El terremoto del 48: la escena que todos recuerdan 78 años después
En 1948, un terremoto sacudió Salta en plena madrugada. A 78 años, los relatos de quienes lo vivieron revelan escenas insólitas: un cura en camisón, piedras gigantes rodando desde el cerro y una familia entera durmiendo en la vereda. Pero hay un testimonio que nadie esperaba...
Una madrugada de agosto de 1948, Salta se despertó con un sacudón que quedó grabado para siempre en la memoria de sus habitantes. Hoy, a 78 años de aquel terremoto, los testimonios de quienes lo vivieron revelan escenas insólitas y aterradoras. Cuatro o cinco relatos rescatados por El Tribuno reconstruyen esa noche que marcó a fuego a los salteños.
El primero es de César Perdiguero, publicado en "La Columna Noctámbula" apenas cuatro días después de que El Tribuno saliera por primera vez a la calle, el 21 de agosto de 1949. Perdiguero recordaba que el sismo lo sorprendió cuando bajaba de la Estación de Trenes por Balcarce: "Vi a la distancia –cuenta– que la calle se ondulaba. Era el temblor…".
Un niño que soñaba con trenes
El profesor Eduardo Poma tenía 6 o 7 años cuando ocurrió el terremoto. Su testimonio es uno de los más detallados: "Ya no existen personas a quien preguntarles lo ocurrido en esa fatídica madrugada del 25 de agosto de 1948". Poma recuerda que, entre sueños, escuchaba ruidos como de un tren de pasajeros y vidrios rotos. Al despertar, vio un cuadro inclinado y sintió arena del revoque en la cara y la ropa.
"Me levanté y al ver que no había nadie, subí por el balcón y salté a la vereda. Todo era muy extraño e irreal. Había mucha gente en la calle, con ropas pintorescas como señoras con sacos sobre sus camisones", relata. Poma preguntaba y preguntaba qué había pasado, pero solo recibía silencio: el terror todavía estaba en los rostros. Después supo que su madre sacó a su hermana Marta, de dos años, en brazos, y su padre a su hermano Ricardo, de cuatro. Él, mientras tanto, había pasado todo el movimiento soñando con un tren de pasajeros, ese que siempre intentaba dibujar en la escuela.
A la media hora fueron a la casa de su abuela, a dos cuadras, donde había quedado a dormir su hermana María Lidia. No hubo daños, como en casi todas las casas del pueblo. Camino a lo de su abuela, al pasar por la casa del doctor Alberto Caro, vieron a la familia arropada y sentada en sillones en la vereda, una escena que se repitió por varias noches en casi todo el pueblo.
"Es todo lo que logro recordar, pero en las personas mayores fue tal la impresión vivida, que volcaron su gratitud en el Señor del Milagro y su Madre Santísima, los nuevos Patrones tutelares del pueblo, y cuyo culto no dejó de crecer hasta hoy", cierra Poma.
Internados y simulacros
Don Humberto Oliver, que hoy vive en Cachi, estaba interno en el Colegio Belgrano de Salta. "El sacudón nos despertó a todos y de inmediato saltamos de la cama para tratar de ponernos a salvo. Corrimos hacia las escaleras sin respetar los carteles que aconsejaban cómo actuar en caso de emergencia", cuenta. Bajaron a los saltos y desordenadamente hasta el patio de planta baja. "Varios se golpearon y tropezaron pero por suerte no pasó a mayores", recuerda. Dos padres llegaron después y pusieron orden. Permanecieron allí hasta el amanecer. Ese día no hubo clases por las réplicas, que fueron varias. Algunos compañeros fueron retirados por sus padres; otros se quedaron porque no vivían en la ciudad.
El testimonio de Oliver sirve para insistir en la importancia de los simulacros de sismos e incendios en todos los edificios públicos.
Piedras que rodaron desde el cerro
La señora Julia Plaza, hija de don Rafael Plaza, ya fallecido, cuenta lo que sus padres vivieron. La familia estaba en la primera cuadra de la calle Mariano Boedo, a no más de 40 metros de la ladera sur del cerro San Bernardo. Al producirse el sismo salieron a la calle como todos los vecinos. Entonces vieron cómo desde el cerro caían inmensos pedrones que rodaban con gran estruendo hasta la calle, que quedó sembrada de piedras. "Y una de ellas –contaba don Rafael– cruzó la calle y dio con violencia contra una pared de la mano sur causando un boquete". La gente se alejó rápidamente hasta el puente de la calle Alvarado.
Este relato es clave porque, después del terremoto, se permitió la construcción de numerosos edificios por encima de la cota establecida para los faldeos del San Bernardo.
La perla de la noche
El doctor Luis García Vidal aporta la escena más insólita. Su madre lo despertó y lo mandó a la calle. Su abuelo, don José Vidal, se quedó en la cama renegando: sostenía que la casa no se caería "porque la había hecho él".
"El espectáculo ofrecido por los vecinos y sobre todo por las vecinas de 'buen ver' en camisones transparentes y chinelas valió la pena y hasta el terremoto", dice García Vidal. Pero la perla fue ver al ilustre vecino Monseñor Fuenteseca, Prior de la Catedral, correr despavorido en camisón corto, pata pila y con sus piernas delgaditas y blancas como la leche.
Por entonces muchos varones usaban camisones para dormir; la diferencia era que solo las mujeres los usaban con transparencias. Esa noche muchos salieron con prendas cambiadas: hombres con transparencias y señoras con opacidades. Como diría Cervantes: "Cosa veredes, Sancho, que non crederes".
Quedan para otra oportunidad las experiencias de quienes durmieron varias noches en sillones en las veredas, en automóviles o en coches de plaza. Según dicen, los cocheros hicieron buenos pesos alquilando sus carruajes. El Ferrocarril Belgrano también permitió que vecinos se alojaran en vagones estacionados en la playa. Algunos no querían abandonarlos después de dos o tres días. Hubo problemas con los sanitarios: como los coches no tenían baños químicos, los desechos caían directamente en el suelo de la playa ferroviaria, por lo que la formación debía moverse a diario para evitar la hedentina. Finalmente intervino la Policía Federal para que los aromas no llegaran a la plaza 9 de Julio.