El pabellón VIP donde Soldán durmió dos meses: el reo que se fugó dos veces y una película

¿Qué encontraron los presos en el túnel que cavaron durante un mes para fugarse de Devoto? El hallazgo los obligó a un ritual improvisado antes de tocar la calle.

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El pabellón VIP donde Soldán durmió dos meses: el reo que se fugó dos veces y una película
El pabellón VIP donde Soldán durmió dos meses: el reo que se fugó dos veces y una película

La cárcel de Villa Devoto, Unidad Penal n° 2 entre Bermúdez, Nogoyá, Desaguadero y Pedro Lozano, abrió sus puertas el 2 de mayo de 1927. Desde entonces funcionó como una postal de la historia argentina: por sus pabellones desfilaron empresarios, jueces, futbolistas, dirigentes y delincuentes de renombre. Algunos salieron sin condena. Otros se escaparon. Uno lo hizo dos veces.

El día que la policía interrumpió la entrevista

“Disculpá, tengo que cortar porque me vino a buscar la policía”, alcanzó a decir Silvio Soldán la noche del 2 de abril de 2004, cuando un patrullero se detuvo frente a su casa de la calle Céspedes, en Belgrano. Su abogado, Miguel Ángel Pierri, ya le había advertido que podía ocurrir algo así. Poco antes había hablado con Mauro Viale en Diario de la tarde, por América, y también tuvo que cortar. “Todo esto lo inició hace mucho tiempo la señora Silvia Süller”, fue su despedida mientras sonaba el timbre.

Los agentes lo sacaron esposado ante decenas de vecinos. Estaba acusado por “estafas reiteradas y tráfico de medicamentos”. Le envolvieron las manos con una campera de jean para disimular los grilletes. Pasó por la comisaría 33, se descompuso y lo trasladaron al Hospital Pirovano; después, a una clínica de la calle Saavedra al 1100, en San Cristóbal, donde lo estabilizaron.

El juez Mariano Bergés investigaba si el animador tenía vínculo con el CIDENE –Centro Integral de Estética, Nutrición y Salud–, que dirigía su novia de entonces, Mónica María Cristina Rímolo, más conocida como “Giselle”. Ella también terminó presa, pero en Ezeiza, y se presentaba ante sus “pacientes” con un guardapolvo blanco bordado con la inscripción “DRA. RÍMOLO”. Allí, además de defraudaciones y estafas, se investigaba la muerte de Lilian Díaz, una mujer que se atendía con ella.

Un short de Boca y una radio con auriculares

Soldán terminó en Devoto. Mientras lo trasladaban, admitió que lloró. Tras la revisación médica de rigor, fue al pabellón 50, “para mayores de 60 años” –había cumplido 69 el 26 de marzo–, junto a otros 29 internos. El lugar medía unos cuarenta metros de largo por quince de ancho: mesas para las visitas en el centro y quince camas por lateral, en hilera, separadas por un metro y medio.

Un preso le indicó su cama y le dio un short de Boca y un banderín del club. Sobre una mesita improvisada tenía cepillo de dientes, dentífrico Close Up, una brocha, una botella de Cimes lima limón, champú Wellapon, una radio con auriculares, un cuaderno Gloria y dos estampitas: la Virgen Desatanudos y Jesús.

Estuvo dos meses allí, escuchando los gritos y amenazas que llegaban desde “La Villa”, el sector más pesado. Pierri logró sacarlo libre de culpa y cargo. Soldán fue la excepción entre los detenidos famosos que pasaron por Devoto: se retiró indemne y sin condena.

Ciudadanos no tan ilustres

Por esos calabozos pasaron nombres que ya eran conocidos por su vida pública o por la trascendencia de sus causas. Arquímedes Puccio y su hijo Alejandro, alias El Zorri, cayeron por liderar el “Clan Puccio”, la organización familiar que secuestró y asesinó a empresarios en su propia casa de San Isidro durante los años 80.

En esa misma década estuvieron los hermanos Sergio y Pablo Schoklender, condenados a perpetua por el crimen de sus padres, Mauricio Schoklender y Cristina Silva, en mayo de 1981 en un departamento de Palermo. También Daniel “Tractorcito” Cabrera, con una extensa lista de delitos: robos a bancos y blindados, piratería del asfalto y fugas planificadas al detalle.

Ya en los 90, el “Sector Vip” albergó al ex futbolista y técnico Héctor Rodolfo Veira, condenado por abuso sexual (tentativa de violación y corrupción de menores) contra un chico de 13 años, Sebastián Candelmo. El Bambino compartió pabellón con el dirigente peronista y gremialista de la UOM Norberto Beto Imbelloni, detenido por el homicidio de Raúl Cuervo. También con Mario Caserta (ex funcionario menemista, en el marco del Yomagate), el empresario José Pirillo (procesado por administración fraudulenta y estafa) y el ex juez Remigio González Moreno.

