El niño que desarmaba válvulas en Entre Ríos y terminó fundando la televisión argentina

¿Qué tuvo que pasar para que un chico obsesionado con las válvulas terminara fundando la televisión argentina? La historia detrás del pionero que cambió los medios para siempre.

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El niño que desarmaba válvulas en Entre Ríos y terminó fundando la televisión argentina
El niño que desarmaba válvulas en Entre Ríos y terminó fundando la televisión argentina

Un 17 de octubre de 1951, hace 75 años, LR3 TV Canal 7 salía al aire por primera vez con la cobertura de un acto en Plaza de Mayo y un discurso de Eva Perón. Detrás de esa señal pionera estaba Jaime Yankelevich, un empresario que convirtió su pasión infantil por los aparatos en el medio que transformó la comunicación de masas.

De Sofía a Entre Ríos: el juego que se volvió vocación

Jaime Yankelevich nació en Sofía, Bulgaria, en el seno de una familia judía. La última década del siglo XIX y las penurias económicas empujaron a sus padres a emigrar. El pequeño tenía tres años cuando los suyos se instalaron en Entre Ríos, como tantas familias que escapaban de la pobreza y los pogromos.

Allí, entre las cuchillas que abrazan los ríos Paraná y Uruguay, se crio un niño distinto. Su juego preferido no era el fútbol: era armar y desarmar válvulas y todo tipo de aparatos domésticos. Le fascinaba descubrir la intimidad de los artefactos.

A los 15 años, un nuevo viaje lo llevó a Buenos Aires. En la gran ciudad descubrió el cine, una seducción que se potenció cuando lo contrataron como ayudante en El Moderno, una sala de la avenida Boedo conocida popularmente como “la piojera”.

En paralelo, fundó junto a su hermano una tienda de electricidad, la forma de monetizar aquel juego de la infancia. Con el tiempo se independizó y lanzó su propio local: nacía Casa Yankelevich, un comercio que le daría grandes dividendos cuando explotó la radiodifusión.

El olfato para los negocios y la radio

En 1920, la radio sacudió al país. Casa Yankelevich comenzó a vender repuestos y cables, y luego toda la infraestructura necesaria para los radioaficionados. El negocio se convirtió en el más importante del rubro y le dio a su dueño su primera fortuna.

Su olfato lo llevó a un paso más audaz: como la radio era un lujo que pocos podían pagar, colocó parlantes en la puerta de su negocio para que los transeúntes escucharan las transmisiones en la vereda. El éxito fue rotundo y agolpó multitudes que, de paso, compraban algo.

En 1924 adquirió Radio Nacional y la transformó en la exitosa LR3 Radio Belgrano. Allí cambió el estilo radiofónico: empezó a pagarles a los artistas (antes participaban ad honorem) y sumó ciclos de entretenimiento, musicales y ficción. Luego adquirió las emisoras Porteña, Cultura, Mitre y filiales en Mendoza, Rosario, Córdoba y Bahía Blanca, formando la primera “Cadena Argentina de Broadcasting”.

La relación con Eva Perón y el empujón para la TV

Jaime Yankelevich y Eva Perón compartían el conocimiento del mundo del espectáculo. El empresario solía conversar con la primera dama sobre la posibilidad de fundar la televisión en Argentina. Eva Duarte había sido actriz y había formado parte del staff de Radio Belgrano durante la gestión de Yankelevich.

A fines de los cuarenta, Juan Domingo Perón no veía con buenos ojos la televisión: la consideraba una “invasión foránea”. Fue su esposa quien allanó el camino. La relación entre Perón y Yankelevich había tenido altibajos, con un pico de tensión cuando el gobierno obligó al productor a vender sus radios al Estado. Sin embargo, el presidente lo nombró Director General de Radiodifusión, en parte presionado porque la venta forzada había trascendido las fronteras.

