Orlando Pereyra cuenta cómo un panadero veterano de Malvinas le cambió el destino y qué tarea poco conocida lo tiene hoy al frente de la formación de nuevos voluntarios.
Hay marinos que navegan y marinos que sostienen la estructura para que otros puedan navegar. El Suboficial Mayor Furriel Orlando Javier Pereyra, de 51 años y nacido en Jáchal, San Juan, es de los segundos: hace más de tres décadas que destraba trámites, resuelve expedientes y acompaña a camaradas y civiles dentro de la Armada Argentina.
Su historia arranca lejos del agua. De chico, Pereyra creció en una familia trabajadora de Jáchal, con un padre que primero estuvo en el campo y después fue empleado municipal, y una madre dedicada a la casa. Es el hermano del medio de seis.
“Somos un pueblo chico que tiene su orgullo. Siempre decimos que somos la cuna de los sanjuaninos”, dice al recordar sus raíces.
Un panadero que había estado en Malvinas
A los 17 años, mientras cursaba cuarto año en la Escuela Provincial de Educación Técnica N° 1 y trabajaba de madrugada en una panadería del pueblo, la vida empezó a mostrarle otro camino. El dueño del local era el Suboficial Segundo (RE) Orlando Roarte, veterano de la Guerra de Malvinas, que entre charlas de trabajo le contaba sus experiencias en el mar.
Esas conversaciones despertaron la curiosidad del joven jachallero por la vida naval. Junto a tres amigos del pueblo se inscribió en la Armada Argentina y fue el único del grupo que quedó seleccionado. Al principio las dudas por lo desconocido pesaron, pero pudieron más el orgullo y las ganas de construir un futuro lejos de su tierra natal.
De los semáforos de la capital a la especialidad que lo devolvió a su origen
La adaptación a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) no fue sencilla: la distancia y el cambio cultural lo obligaron a un proceso intenso. Pasó del ambiente tranquilo de Jáchal a la inmensidad de la ciudad, donde descubrió los semáforos y tuvo que aprender el ritmo vertiginoso de la capital.
La disciplina, en cambio, no le resultó un obstáculo: venía de una casa donde los horarios se respetaban con rigor. Al momento de elegir especialidad, el destino lo volvió a cruzar con su historia: entre las opciones estaba Furriel, la misma que había tenido aquel panadero veterano cuyos relatos lo habían impulsado a entrar a la Armada.
Ya egresado como furriel, su primer destino fue la Dirección de Armamento de la Armada, en el Edificio Libertad. Después embarcó en el patrullero ARA “King”, donde vivió en carne propia la rutina intensiva de navegación de los marinos de guerra. En más de tres décadas de carrera pasó por el Hospital Naval Buenos Aires “Cirujano Mayor Dr. Pedro Mallo”, el Estado Mayor Conjunto y el Ministerio de Defensa.
Más tarde fue destinado a la Base Aeronaval Comandante Espora. Allí, lejos del vértigo de la capital, encontró una tranquilidad que hoy valora especialmente. Este año asumió la responsabilidad de liderar el proceso de incorporación de Personal Militar Voluntario en esa base aeronaval, un desafío que encara con ganas de renovarse en cada misión.
Qué hace un furriel (y por qué no es solo “llevar papeles”)
Cada 20 de octubre la Armada Argentina celebra el Día del Furriel, instaurado por la Orden General N° 149 de 1926, cuando se creó la Escuela de Furrieles. La especialidad abarca tareas clave: administración de personal, finanzas, adquisición y control de suministros, además del asesoramiento en reglamentación naval y trámites internos.
Contra la idea de que el furriel solo maneja documentos, Pereyra reivindica el valor estratégico de su trabajo. Sostiene que existe una mirada “muy reduccionista” y que en realidad son verdaderos “resolvedores de problemas”.
“Un expediente que va y viene muchas veces resuelve una situación personal delicada, una cuestión presupuestaria fundamental o la operatividad misma de una unidad naval”, ejemplifica.
Para él, el secreto está en la vocación de servicio y en el trato empático con cada integrante de la dotación. Lo explica así: “cuando alguien cruza la puerta de su oficina trae una inquietud o una dificultad, y que el objetivo del furriel es lograr que esa persona, que quizás entra preocupada, se retire tranquila, escuchada y con una respuesta concreta a su necesidad”.
A pocos años de terminar su carrera y pasar al retiro, el Suboficial Mayor repasa el camino con gratitud. Para él, definir el rol del furriel es hablar de pasión: levantarse cada mañana sabiendo que su trabajo aporta, en silencio pero de manera vital, al funcionamiento de la institución y al bienestar de sus camaradas.