El "suicida" que apareció colgado de la cruz del cerro San Bernardo: la historia que estremeció a Salta
Un fraile miró hacia la cruz del cerro y dio el grito: había un hombre colgado. La policía subió a toda prisa, pero al llegar a la cima el espanto se transformó en otra cosa. Lo que encontraron quedó en el anecdotario salteño para siempre.
El nuevo ciclo documental de El Tribuno, conducido por Ernesto Bisceglia, rescata las leyendas y episodios más insólitos del cerro San Bernardo, desde el origen de su nombre hasta la macabra broma publicitaria que conmocionó a la ciudad en 1910.
Para los salteños, el cerro San Bernardo no es una simple elevación de casi 1.500 metros sobre el nivel del mar. Es una brújula identitaria. Cuando la ciudad terminaba apenas unas cuadras más allá del actual Parque San Martín, los mayores advertían a los chicos que salían a hacer mandados: "Si te perdés, mirá al cerro".
Con esa imagen arranca "Salta: la historia detrás de lo que vemos", el ciclo de documentales de El Tribuno que conduce el periodista e historiador Ernesto Bisceglia. En su primer episodio, la serie se mete en las crónicas, los mitos y los secretos del mirador más emblemático de la capital.
De dónde viene el nombre
El bautismo del cerro se remonta a la fundación de la ciudad, en 1582. Las pautas urbanísticas que Felipe II impuso para trazar ciudades "a cordel" explican por qué la cuadrícula del centro se ve perfecta desde la cumbre. Dos órdenes religiosas dejaron su huella en la toponimia local: los franciscanos y los jesuitas.
Fueron los jesuitas quienes levantaron la primitiva ermita donde hoy está el Convento San Bernardo, marcando el límite este de la ciudad frente al antiguo Canal del Este. La advocación honraba a San Bernardo de Claraval, doctor de la Iglesia conocido como el Doctor Melifluo por la dulzura de su palabra, simbolizada litúrgicamente con un panal de abejas.
La imaginación popular, sin embargo, adaptó el símbolo a las vicisitudes del valle. Una leyenda cuenta que durante un ataque diaguita-calchaquí, un hombre vestido de blanco blandió ese panal y liberó un enjambre de avispas furiosas que dispersó a los guerreros. El gesto le habría ganado la devoción perpetua de los primeros vecinos.
Cantera y pizarrón a cielo abierto
A lo largo de los siglos, el cerro fue mucho más que paisaje. De sus laderas se extrajeron piedras fundamentales para las construcciones coloniales y tierra fértil que los carreros vendían casa por casa para las plantas del centro.
Décadas atrás, su cara visible funcionó como un pizarrón gigante: allí se montaron enormes siluetas marianas, la tradicional estrella de Belén encendida en Navidad e incluso gigantografías de propaganda política armadas con piedras encaladas que podían leerse desde Plaza 9 de Julio.
Las dos toneladas del Cristo Redentor
Custodiando la cima a 1.495 metros, el Cristo Redentor encierra un periplo titánico. Hacia 1890, el papa León XIII dispuso la confección de una serie de Cristos para consagrar el cambio de siglo y enviarlos a puntos estratégicos del mundo para implorar por la paz. Salta recibió uno de ellos, con una imagen gemela erigida en la cúspide de San Francisco, en Jujuy.
Fundido en una aleación de bronce, cobre y hierro —probablemente en Trieste—, llegó desarmado en cajones al país hacia 1900. Pesa dos toneladas. Sin caminos trazados ni maquinaria moderna, la subida a lomo de esfuerzo humano y tracción a sangre fue una verdadera proeza de devoción.
Sobre la figura pesa además una singular anécdota policial de hace un siglo. Alertados desde abajo al divisar una silueta con una escalera apoyada en la estatua, policías y vecinos subieron de urgencia y descubrieron a un hombre intentando cortar uno de los brazos con una sierra para vender el metal. Si bien algunos atribuyen las marcas visibles en la estructura a las juntas del ensamblaje original, la historia del "robo frustrado" quedó grabada en el anecdotario salteño.
La cruz de quebracho y la Fiesta de la Cruz
Como el Cristo del Papa demoraba en llegar para el cambio de siglo, el obispo Matías Linares y Sanzetenea resolvió que la ciudad no podía recibir el año 1900 sin un hito de consagración. Le encargó al carpintero Andrés Soraire una monumental cruz de quebracho de entre 300 y 400 kilos, rematada por una chapa de herrería con la leyenda en latín: "Cristo reina, impera y vive".
La cruz fue izada y bendecida el 3 de mayo de 1901, fecha que dio origen a la multitudinaria Fiesta de la Cruz, una tradición hoy prácticamente extinta.
"Era casi un feriado popular. Familias enteras de los barrios más lejanos llegaban caminando, cargando parrillas y empanadas. Desde abajo se divisaban las columnas de humo saliendo del follaje: eran los asados en pleno monte. Subían rezando el rosario, cumpliendo promesas, y la jornada terminaba en una verdadera fiesta criolla donde convivían la devoción y el folklore", rememora Bisceglia.
El "ahorcado" que nunca existió
Entre las crónicas más desopilantes que rescató en su momento César Fermín Perdiguero figura la ocurrida alrededor de 1910. En una mañana despejada, el fraile que subió a tocar las campanas de San Francisco miró por el ojo de buey del campanario hacia el cerro y pegó el grito: un hombre colgaba sin vida de uno de los maderos de la cruz.
La noticia corrió como pólvora en la pequeña aldea. Una comisión judicial y policial trepó a toda prisa por la cuesta tupida. Al llegar a la cúspide, el espanto mutó en asombro: el "suicida" era un muñeco de lona relleno de paja a escala real. En el pecho llevaba una carta dirigida a las autoridades:
"Señor Juez: no se culpe a nadie de mi muerte. He tomado esta drástica decisión porque no he podido comprar en la feria de la Cooperativa del Norte".
La macabra puesta en escena había sido obra de Carlos Pagliari, dueño de un concurrido almacén de ramos generales de la época, quien tras una noche de copas pagó unos pesos a conocidos para montar la broma en la cruz. Sin saberlo, don Pagliari acababa de rubricar en los faldeos del cerro uno de los antecedentes más audaces e insólitos de la publicidad en la historia de Salta.