El santuario que guarda los restos de Ceferino Namuncurá y atrae a miles de fieles cada año
¿Sabías que un santuario con forma de kultrún guarda los restos de Ceferino Namuncurá? A 140 años de su nacimiento, la devoción sigue creciendo.
En el corazón de la Patagonia, a 60 kilómetros de Junín de los Andes, se levanta un santuario que no pasa desapercibido: el Santuario Kultrún. Allí descansan los restos del beato Ceferino Namuncurá, el joven mapuche que soñó con ser útil a su gente y que hoy es el centro de una devoción que crece año tras año.
Esta semana, con la conmemoración de su nacimiento el 26 de agosto, San Ignacio se convierte en el epicentro del fervor religioso. A 140 años de aquel 1886, la figura de Ceferino sigue más viva que nunca en la comunidad mapuche y en los fieles que llegan desde distintos puntos del país.
Un santuario que dialoga con el paisaje
El Santuario Kultrún no es un edificio más. Su estructura circular, inspirada en el kultrún, el instrumento sagrado mapuche, se integra al valle con una armonía que sorprende. Construido en madera, chapa y vidrios de colores, alcanza los doce metros de altura y ocho metros de diámetro en su base.
En el interior, una fosa excavada en la roca custodia los restos del beato. El recorrido, que invita al recogimiento, está iluminado por ventanas de colores que llevan escrita una frase que define su vida: “Quiero ser útil a mi gente”.
Una historia marcada por la fe y la superación
Ceferino nació el 26 de agosto de 1886, hijo del cacique Manuel Namuncurá y Rosario Burgos. Nieto del legendario cacique Calfucurá, creció en una época de profundas transformaciones para los pueblos originarios de la Patagonia.
Desde pequeño, un episodio marcó su destino: cayó al río Negro y fue arrastrado por la corriente, pero sobrevivió. Su familia lo interpretó como un milagro. Bautizado a los dos años por el sacerdote salesiano Domingo Milanesio, a los once viajó a Buenos Aires para estudiar. Tras un paso fugaz por el Colegio Militar, se formó en el Colegio Salesiano Pío IX, donde hizo su primera comunión en 1898.
Su salud, sin embargo, comenzó a deteriorarse. La tuberculosis lo llevó a Viedma, donde conoció a Artémides Zatti, el enfermero salesiano que más tarde sería canonizado. Luego viajó a Europa con monseñor Juan Cagliero, fue recibido por el papa Pío IX y estudió en Frascati. Finalmente, su enfermedad avanzó y murió el 11 de mayo de 1905, con apenas 18 años, en un hospital de Roma.
El regreso a la tierra de sus ancestros
La historia de Ceferino no terminó con su muerte. Sus restos fueron repatriados en 1924 y custodiados en Fortín Mercedes, Buenos Aires. Pero en 2009, por pedido de su familia y con autorización del Vaticano, regresaron a la Patagonia. El 13 de agosto de ese año, una ceremonia religiosa acompañó su llegada a San Ignacio, donde hoy descansan junto a sus familiares.
La devoción por Ceferino se consolidó con su beatificación en noviembre de 2007, en Chimpay, Río Negro. Un proceso que había comenzado en 1945 y que lo declaró venerable en 1957.
San Ignacio, además, forma parte del Camino de la Fe neuquino, un recorrido que une Ailinco con Villa La Angostura y que invita a descubrir templos y espacios de espiritualidad. El Santuario Kultrún es uno de sus puntos más emblemáticos, no solo por su arquitectura, sino por lo que representa para la identidad mapuche y la fe cristiana.
Cada noviembre, la comunidad conmemora el aniversario del traslado de los restos y vuelve a reunirse en este espacio sagrado. A 140 años de su nacimiento, Ceferino Namuncurá sigue siendo un puente entre culturas, y su mensaje de servicio resuena en el viento patagónico, entre madera, piedra y luz.