El peligro de dejar que la IA piense por nosotros en las aulas
¿La IA está reemplazando al sujeto que piensa? Un especialista advierte que el verdadero desafío educativo no es tecnológico sino cultural: preservar el deseo de saber.
La inteligencia artificial ya está en las aulas, pero el verdadero riesgo no es su uso, sino que ocupe el lugar del sujeto que piensa, siente y duda. Así lo plantea el psicólogo Jorge Prado, quien advierte que el desafío no es tecnológico, sino cultural: preservar el deseo de saber frente a un conocimiento que se vuelve eficiente pero vacío.
¿Herramienta o sustituto?
Desde una definición técnica, la IA es un sistema que procesa información, reconoce patrones y genera respuestas. Pero, según Prado, esa definición no alcanza para entender el problema educativo de fondo. La pregunta no es qué puede hacer la máquina, sino qué ocurre con los estudiantes cuando ella interviene en la construcción del conocimiento.
En la tríada pedagógica clásica —docente, alumno, objeto de conocimiento—, la IA puede ser una herramienta cultural poderosa. Pero una herramienta deja de serlo cuando empieza a ocupar el lugar del sujeto. Allí, la escuela corre el riesgo de dejar de preguntarse qué vale la pena conocer para preguntarse solo qué resulta útil.
Lo que la máquina no puede sentir
El filósofo Byung-Chul Han sostiene que la IA carece de afección, esa dimensión sensible que inaugura el pensamiento. “La IA no puede pensar porque no puede sentir piel de gallina”, afirma. Pensar no es solo procesar información: es sorprenderse, angustiarse, conmoverse, equivocarse y volver a empezar. La IA responde; el sujeto, en cambio, pregunta.
El psicoanálisis agrega que el saber nunca es completo. El sujeto se constituye en relación con lo que desconoce. La IA, en cambio, se presenta como un saber sin fisuras, ordenado y disponible. Y donde todo parece respondido, no queda espacio para el deseo de saber.
Incluir sin perder la asimetría
Humanizar las prácticas educativas no implica rechazar la IA, sino incluirla de manera contextualizada. Convertirla en una herramienta al servicio de la pregunta, el debate y la reflexión crítica. El riesgo está en su uso desvinculado del encuentro con otros, que mercantiliza el saber y lo reduce a su utilidad inmediata.
La escuela es más que un espacio de transmisión de conocimientos: es un dispositivo de alojamiento social. Para sostener esa función, los adultos deben mantener su posición asimétrica como responsables de la transmisión cultural. El desafío no es competir con la IA ni prohibirla, sino hacerla dialogar con textos, experiencias y saberes diversos, confrontar sus respuestas con otros marcos teóricos y contextualizarla en la historia y cultura de cada comunidad.
Lo que está en juego no es qué pueden hacer las máquinas, sino qué lugar queremos reservar para aquello que ninguna puede hacer por nosotros: dudar, desear, equivocarse, narrar, crear y construir junto a otros una experiencia común del mundo.