El psicólogo que analizó los suicidios en Chubut y encontró dos marcas que dejaron la pandemia y YPF
Un psicólogo de Chubut analizó las cifras de suicidios y encontró dos marcas profundas: la pandemia en los jóvenes y el retiro de YPF en los adultos. Pero su advertencia va más allá de los números...
Los números oficiales son alarmantes: 5.209 suicidios en el país durante 2025, un 23% más que el año anterior. En Chubut, hasta junio de este año ya se registraron 34 casos, una proyección que superaría los 63 de 2025 y los 62 de 2024. Pero para el licenciado en Psicología Sebastián Núñez, detrás de cada cifra hay una historia de sufrimiento que no se explica con una sola causa.
En diálogo con Actualidad 2.0, el especialista propuso mirar los indicadores de salud mental de la provincia a partir de dos transformaciones sociales que marcaron un antes y un después: la pandemia, sobre todo entre los jóvenes, y el retiro de YPF, con su impacto en los adultos y en la dinámica de Comodoro Rivadavia.
La salida de YPF: una burbuja que explotó
Para Núñez, el retiro de la petrolera no fue solo un proceso empresarial. En Comodoro, sostuvo, afectó la manera de organizar la vida, las expectativas y hasta la identidad de mucha gente. “Ha dejado muchas marcas amargas: de mudanza, de retiro, de jubilaciones forzadas, de gente que ha quedado en un limbo”, describió.
El efecto se sintió en toda la cadena productiva. Quienes habían construido su vida alrededor de la empresa pasaron a sentirse “un número más”. Y muchos trabajadores de mediana edad pensaron que una indemnización o una jubilación les permitiría empezar un emprendimiento. Cuando esas expectativas no se cumplieron, llegaron el endeudamiento y la pérdida de referencias sobre el futuro. “Uno no ve futuro, no ve salida”, resumió.
Núñez también marcó una dimensión cultural: en una sociedad petrolera se instaló la idea de que, aun en crisis, siempre se podía “conseguir trabajo y volver a empezar”. Esa certeza se perdió, y el malestar no quedó encerrado en los adultos: puede trasladarse a la familia y afectar a chicos y adolescentes a través de la violencia o el consumo.
Adolescentes: pantallas y soledad
La segunda transformación que señaló el psicólogo tiene que ver con la pandemia y su impacto en los más jóvenes. “El trabajo de un adolescente es dejar de ser un niño y ubicarse en un lugar como adulto en la sociedad”, planteó. En ese proceso, las pantallas y las redes ganaron un peso enorme, pero no ofrecen el mismo tipo de inserción que los espacios tradicionales. “Pueden convivir, pueden interactuar, pero no con un rol social”, explicó.
También advirtió sobre la fantasía de convertirse en streamer o productor de contenidos como salida laboral, que choca con las exigencias de la vida adulta. Y criticó que los adultos queden afuera de esos nuevos espacios y depositen en la escuela o los clubes una responsabilidad preventiva que los excede. “Poner esa carga y esa responsabilidad de que son ellos los que tienen que intervenir ahí es tener una mirada muy sesgada y no entender el problema general”, sostuvo.
Autolesiones: una señal que no siempre es intento de suicidio
Otro tema de la entrevista fueron las autolesiones en edades cada vez más tempranas. Núñez fue contundente: no implican necesariamente intención suicida, sino que pueden ser una forma perjudicial de tramitar un dolor que no se logra expresar de otra manera. Aun así, requieren intervención.
Detrás de este fenómeno, el especialista ve el debilitamiento de los lazos sociales. “Las formas en cómo yo me relaciono con otro, qué era lo que formaba la sociedad y a la vez me formaba a mí, está muy débil”, afirmó. Hoy predominan identificaciones frágiles, ligadas al consumo y a las redes, y una reivindicación del individualismo: “Cada uno puede hacer las cosas solo, cada uno debería resolver las cosas solo”. Esa soledad, dijo, muchas veces lleva a los adolescentes a buscar ese tipo de tramitación del malestar.
La advertencia final de Núñez apunta a ampliar la mirada: no reducir el sufrimiento a una cifra ni cargar sobre una sola institución la responsabilidad de prevenirlo. En adultos, las transformaciones económicas y laborales modifican proyectos de vida; en niños y adolescentes, la pandemia y las nuevas formas de socialización plantean otros desafíos. En ambos casos, el punto de partida es el mismo: entender que quien atraviesa una crisis no es alguien que quiere morir, sino alguien que no ve una salida.