El pibe que debutó como DJ a los 12 años y hoy es el socio número uno de un sueño en La Pampa
¿Cómo pasó de manejar discos de vinilo a los 12 años en el boliche de su padre a convertirse en el socio número uno del teatro pampeano? La historia de Javier Bassa esconde más de un capítulo inesperado.
Javier Bassa tiene 67 años, fue el primer nadador pampeano en un campeonato nacional y hoy es uno de los grandes impulsores del teatro independiente en la provincia. Pero su historia arranca mucho antes, en una casa de la calle Gil al 166 donde las puertas siempre estaban abiertas.
Quienes lo conocen de cerca lo describen como alguien de convicciones firmes que nunca se queda quieto. Y no exageran: fue nadador, basquetbolista, futbolista, boxeador, pelotista y hasta se animó al karting siguiendo a uno de sus hijos.
De la pileta de All Boys al Nacional
Su vínculo con el deporte empezó temprano. Promediando séptimo grado, el recordado "Píldoro" Gazzia vio condiciones en él y se lo llevó un mes entero a Buenos Aires para entrenar de cara al Campeonato Argentino de Natación.
Se alojaba en una pensión de estudiantes junto a su formador y practicaba en los andariveles de Independiente y después en el Ateneo. El profesor que lo pulió técnicamente había entrenado nada menos que a Luis Alberto Nicolao, el máximo referente de la natación argentina.
Tenía apenas 12 años y compitió en una exigente categoría sub-14. Terminó en el puesto 14 entre casi un centenar de nadadores: un acontecimiento para un pibe formado en los torneos locales de las piletas de All Boys, El Prado y Estudiantes.
En el club auriazul le quedó el apodo que lo acompaña hasta hoy: "Pipío", porque dicen que salía del agua como un pollito mojado.
El DJ más joven del mundo
De los años dorados de Kascote, el boliche que su padre Clide manejaba y que marcó una época en la noche santarroseña, atesora una anécdota que lo tuvo como protagonista inesperado.
Tenía 12 o 13 años cuando un sábado a la mañana el "Tero" García, el DJ oficial del local, le avisó a Clide que se iba de mochilero a Bariloche. Sin su hombre de la música para la noche más fuerte de la semana, el hombre se desesperó y miró a su hijo: ¿se animaba?
Javier dijo que sí sin dudar. Su padre salió a hacer una publicidad de urgencia por radio anunciando que "el DJ más joven del mundo" pasaría música ese sábado. El boliche se llenó y dejó gente afuera. Desde la cabina vidriada, rodeado de curiosos, el pibe manejaba los discos de vinilo ante la mirada asombrada de todos.
Un estudiante que fue y vino
Su recorrido escolar refleja ese mismo espíritu inquieto. Pasó por el jardín de las monjas, hizo primero a tercer grado en el Santa Rosa College, cuarto y quinto en el colegio de los curas y cerró la primaria entre sexto y séptimo en la Escuela Normal.
La secundaria la empezó en el Colegio Industrial, justo el año histórico en que se incorporaron mujeres a la matrícula, aunque las distracciones juveniles le hicieron perder el curso en las vacaciones de invierno. Siguió en el Nacional y más tarde, en Buenos Aires, fue pupilo en el Juan XXIII y en el Nacional de Buenos Aires. Terminó el ciclo en el bachillerato nocturno Simón de Iriondo de Santa Fe, ya alternando los libros con el trabajo.
La colimba, el boxeo y una promesa
Cuando llegó la edad del servicio militar, lo convocaron en un momento de máxima tensión internacional por el conflicto del Canal del Beagle con Chile. La emergencia estiró su permanencia bajo bandera durante 18 meses.
Fiel a su costumbre de buscarle la vuelta a la adversidad, en el cuartel se anotó en boxeo. "Fue muy gracioso", recuerda, "porque cuando practicábamos en los entrenamientos gané todas las peleas, pero cuando subí al ring de verdad, perdí las dos oficiales... la última por nocaut. ¡Hubo que retirarse…! Hay que contar las perdidas también".
La abogacía estuvo en sus planes desde chico, cuando miraba con admiración a Ramón Turnes. Ingresó a la Universidad Nacional del Litoral en Santa Fe tras superar un examen restrictivo: entraban 300 alumnos sobre 4.000 inscriptos.
Allí, además de estudiar, se dio el gusto de jugar al fútbol. Su amigo Gustavo Gallego lo define con sorna como "entusiasta futbolista", pero lo cierto es que se transformó en un número 9 goleador e integró la Selección de la universidad. "¡Y fuimos campeones!", recuerda. Había prometido que si ganaban dejaría su camiseta en el santuario de la Difunta Correa en San Juan. Y lo cumplió.
Las zapaterías y el reto de una hija
La vida familiar lo llamó temprano. Se casó a los 23 años y llegaron Luisina y Antonela, sus hijas mayores. Para mantener el hogar consiguió trabajo en edificio para la Junta Electoral y la oposición le apunta a las inundaciones">la Junta Electoral y después abrió en Santa Fe "Javier Bassa Calzados", siguiendo la tradición zapatera familiar. Le fue tan bien que llegó a administrar dos locales.
Pero la carrera inconclusa le seguía picando. Se quejaba cada tanto de no haber terminado la facultad hasta que un día Luisina lo arrinconó: "Dejá de quejarte de una vez por todas y volvé a estudiar".
El reto fue el envión definitivo. Vendió sus dos zapaterías en pleno funcionamiento, se encerró a estudiar con la disciplina de los viejos nadadores, se recibió de abogado y volvió a La Pampa.
