El río Salí era un balneario cristalino: hoy encontraron bacterias fecales 2.400 veces por encima del límite

El río que tus viejos usaban de balneario hoy tiene bacterias fecales muy por encima de lo permitido. Los análisis que encargaron en Tucumán dejaron a la vista un problema que lleva décadas sin solución: qué encontraron y por qué los especialistas hablan de una deuda ambiental.

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El río Salí era un balneario cristalino: hoy encontraron bacterias fecales 2.400 veces por encima del límite
El río Salí era un balneario cristalino: hoy encontraron bacterias fecales 2.400 veces por encima del límite

Un estudio de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (Eeaoc) sobre muestras tomadas por un equipo técnico que coordina el ingeniero Mario Amado, junto al legislador José Seleme, confirmó un marcado deterioro de la calidad del agua del río Salí, con contaminación de origen fecal en niveles alarmantes.

El problema no es nuevo: los registros muestran que el río se degradó a lo largo de décadas, empujado por el avance urbano, el crecimiento industrial y un tratamiento de efluentes insuficiente. La situación preocupa por el riesgo sanitario para quienes viven cerca del cauce, ya sea por contacto directo con el agua o por el consumo de peces de sectores afectados.

Una advertencia que ya tiene 30 años

En 1996, durante el Primer Encuentro Argentino de Ecología y Medio Ambiente en Termas de Río Hondo, el ingeniero tucumano Antonio García, entonces jefe del Departamento de Control Sanitario de la antigua Dirección Provincial de Obras Sanitarias (Dipos), ya había encendido la alarma sobre el tramo que atraviesa el Área Metropolitana.

García presentó estudios de unos diez kilómetros entre los canales Norte y Sur, con mediciones de demanda bioquímica de oxígeno (DBO), oxígeno disuelto (OD) y pH. Los resultados ya mostraban un deterioro progresivo en la zona más poblada de la provincia.

Entre las fuentes contaminantes identificadas en aquel momento aparecían el canal Norte (con efluentes cloacales de asentamientos y residuos de la actividad citrícola), tres frigoríficos, los ingenios Concepción y San Juan, los canales Sur y San Cayetano, la planta depuradora de San Felipe y las descargas cloacales sin tratamiento de Banda del Río Salí.

Tres décadas después, las nuevas mediciones confirman que el problema sigue siendo de gran magnitud, con valores especialmente altos de bacterias asociadas a residuos fecales.

El río que fue balneario

El contraste con el pasado es fuerte. Fotografías del archivo de LA GACETA muestran que en los años 70 y principios de los 80 el Salí era elegido por familias tucumanas para refrescarse en verano. Sus aguas funcionaban como balneario y zona de pesca, con especies de gran tamaño que hoy desaparecieron del tramo o dejaron de registrarse con la abundancia de entonces.

Sergio Pérez, presidente de la Federación de Organizaciones Ambientales de Tucumán, lo vivió en primera persona: “Conocí el río a fines de los años 70, cuando era un balneario cristalino y pescábamos hasta dorados, y estaba lleno de vida y de biodiversidad”.

Pérez recordó que en esa época había restricciones por la contaminación de la industria azucarera durante la zafra, pero el cauce se recuperaba fuera de ese período. Para él, la degradación posterior se explica por el aumento de vertidos industriales sin controles suficientes y la expansión de los asentamientos humanos.

El ambientalista también alertó por quienes siguen pescando en sectores contaminados sin conocer los riesgos: “Es triste ver que hoy la gente sigue pescando, sin saber los riesgos que corre. Se sacan peces hasta con la mano, porque son animales que se están muriendo y apenas nadan. Los pescadores dicen que son peces con olor a gasolina”.

Sus observaciones reflejan la gravedad del deterioro denunciado por las organizaciones, aunque la aptitud sanitaria de los peces para el consumo requiere estudios específicos.

Pérez consideró que la recuperación solo será posible con un acuerdo de trabajo entre autoridades, empresas, organizaciones sociales y especialistas, más allá de las diferencias políticas.

“Hemos perdido al río”

El biólogo Martín Sirombra, de la cátedra de Ecología de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Tucumán, coincidió en que el problema excede la contaminación del agua: el deterioro también provocó pérdida de biodiversidad, degradación de los márgenes y un impacto negativo en el desarrollo urbano y turístico.

“Hemos perdido al río por la degradación ambiental”, afirmó, y recordó que San Miguel de Tucumán creció durante décadas sin integrar ese espacio natural a la planificación.

Sirombra vinculó esta situación con el proyecto legislativo “Miremos al río”, que busca recuperar la relación de la población con el principal curso de agua provincial. Señaló que hay investigaciones que documentan el deterioro de los organismos y comunidades biológicas del ecosistema fluvial.

También advirtió que la imagen ambiental de los accesos a San Miguel de Tucumán juega en contra del turismo. Mencionó en particular el ingreso desde el aeropuerto y desde la Ruta Nacional 9, donde residuos, sectores degradados y falta de mantenimiento dejan una impresión negativa en los visitantes.

Para el biólogo, la recuperación no se resuelve plantando árboles o limpiando algunos tramos. Hay que atacar las causas sociales y estructurales: asentamientos precarios, crecimiento urbano sin planificación y actividades industriales que generan residuos.

Sirombra sostuvo que la cuenca del Salí es la segunda más contaminada del país, después del Río de la Plata, aunque aclaró que se trata de una apreciación suya y no de un ranking técnico incluido en el informe.

