El "tío Fritz" era Mengele: la visita secreta en la que su hijo supo la verdad y tomó una decisión que lo calló 6 años

Cruzó el Atlántico para encarar al hombre al que llamaba "tío Fritz" y volvió con una certeza incómoda: el monstruo de Auschwitz era su padre. Lo que decidió al regresar lo mantuvo callado durante años.

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El "tío Fritz" era Mengele: la visita secreta en la que su hijo supo la verdad y tomó una decisión que lo calló 6 años
El "tío Fritz" era Mengele: la visita secreta en la que su hijo supo la verdad y tomó una decisión que lo calló 6 años

Durante buena parte de su infancia, Rolf Mengele creyó que su padre había muerto en el frente ruso. Eso le había contado su madre. La verdad era otra y tardó años en aparecer: aquel hombre amable al que llamaba "tío Fritz", con quien había compartido unas vacaciones de esquí en los Alpes suizos en marzo de 1956, era Josef Mengele, el médico nazi conocido como "el ángel de la muerte".

La revelación llegó a los 16 años, cuando Irene Schönbein le confesó que ese pariente que vivía en Sudamérica era su padre y que lo buscaban por sus crímenes en Auschwitz. Rolf solo lo había visto una vez, cuando tenía unos doce años, y de él recibía noticias de vez en cuando.

Quién era el hombre detrás del "tío Fritz"

Josef Mengele había nacido en 1911 en Günzburg, Alemania, en una familia acomodada. Estudió medicina y antropología y trabajó junto al genetista Otmar von Verschuer, especializado en gemelos. Adhería al racismo nazi y en 1937 se afilió al Partido Nazi; al año siguiente ingresó en las SS, la organización que administraba los campos de concentración y exterminio.

En mayo de 1943 fue destinado a Auschwitz. Allí era uno de los médicos que decidían el destino de los deportados apenas bajaban de los trenes: algunos iban al trabajo forzado, otros a las cámaras de gas. Muchos niños, ancianos y enfermos fueron condenados a morir en esa primera selección.

También elegía a quienes usaría en sus experimentos. Los gemelos eran su obsesión: los medía, les extraía sangre y los sometía a procedimientos dolorosos. Algunos murieron por las intervenciones; a otros los mandó matar para comparar sus órganos en las autopsias. Lo mismo hizo con personas con enanismo o con un ojo de cada color.

En enero de 1945, cuando el Ejército Rojo se acercaba a Auschwitz, huyó. Nunca respondió por sus crímenes ante un tribunal. Tras la guerra se ocultó en Alemania y en 1949 escapó a la Argentina con documentación falsa. Vivió años en Buenos Aires con el respaldo económico de su familia, en 1959 pasó a Paraguay y, después de que agentes israelíes capturaran a Adolf Eichmann en 1960, terminó refugiado en Brasil. Allí hubo quienes le dieron alojamiento, lo ayudaron a esconder su identidad y mantuvieron el contacto con sus parientes en Alemania.

El viaje secreto de octubre de 1977

Para entonces Rolf ya era abogado y se había convertido en la oveja negra de los Mengele. Influido por el espíritu rebelde de los años sesenta, cuestionaba la riqueza y el poder de sus parientes, dueños de una fábrica de maquinaria agrícola en Günzburg. En octubre de 1977 decidió viajar para enfrentar a su padre cara a cara y escuchar sus respuestas sin la distancia de las cartas que intercambiaban.

La operación se organizó en secreto, con recaudos para que nadie lo siguiera hasta el escondite. Según la reconstrucción del periodista británico John Ware, coautor de "Mengele: The Complete Story", Rolf llevaba su propio pasaporte y el de un amigo al que se parecía, además de 5000 dólares que la familia le enviaba a su padre.

Voló primero a Río de Janeiro y desde allí a San Pablo. Tenía instrucciones de quedarse unos días en un hotel y, si sospechaba que lo seguían, volver de inmediato a Alemania. El día acordado cambió varias veces de taxi antes de encontrarse con Wolfram y Liselotte Bossert, el matrimonio que ayudaba a su padre; el último tramo lo hizo en el Volkswagen de la pareja.

Mengele le había pedido que le llevara un diccionario de latín e inglés, repuestos para su afeitadora, unas grabaciones, dos obras de Ovidio sobre el exilio —Tristes y Cartas desde el Ponto— y un libro de Hans Ulrich Rudel, el aviador nazi que se había hecho su amigo en la Argentina.