El teatro, la gran pasión de la madurez
Su llegada a las tablas tiene una historia curiosa. En Santa Fe, los grupos de padres de primaria de sus hijas eran muy creativos. El padre de una compañera de Antonela, un gran titiritero de apellido Venturini, le insistía con que estudiara teatro.
Cuando volvió a La Pampa, Antonela le contó que Venturini había fallecido en un accidente. "Me apenó mucho, y la verdad que lo que me había dicho siempre me había quedado rondando", cuenta.
Un día, pasando por donde Pedro Di Nardo enseñaba teatro, se le dio por preguntar. Y ahí empezó. Se entusiasmó y nunca más dejó.
Quienes compartieron las tablas con él lo elogian sin vueltas. "Es buen actor... le creés cuando lo ves en escena. Y como director también se destaca", dice uno de los teatreros más veteranos de Santa Rosa, que prefirió no ser nombrado.
El ATTP y el Grupo Arlequín
La actividad teatral lo atrapó y su espíritu creativo encontró un nuevo cause: darle forma a la Asociación Trabajadores del Teatro Pampeano (ATTP).
"Veía que algunos grupos no tenían relación entre ellos, y se me ocurrió que había que juntarlos. A la primera reunión en el CMC fueron unas veinte personas y decidimos arrancar; así que armé los papeles para la personería jurídica y hoy soy el socio número uno", relata.
Pely Malgá fue electo presidente. Más tarde a Javier le tocó asumir la presidencia, aunque reconoce que "fue en época de pandemia... yo viviendo en General Acha y la verdad no pude hacer mucho".
Con el Grupo Arlequín participó de cuatro encuentros provinciales. Con "Un amor en Chajarí", dirigida por Norberto Tojo, se llevó el premio a mejor actor. Y el grupo de General Acha está celebrando sus 20 años.
También tomó parte del festival Psigomáticos del Humor en Santa Rosa, donde escribió a pedido de Omar Lopardo un monólogo que fue muy bien recibido. Junto al mismo Omar y a Amparo Fernández hizo "Cangrejal": "Ganamos y fuimos a representar la provincia en un festival de Neuquén", precisa.
"Es un excelente compañero, apasionado del teatro, generoso y solidario. Es muy buen actor", lo define Amparo. "En estos tiempos tan hostiles hacen falta más Javier Bassa, que construyan en su territorio... él lo hace ahora en General Acha articulando un armazón de solidaridad, teatro, amor y militancia".
La familia y los afectos
Javier considera a General Acha su lugar en el mundo, el sitio de paz ideal para su gran familia ensamblada. De su primer matrimonio, cuando vivía en Santa Fe, nacieron Luisina y Antonela. Más tarde, de su unión con Verónica Tosseli, llegaron Santino, Octavio y Catalina.
Los nietos completan el cuadro: Ema (16) y Oliver (1), hijos de Antonela; y Luca y Tony, los mellizos de 4 años de Luisina. También tiene una hija más, Paloma, con quien tiene poco contacto porque vive en Europa.
Sobre cómo conoció a Verónica, recuerda: "Ella cayó una noche con una amiga al Café de Sonia... me pareció que me miraba y entonces me acerqué y la invité con una cerveza. Al tiempo nos pusimos de novios y nos casamos". Ella es abogada y hoy es la titular por concurso del Registro Automotor de General Acha, donde también trabaja Javier. "Nos cruzamos por primera vez hace 26 años y aquí estamos... felices".
La política y los sueños pendientes
Declarado peronista, fue secretario de Gobierno de General Acha durante la intendencia de Omar Avila. Incluso en algún momento se le cruzó la idea de competir por el municipio.
Su entusiasmo no decae. Entre sus proyectos ronda un sueño: "Quiero hacer un teatro tipo ATTP en Acha... ¡o mejor! Un cine teatro". Y va por más: "Me encanta cocinar, y cuando esto mejore me gustaría poner un restaurante".
Consultado sobre la provincia, no duda: "Ziliotto para mí está haciendo una muy buena gestión. La verdad es que a General Acha le ha dado mucho. Y no importa que el intendente (Abel Sabarots) es radical... el peronismo se caracteriza por no diferenciar cuando alguien es de otro partido".
La amistad como ley primera
Bassa supo cosechar amigos en Santa Rosa y en General Acha, de la primera juventud y de hoy. "Me voy a olvidar de alguno pero bueno... Poné al Gustavo Gallego, Pata Barreix, Rubén Wals y su esposa Claudia con el que somos familia... y además Conejo Maceira, Adriana Dossio, Lolo Capello, Graciela Ligaluppi... ¡Son un montón! A todos los recuerdo con cariño, con alegría".
Con Pata Barreix se hacían "la rata" en la primaria. "Salíamos a caminar por todo Santa Rosa y como no teníamos un lugar donde estar nos descubrían fácil... éramos dos chicos caminando por toda la ciudad con guardapolvo y portafolios", se ríe.
Y recuerda cuando operaron a su amigo en el Sanatorio Santa Rosa: "Yo era alumno del Don Bosco, así que pasaba a la mañana por el sanatorio y me quedaba con él. Al tercer día que no fui al colegio mis padres preguntaron por qué... Me retaron bastante pero zafé porque en mi defensa les dije que tenía que cuidar a mi amigo".
La amistad, para Javier, es sagrada. Y así lo confirman quienes lo conocen: un tipo auténtico, divertido, entrañable, que se mueve al ritmo de sus propios impulsos y no parece importarle demasiado la rigidez de lo convencional. Un "loco lindo", de esos que van por ahí soñando.