Por “el sector más cuidado de Devoto” pasaron Juan Carlos Delconte, ex administrador nacional de Aduanas durante el gobierno de Raúl Alfonsín, preso por contrabando agravado; y José “Cacho” Steinberg, representante de futbolistas, implicado en la causa de los “autos truchos” importados para personas con discapacidad y luego vendidos a figuras de la farándula y el poder.

Del Robo del Siglo a la fuga con sábanas

Dos integrantes de la banda que asaltó el Banco Río de Acassuso el 13 de enero de 2006 y escapó por los desagües en un gomón con millones de dólares y joyas habían pasado antes por Devoto. Uno fue el uruguayo Mario Vitette Sellanes, que conoció allí a delincuentes más pesados que él, como los narcos de la Operación Langostino y el jefe de la mafia siciliana Gaetano Fidanzatti.

Su socio Rubén Beto de la Torre estuvo en Devoto en 1977 por el encubrimiento del robo de un auto. Denunció que lo torturaron durante la dictadura para que se hiciera cargo de delitos que, según él, jamás había cometido.

En ese período la cárcel funcionó además como centro clandestino de detención, en condiciones deplorables. El 14 de marzo de 1978 se produjo la Masacre del Pabellón Séptimo, con más de sesenta presos muertos. El Indio Solari le dedicó un tema, Masacre del Pabellón Séptimo (Relato de Horacio), que arranca: “Me asfixio! Dios! pienso en mi cara... Se está quemando, ahora, mi cara”.

La prisión volvió a ser noticia con el Devotazo, la movilización que exigió la liberación de los presos políticos de la autodenominada Revolución Argentina. Ocurrió el 25 de mayo de 1973, apenas asumió Héctor Cámpora, que concedió el beneficio en un proceso que terminó con un indulto y la Ley de Amnistía.

El Gordo, La Garza y el túnel de los huesos

Beto de la Torre también integró la mítica Superbanda que asaltaba bancos y camiones blindados, liderada por Luis El Gordo Valor y Hugo La Garza Sosa. Fueron los únicos mafiosos de renombre que lograron fugarse de Devoto. Una vez lo hicieron juntos, con otros tres: Emilio Nielsen, Dante Paulillo y Julio Pacheco.

Fue el 16 de setiembre de 1994 y un vecino alcanzó a filmarlos. Según contó La Garza –apodo que le puso la policía, por eso prefería El Flaco o Cacho– en su lavadero de autos de Quilmes, en 2011, él invitó a El Gordo a huir. Se vistieron de médicos con delantales blancos y empezaron a “caminar” el penal. El personal penitenciario los saludaba creyendo que eran profesionales de la salud. Después se deslizaron por los muros con sábanas anudadas. Según su relato, llevaban armas de madera y “su gente” los esperaba en la calle con un auto. Cuatro meses más tarde la policía lo volvió a detener por otro asalto a un camión blindado.

Valor, consultado en su casa de Villa Rosa, en Pilar, dio otra versión: la complicidad se había roto y se juraron venganza. Dijo que sí tomaron el hospital y bajaron con sábanas desde el séptimo piso, pero sostuvo que él portaba una metralleta Halcón y los otros cuatro pistolas 9 milímetros. Y deslizó que La Garza, al pisar la calle, se subió al auto y se fue sin esperar al resto, que pudo “interceptar” un remise y escapó “a todo pique”. El Gordo cayó el 18 de mayo de 1995 en una tapera de General Rodríguez.

La Garza se jactaba de haber escapado dos veces de Devoto, algo que nadie logró. Esa primera huida, tres años antes, inspiró la película El túnel de los huesos, estrenada en 2011, con Raúl Taibo, Daniel Valenzuela, Luciano Cazaux, Jorge Sesán, Paco Redondo, Germán De Silva, Martin Scarfi y Daniel Polo, dirigida por Nacho Garassino y basada en la investigación del periodista y escritor Ricardo Ragendorfer.

La fuga la concretaron siete presos a la medianoche del 30 de noviembre de 1991. Tardaron un mes en cavar un foso reducido que los llevó al otro lado de la vereda. Robaron anfetaminas del hospital de la prisión para mantenerse despiertos y trabajar día y noche, y llevaron tubos de oxígeno al túnel para respirar cuando faltaba el aire.

Cuando estaban a punto de lograrlo, encontraron huesos humanos: vértebras, peronés, tibias. No se detuvieron. Hicieron un breve rito para pedir permiso a los fallecidos, les ofrendaron comida y cigarros, y se prometieron hacer trascender el hallazgo. Ya a salvo, se contactaron con Ragendorfer para que registrara la historia.

Sosa reflexionaba años después, entre sonrisas, sobre por qué la policía siempre terminaba atrapándolos: “Sencillo, maestro, ellos están alertas, se pasan la posta y hacen guardia las 24 horas. Yo, mientras tanto, dormía cinco o seis horas, no más, pero mientras lo hacía descansaba y no pensaba. Con ese momento que me tomaba y disfrutaba, estaba dando ventajas. Y pagaba la ventaja con encierro. Así de simple y de terrible”.

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