El precio del pimiento rojo se disparó en Mendoza y los productores ya saben por qué
El pimiento rojo pasó de $35.000 a $115.000 en una semana y los zapallitos casi se quintuplicaron en diez días. Qué hay detrás de esos saltos que ya golpean el bolsillo en Mendoza.
El Súper Niño amenaza con meterle más presión a los precios de los alimentos en Mendoza, donde productores y consumidores ya vienen golpeados por la inflación. Las lluvias intensas podrían complicar las cosechas del cinturón verde, reducir la oferta de verduras y trasladar ese faltante a las ferias, los mercados mayoristas y los supermercados.
El presidente de la Unión Frutihortícola Argentina, Omar Carrasco, fue claro: “Todo dependerá cómo se manifieste el Súper Niño y las consecuencias de estos eventos van a marcar la tendencia de oferta y demanda”.
Lo que ya se ve en los precios mayoristas
No hace falta esperar a que el fenómeno se desate del todo para ver movimientos que encienden alarmas. Según los valores mayoristas que mencionó Carrasco, la caja de pimiento rojo pasó de entre $30.000 y $35.000 a $115.000 en apenas una semana. Los zapallitos, por su parte, saltaron de unos $10.000 a un rango de entre $45.000 y $55.000 en aproximadamente diez días.
El propio Carrasco aclaró que estas subas no deben atribuirse automáticamente al Súper Niño: el fenómeno todavía está en etapa de seguimiento y sus efectos concretos sobre cada cultivo dependerán de las condiciones climáticas y productivas. Aun así, los saltos registrados muestran hasta qué punto una interrupción de la cosecha y del abastecimiento puede repercutir en el mercado.
Mendoza, en el ojo de la tormenta
La provincia tiene un peso específico en este escenario. Su cinturón verde es uno de los principales del país y abastece de productos frescos a distintos puntos de comercialización. Por eso, una afectación significativa de las cosechas locales podría trasladarse rápidamente a la oferta disponible.
Al mismo tiempo, buena parte de los alimentos que se venden en Mendoza llega desde otras regiones. Las carnes, los huevos, el pollo y numerosos productos industrializados dependen de cadenas de producción y transporte que también podrían resentirse por inundaciones, cortes de rutas o dificultades logísticas.
El riesgo es una combinación complicada: menos producción, mayores costos y consumidores con menor capacidad de compra. Un aumento del precio final no garantiza una mejora para el agricultor, que puede vender menos, perder parte de su cosecha y seguir afrontando gastos elevados.
Carrasco también advirtió sobre el deterioro anímico de los productores, que atraviesan un escenario de baja rentabilidad y consumo debilitado. En esas condiciones, una contingencia climática puede profundizar problemas que ya existían antes de las lluvias.
Qué se puede hacer para frenar los aumentos
La respuesta no debería limitarse a esperar que pase el fenómeno ni a intervenir cuando las subas ya llegaron a las góndolas. Aunque no es posible evitar las consecuencias de un evento climático extremo, sí se pueden reducir sus efectos sobre el abastecimiento y los precios.
Prevención y logística. La limpieza de canales y desagües, el mantenimiento de caminos rurales y la identificación de rutas alternativas pueden ayudar a disminuir pérdidas y demoras. También es importante coordinar con anticipación el transporte de mercadería desde las zonas que mantengan su capacidad de cosecha.
Monitoreo diario de oferta y precios mayoristas. Contar con información actualizada sobre cosechas, existencias, pérdidas y costos de traslado permitiría detectar faltantes antes de que se generalicen. Esa información también ayudaría a distinguir los aumentos justificados por una menor disponibilidad de los incrementos que no respondan a cambios comprobables en el mercado.
Protección de la capacidad productiva. El acceso a financiamiento, seguros agrícolas, asistencia técnica y herramientas para recuperar cultivos dañados puede evitar que las pérdidas temporales se conviertan en una caída prolongada de la producción. El apoyo debe contemplar especialmente a los pequeños y medianos productores, que tienen menos margen para absorber una contingencia.
Abastecimiento y venta directa. Los mercados concentradores, las ferias y los circuitos cortos entre productores y consumidores pueden contribuir a reducir costos de intermediación. No garantizan precios más bajos por sí solos, pero ofrecen alternativas cuando los canales habituales se encarecen o presentan dificultades.
Por último, cualquier medida destinada a aliviar el precio de los alimentos debe evitar que todo el costo vuelva a recaer sobre el agricultor. Si el productor vende por debajo de sus costos, la consecuencia puede ser una menor inversión y, más adelante, una oferta todavía más reducida.
La advertencia de Carrasco apunta precisamente a esa incertidumbre: el impacto final dependerá de cómo se manifiesten las lluvias y de cuánto afecten la cosecha y la distribución. Por ahora, anticipar aumentos generalizados sería prematuro. Pero esperar sin preparación también sería un error.
El desafío será proteger simultáneamente la producción y el poder de compra de las familias. Si el Súper Niño compromete las cosechas, la prevención, la información y una respuesta coordinada pueden marcar la diferencia entre una dificultad climática transitoria y una nueva presión sostenida sobre el precio de los alimentos.