Una especialista del Hospital Rawson atiende consultas por ACV y detectó un síntoma que muchos pacientes confunden con otra cosa antes de llegar al hospital. Qué dijo sobre el factor que más demora la consulta.
Cuando el flujo de sangre hacia una parte del cerebro se corta de golpe —porque una arteria se tapa o porque un vaso se rompe— el reloj empieza a correr y cada minuto cuenta. Esa es la lógica que la doctora Mariana Riveros, del servicio de Neurología del Hospital Rawson, insiste en instalar cada vez que habla del ACV: el tiempo es el factor que define cuánto daño queda.
Cuanto antes llega el paciente a un centro de salud, más chances hay de acceder al tratamiento indicado y de achicar las secuelas. El problema es que el evento no avisa y, muchas veces, sus señales se parecen a las de otras dolencias.
Por qué se pierde tiempo valioso
El ACV irrumpe de manera súbita. No hay margen para esperar a ver qué pasa ni para autodiagnosticarse en casa. Según Riveros, uno de los inconvenientes más frecuentes es que algunas manifestaciones pueden confundirse con otras patologías, lo que genera dudas y retrasa la consulta médica.
La especialista remarcó la importancia de identificar las señales de alerta, sostener controles periódicos y mantener hábitos saludables para bajar el riesgo. La fecha del 29 de octubre, Día Mundial del ACV, funciona como recordatorio, pero el mensaje vale para todo el año.
Las señales que deben encender la alarma
Hay un conjunto de síntomas que obligan a actuar sin demora: alteraciones repentinas del lenguaje, dificultad para hablar o para entender lo que dice otra persona, pérdida de fuerza o de sensibilidad en alguna parte del cuerpo, cambios en la visión, problemas para caminar o mantener el equilibrio y dolor de cabeza intenso y repentino.
Ante cualquiera de ellos, la indicación es consultar de inmediato. No se trata de esperar a que el cuadro se aclare por sí solo.
Qué tratamientos existen y con qué cuenta el Rawson
La rapidez para llegar al sistema de salud importa porque hay intervenciones específicas capaces de reducir el daño cerebral y las secuelas. Confirmado el diagnóstico, se pueden administrar medicamentos por vía intravenosa para disolver el coágulo que obstruye una arteria.
Cuando la lesión compromete un vaso de gran calibre, aparece otra alternativa: la trombectomía mecánica, un procedimiento mínimamente invasivo y altamente efectivo que permite extraer el coágulo y restablecer la circulación.
Riveros destacó que el Hospital Rawson dispone hoy de todas estas opciones. Y fue tajante: "El ACV es una patología que tiene tratamiento, que puede haber rehabilitación. Si no consultás a tiempo, no se puede dar el tratamiento".
Hipertensión, diabetes y obesidad, en la lista de riesgos
Aunque se lo asocie con personas mayores, la prevención debe empezar mucho antes. Hay factores que elevan las chances de sufrir un ACV y que, en muchos casos, se detectan y controlan con un seguimiento médico adecuado.
Entre los más frecuentes, Riveros mencionó la hipertensión arterial, la diabetes y la obesidad. A ellos se suman el tabaquismo, el colesterol alto, el sedentarismo, el consumo excesivo de alcohol y el uso de drogas.
Del otro lado, la prevención incluye hábitos concretos: alimentación equilibrada, actividad física, evitar el sedentarismo y no fumar. Quienes no tienen antecedentes ni enfermedades de base necesitan chequeos anuales para detectar posibles factores de riesgo. Quienes ya conviven con alguna de esas condiciones requieren un seguimiento regular con su médico de cabecera y cumplir con los controles y tratamientos indicados.
El estrés: no es la causa, pero empuja la descompensación
Riveros aclaró que el estrés no forma parte directa de la fisiopatología de la enfermedad. Sin embargo, puede actuar como un elemento que favorece la descompensación de quienes ya tienen condiciones de riesgo.
Las situaciones de tensión sostenida influyen en la presión arterial y en la incorporación o el mantenimiento de hábitos poco saludables. Una persona que no logra manejar el estrés suele tener más dificultades para descansar, alimentarse bien o sostener una rutina de actividad física.
"El estrés no forma parte de la fisiopatogenia de la enfermedad, pero empuja a que nos descompensemos. Cada vez está más relacionado porque, si estoy estresado y no sé manejarlo, me predispone a estar hipertenso y a no tener hábitos sanos", explicó.
Por eso, aunque no se lo considere una causa directa del ACV, atender la salud emocional y buscar herramientas para manejar la tensión también integra un enfoque de prevención completo.
Más casos en adultos jóvenes
En el servicio de Neurología del Hospital Rawson observan una mayor prevalencia de ACV en adultos jóvenes. Riveros reconoció que la situación llama la atención y preocupa dentro del ámbito médico.
"Está aumentando la prevalencia de la patología en el adulto joven. Antes no sé si se diagnosticaba tanto o no se informaba. Ahora tenemos más prevalencia y más notificación. Eso nos impacta un poco más", sostuvo.
La especialista planteó que el incremento de los casos registrados también puede vincularse con una mayor detección y notificación de la enfermedad, por lo que no necesariamente responde a un único motivo.
Conocer los síntomas para actuar rápido ante una emergencia es la clave para evitar secuelas. Los controles periódicos, el seguimiento de las enfermedades crónicas y los hábitos saludables son las herramientas fundamentales para reducir el riesgo de ACV.