"Mengele logró vivir aquí durante casi 20 años sin ser detenido porque estaba protegido por sus amigos. Había una pareja austríaca [los Bossert], una pareja húngara [los Stammer]… Todos hablaban alemán. Así que [Mengele] podía conversar con ellos en su propio idioma. No es que viniera al fin del mundo y perdiera el contacto con su cultura. No, vivía en una Baviera tropical. Escuchaba música clásica, tenía una buena biblioteca en alemán que conseguía tener actualizada", explicó la periodista brasileña Betina Anton, autora de "Baviera tropical", en una entrevista con EL PAÍS.

"Yo no inventé Auschwitz"

Cuando Rolf llegó a la modesta casa donde vivía su padre, Mengele lo esperaba con lágrimas en los ojos. Habían pasado más de veinte años desde las vacaciones en Suiza. Según recordó el hijo, se encontró con un hombre envejecido y temeroso, que aparentaba mucho más que sus 66 años y poco tenía que ver con el "tío Fritz" de su infancia. Se abrazaron, pero Rolf se sintió frente a un extraño.

Pasaron catorce días juntos. Según el relato de Rolf recogido por Ware, cada vez que le preguntaba por Auschwitz su padre se cerraba y le contestaba con irritación. El hijo quería saber qué había hecho y cómo explicaba los crímenes que le atribuían. Mengele negaba haber lastimado a alguien y sostenía que había cumplido órdenes. "Yo no inventé Auschwitz", se defendió. Incluso llegó a decirle que los gemelos del campo le debían la vida.

Rolf cuestionó esas explicaciones. Si estaba tan convencido de su inocencia, ¿por qué no se entregaba? "No hay jueces, solo vengadores", respondió Mengele. Las conversaciones terminaban sin que reconociera su responsabilidad y su hijo comprendió que no iba a escuchar una expresión de arrepentimiento.

"No quería cargar de discusiones aquel único y último encuentro", recordó en una entrevista por escrito con Yedioth Ahronoth, cuyas declaraciones reprodujo Die Welt el 8 de mayo de 2008.

De vuelta en Alemania, Rolf decidió no revelar el escondite de su padre. "Era mi padre. Un miembro de la familia. No podía entregarlo. Eso habría sido una traición a la familia", explicó años más tarde. Un mes después de la visita, Mengele le escribió para agradecerle el encuentro: "Ahora puedo morir en paz".

Seis años de silencio

El 7 de febrero de 1979, Josef Mengele fue con los Bossert a una playa de Bertioga, en la costa brasileña. Mientras nadaba sufrió un accidente cerebrovascular y murió ahogado. Fue enterrado en Embu bajo el nombre de Wolfgang Gerhard, la identidad que había usado para ocultarse. Tenía 67 años.

Rolf se enteró por una carta de unos amigos que habían acompañado a su padre en Brasil. El mensaje anunciaba la muerte sin mencionar su nombre: "Nuestro amigo nos ha dejado en una playa tropical". Según la reconstrucción de Ware, su primera reacción fue de alivio. "Tenía un conflicto que nunca podía resolverse", explicó. La muerte había cerrado la posibilidad de que su padre fuera detenido y juzgado, una situación que le provocaba sentimientos encontrados por el vínculo familiar y por lo que sabía de Auschwitz.

El hijo viajó a Brasil para comprobar las circunstancias de la muerte, pero al regresar guardó silencio. Mientras las autoridades seguían buscando a Mengele, él sabía que estaba enterrado bajo otro nombre. En 1985 explicó su decisión: "Permanecí en silencio por consideración hacia las personas que habían estado en contacto con mi padre durante los últimos treinta años".

El secreto empezó a deshacerse cuando la policía alemana allanó la casa de Hans Sedlmeier, un hombre de confianza de la familia, y encontró correspondencia que llevó a los investigadores hasta Brasil. Allí localizaron la tumba y exhumaron los restos en junio de 1985. Rolf confirmó entonces que su padre había muerto seis años antes. Las pericias forenses identificaron los restos como los de Mengele y en 1992 un estudio de ADN confirmó esa conclusión.

La familia se negó a repatriar los restos a Alemania. Los huesos quedaron en el Instituto Médico Legal de San Pablo y, años después, fueron utilizados en clases de medicina forense. Rolf, por su parte, adoptó el apellido de su esposa, Jenckel, para evitar que sus hijos cargaran con el nombre de su abuelo.

En 2008 volvió a hablar y pidió que no lo odiaran por los crímenes de su padre. También contó que pensó en viajar a Israel, pero desistió por temor a que su presencia incomodara a los sobrevivientes. "Me hubiera gustado tener un padre diferente", dijo en una entrevista con el diario israelí Yedioth Ahronoth.

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