El investigador remarcó que la contaminación empieza mucho antes de llegar al río, por lo que las soluciones deben abarcar todo el sistema de canales, arroyos y desagües que desembocan en él. Recordó además que muchos países desarrollan programas de restauración de ríos, bosques y otros ecosistemas para revertir daños ambientales y reducir sus efectos sobre la salud humana.

La basura como hábito y como problema social

Desde una mirada social, la paisajista Alba Herrera, integrante de Meta Tucumán, advirtió que la acumulación de residuos combina deficiencias de los servicios públicos con hábitos profundamente arraigados.

Herrera dirige un vivero dedicado a la reproducción y recuperación de árboles nativos de Las Yungas y, más recientemente, de especies del este tucumano cuya presencia disminuyó. Durante el último año colaboró con la Dirección de Arbolado de San Miguel de Tucumán y participó en intervenciones en barrios como Las Piedritas y La Costanera.

A partir de esa experiencia, sostuvo que la contaminación refleja una desconexión creciente entre la población y el ambiente: “¿En qué momento naturalizamos tirar basura, quemar de todo y vivir en medio de los residuos? Nos perjudicamos a nosotros mismos”.

Reconoció que hay sectores donde la falta de recolección domiciliaria obliga a los vecinos a buscar alternativas para desprenderse de los desperdicios. Pero también señaló conductas contaminantes en barrios donde el servicio municipal funciona.

Como ejemplo mencionó asentamientos sobre la avenida Francisco de Aguirre, junto al canal Norte, donde algunos residentes arrojan residuos al cauce pese al paso de los camiones recolectores. Algo similar, aseguró, ocurre en sectores de la avenida Jujuy, con terrenos baldíos usados como basurales clandestinos.

Herrera vinculó estas prácticas con las dificultades sociales que atraviesan muchas familias, para las que problemas como la inseguridad, el desempleo, las adicciones o la alimentación cotidiana desplazan las preocupaciones ambientales. No obstante, advirtió que la acumulación y quema de basura termina perjudicando directamente a quienes viven en esos mismos espacios.

La combustión de residuos contamina el aire que respiran los vecinos, y los desperdicios arrojados a la vía pública pueden terminar en los canales durante las lluvias. Para la paisajista, modificar estas conductas demandará años de trabajo y un compromiso inmediato de la población adulta, a la que considera responsable de impulsar los cambios.

Siete años sin cambios

La falta de avances sostenidos también fue señalada por Alejandro Gómez, representante de la organización civil Tucumanos en Acción. La agrupación hizo un relevamiento fotográfico y audiovisual de distintos canales del área metropolitana en 2019, cuando registró importantes acumulaciones de residuos y signos de contaminación.

En agosto de 2026, siete años después, volvieron a los mismos lugares para comparar. Según Gómez, las nuevas imágenes mostraron que la situación prácticamente no cambió: “Comprobamos que todo sigue igual”.

El referente cuestionó que las intervenciones oficiales se concentren en operativos periódicos de limpieza, como los del Plan Prelluvia, sin mecanismos permanentes que eviten la acumulación de nuevos residuos. Aunque reconoció que esas tareas permiten retirar basura y mejorar temporalmente el funcionamiento de los canales, consideró que sus resultados son insuficientes mientras sigan las descargas clandestinas.

Gómez también señaló que su organización presentó propuestas de sostenibilidad ambiental a distintas comunas, entre ellas Cebil Redondo, pero aseguró que no obtuvo respuestas.

El dirigente planteó que recuperar los cursos de agua traería beneficios más allá de lo ambiental: los ríos y canales ayudan a regular la temperatura urbana, favorecen la vegetación y pueden convertirse en espacios públicos para actividades recreativas. Además, sostuvo que los sectores próximos a cauces recuperados aumentan su atractivo residencial y su valor inmobiliario.

Como ejemplo mencionó la ciudad de Córdoba, donde algunos canales y espacios vinculados con La Cañada fueron incorporados al paisaje urbano con arbolado y áreas peatonales. En contraste, describió que muchos canales tucumanos presentan márgenes deforestadas, acumulación de desperdicios y condiciones de inseguridad que desalientan el uso de los espacios públicos y perjudican a los barrios cercanos.

“Le damos la espalda al río, cuando todas las grandes ciudades crecen alrededor de los ríos”, manifestó. Para Gómez, la recuperación del Salí y de los canales metropolitanos requiere una estrategia conjunta entre gobiernos, empresas, organizaciones civiles y vecinos.

Una deuda ambiental que sigue pendiente

Los especialistas coincidieron en que el deterioro del principal río tucumano no tiene una única causa ni se resuelve con intervenciones aisladas. Las descargas industriales, los efluentes cloacales sin tratamiento adecuado, la expansión urbana desordenada, la acumulación de basura y la pérdida de vegetación conforman un conjunto de problemas que afectan tanto la calidad del agua como las condiciones sanitarias de las poblaciones cercanas.

Los resultados de los análisis realizados en 2026, con concentraciones de coliformes fecales hasta 2.400 veces superiores a los límites permitidos en el sector del puente Barros, son una nueva señal de advertencia sobre la necesidad de adoptar medidas de saneamiento.

A tres décadas de las primeras alertas técnicas documentadas y después de siete años sin mejoras significativas en los sectores relevados por organizaciones civiles, la recuperación del río Salí sigue siendo una deuda ambiental de Tucumán.

Para los especialistas consultados, revertir ese proceso exigirá controles efectivos sobre los vertidos, tratamiento de efluentes, políticas sostenidas de gestión de residuos, restauración de los ecosistemas y una planificación urbana que vuelva a integrar el río a la vida de la provincia.

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