Encerrada en el Carmelo de Nogoyá: el día que entendió que ya no decidía ni cuándo ducharse

Entró al Carmelo de Nogoyá con 19 años y la promesa de quedarse para siempre. Años después, una ex carmelita contó cómo fue el día en que se dio cuenta de que ya no elegía nada, ni siquiera cuándo ducharse.

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Encerrada en el Carmelo de Nogoyá: el día que entendió que ya no decidía ni cuándo ducharse
Encerrada en el Carmelo de Nogoyá: el día que entendió que ya no decidía ni cuándo ducharse

La vida en el convento estuvo marcada por reglas extremas de obediencia, aislamiento y prácticas de mortificación. Así lo describió Eveline Trinidad Garay, una ex carmelita descalza que pasó tres años y tres meses en el Carmelo de Nogoyá y que hoy vive en España. Habló con Elonce a raíz de la repercusión que volvió a tomar el caso tras el estreno de la serie Cautiva.

Garay entró al convento con 19 años y la idea de quedarse para siempre. Con el tiempo, según contó, fue descubriendo un régimen en el que la obediencia atravesaba casi todos los aspectos de la vida cotidiana.

“Yo entré con mucha ilusión, entré con 19 años y tenía mucha esperanza. Mi idea era entrar y quedarme definitivamente en ese lugar, pero después fueron sucediendo cosas. Vas conociendo realmente cómo se maneja el lugar, cómo te van enseñando, qué tan radical es el voto de la obediencia, de la pobreza y de la castidad, a extremo todo”, recordó.

“Te vas perdiendo a vos misma”

La ex carmelita describió un proceso gradual de adaptación a las normas internas. “Lo que sí es que tenés que anularte a vos misma y te lo van enseñando paso a paso. Vas aceptando las mortificaciones, los elementos que te dicen que tenés que usar. Te vas acostumbrando a eso y después, si no te cuestionás nada, permanecés ahí”, expresó.

Una de las enseñanzas que más recuerda apuntaba a la obediencia absoluta. “Si el superior te manda poner la silla patas para arriba, vos tenés que hacerlo y te despreocupás sin cuestionamientos para nada”, ejemplificó.

Con el tiempo, esa dinámica terminaba afectando la autonomía. “Después te vas dando cuenta que te estás perdiendo a vos misma, que vas perdiendo tu opinión, las maneras que tenías antes de entrar, tu personalidad. Te van anulando y ya eligen absolutamente todo por vos”, afirmó.

Desde la ducha hasta las tareas cotidianas

Garay explicó que las decisiones alcanzaban cuestiones básicas de la rutina. “El tiempo en el que te duchás, qué tareas vas a hacer, aunque te guste o seas más apta para otra cosa, ellas te lo eligen. La comunicación que tenés con la gente de afuera también, que es poquísima, la eligen, hablan por vos. Ellas deciden por vos en absoluto”, relató.

Los vínculos entre las religiosas también estaban reglados. Garay coincidió en el Carmelo con Silvia Albarenque, quien años después sería una de las protagonistas de las denuncias que dieron visibilidad pública al caso.

“Con Silvia ahí adentro habremos hablado unas tres o cuatro veces, pero nunca de nosotras, nunca de nuestra vida afuera, nunca de nada particular. Siempre fueron preguntas o cosas del Carmelo”, recordó.

“No podíamos mirarnos a los ojos”

Según su testimonio, no había margen para amistades como las de afuera de la clausura. “No se podía tener contacto, no te da margen para tener ningún trato especial, mucho menos una amistad”, señaló.

Las restricciones llegaban a la forma de sentarse, mirarse o tocarse. “Teníamos nuestro espacio ya estipulado hasta dónde podía una moverse, no podíamos mirarnos a los ojos, no podíamos tocarnos las manos y ni hablar de comunicarnos algo a deshora. Cada una en lo suyo, en lo que le mandaron, y así tiene que ser”, contó.

Para Garay, una de las consecuencias más profundas era el aislamiento. “Si te pasa algo, tampoco lo podés comentar con nadie, lo podés hablar, lo podés digerir, sacarte dudas. Estás muy solo. Es mucho el dominio que tienen sobre vos porque estás muy solo de todos, estás aislado totalmente”, expresó.

Las prácticas de mortificación

Otro de los aspectos que abordó fueron las mortificaciones. Garay explicó que esas prácticas estaban contempladas en las reglas y constituciones de la orden, y se refirió a cómo fueron representadas en la ficción.

“Es una manera de mostrar el dolor que uno sentía, pero no es tal cual en el sentido, por ejemplo, de la autoflagelación”, aseguró. Sin embargo, sostuvo que el sufrimiento que más recuerda no era solo físico.

“Lo peor es el desarraigo y el dolor que vos sentís porque estás solo, porque no lo podés comunicar con nadie, porque no te podés sacar una duda”, afirmó. A eso, explicó, se sumaban las prácticas físicas: “A eso tenés que agregarle el dolor físico que te imponen, que es el silicio y la penitencia”.

El silicio y las autoflagelaciones

Garay recordó que esas prácticas se presentaban como una forma de sacrificio ligada a la vocación religiosa. “Recuerde que usted ha venido aquí, tiene vocación de Carmelita, usted es el corazón de la Iglesia porque te lo enseñan así. Está para sacrificarse, para sufrir y para unir ese dolor al dolor de Cristo crucificado”, relató sobre lo que le transmitían.

Sobre el silicio, explicó: “Vos te lo atás fuerte porque entendés que así hacés mejor tu trabajo, así tiene que ser tu vocación”. También habló de las autoflagelaciones y marcó diferencias con algunas escenas de la serie.

“Cuando te das latigazos, que no son en la espalda, como lo muestran en la serie, sino que son en las nalgas arriba de una túnica, vos te pegás lo que considerás que vale Dios, que vale tu sacrificio”, sostuvo. Y agregó: “La cabeza ahí te va a mil, te llenás de pensamientos encontrados, pero no te queda otro camino más que obedecer y seguir haciendo lo que tenés que hacer”.

La salida y el desafío de volver a elegir

Garay aclaró que su salida del Carmelo fue distinta de las situaciones que después originaron las denuncias. En su caso, cuando manifestó su intención de irse, se hizo el procedimiento interno y obtuvo la autorización. “En mi caso se aprobó mi permiso para salir y pude salir tranquilamente”, explicó.

Dejar el convento, sin embargo, abrió otro proceso: recuperar la autonomía para decidir cuestiones que durante años habían estado en manos de otras personas. En esa etapa contó con el acompañamiento de las hermanas mercedarias.

“Tenés que recuperarte a vos misma, recuperar tu opinión, tus gustos, definir qué es lo que querés hacer, qué es lo que querés estudiar, dónde querés estar. Todo eso a mí me parecía lejísimo de poder elegir por mí”, recordó.

“¿Cómo puede ser que con 25 años tenga que acordarme cuáles eran mis gustos, qué es lo que me gusta hacer? ¿Dónde quiero estar?”, se preguntó.

Tras dejar el Carmelo, Garay empezó a estudiar y encontró en la universidad una herramienta para revisar lo vivido. “La universidad también te abre muchísimo la cabeza y te ayuda a cuestionarte qué es lo que has vivido ahí adentro, qué es lo que pasó”, manifestó.

A más de dos décadas de aquella experiencia, Garay volvió a poner en palabras cómo era la vida en el convento y las consecuencias que, según su testimonio, tuvo ese período. La repercusión de Cautiva volvió a instalar el caso del Carmelo de Nogoyá en la conversación pública y reabrió el debate sobre una historia que marcó a Entre Ríos.

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