El verdadero impulsor de la idea fue Miguel, el hijo de Jaime. El joven le acercó las novedades que se vivían en Estados Unidos sobre el revolucionario aparato que amenazaba al cine. Pero en 1949, Miguel falleció repentinamente por un cuadro fulminante de peritonitis. La tragedia golpeó a la familia, pero no quebró el espíritu emprendedor del padre. De hecho, decidió apostar fuerte por la televisión, reivindicando el sueño de su hijo.

Yankelevich viajó a Estados Unidos y Europa para interiorizarse del sistema. Maravillado, arriesgó gran parte de su capital para comprar cámaras, transmisores, adaptar camiones como móviles de exteriores e instalar una antena de más de 50 metros sobre el Ministerio de Obras Públicas. También trajo los primeros televisores al país.

La Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia aceleró la venta de equipamiento a la Argentina a través de la RCA. Así, el país se convirtió en el tercer territorio del mundo en tener una cadena de televisión propia, después de Estados Unidos y el Reino Unido.

17 de octubre de 1951: la primera transmisión

Perón entendió que no podía negarse al avance tecnológico y capitalizó las posibilidades del nuevo medio. Autorizó a Jaime a traer la televisión y le pidió que la primera transmisión cubriera la movilización a Plaza de Mayo por el Día de la Lealtad, el 17 de octubre de 1951.

Según la investigación Estamos en el aire (Planeta), de Pablo Sirvén, Carlos Ulanovsky y Silvia Itkin, ese día “el cielo amaneció nublado y, al mediodía, la ciudad soportó una lluvia fuerte, pero breve. La mínima de ocho grados desmentía la primavera. Sin embargo, después de la lluvia, la temperatura subió a veinte grados”.

El mismo libro relata que, pese al mal tiempo, la Plaza se fue llenando desde temprano: “La promesa era grande, por primera vez, desde el renunciamiento del 22 de agosto (entre ese día y el 31, Evita, sumamente enferma, resignó su candidatura a la vicepresidencia) y el fallido intento de golpe de Estado del 28 de septiembre, el pueblo volvería a tener enfrente a sus líderes. La recompensa mayor: la señora de Perón, si su precario estado de salud se lo permitía, le hablaría a la gente”.

Las cámaras se montaron en la Casa de Gobierno y en las ventanas del Banco Nación. La televisación tomó todo lo que acontecía. Partidarios y opositores vivieron por igual el hecho histórico, tanto por la palabra de Evita como por la inauguración de la TV.

Pocos tenían televisor en casa, así que muchos se acercaron a los negocios de venta para seguir la transmisión desde la vereda, una idea que había nacido en la vieja Casa Yankelevich. Después de los discursos de Jorge Espejo, secretario general de la CGT, y del presidente Perón, habló Evita. Recién entonces pudo incorporarse y dirigirse a la multitud emocionada. El presidente pidió silencio ante la debilidad de su esposa, que se dirigió a sus “descamisados” y aclaró: “Nadie hubiese podido impedir que viniese”.

El legado y la despedida

El antiguo Canal 7 tuvo su primera sede en el Ministerio de Acción Social, pero pronto se mudó al subsuelo del Alvear Palace Hotel, en Ayacucho y Posadas. Luego abrió una sede en el Palais de Glace y, años más tarde, los estudios se trasladaron al Edificio Alas, en el Bajo porteño. La instalación definitiva llegó en 1978 con el edificio de Figueroa Alcorta y Tagle, inaugurado para el Mundial de Fútbol y la transformación del blanco y negro al color.

Hoy la TV Pública vuelve a cambiar de nombre: regresa Canal 7 como marca. Alguna vez también fue ATC (Argentina Televisora Color). Lo que ninguna gestión pudo diezmar es la injerencia de la televisión abierta en el gusto del público, aun cuando las crisis económicas y la competencia del entretenimiento digital la hayan golpeado.

A los cuatro meses de aquella transmisión fundacional, la salud de don Jaime se complicó. Fue internado de urgencia, pero aun así pidió que colocaran un televisor en su habitación de la clínica. A los 56 años, 120 días después del 17 de octubre de 1951, Jaime Yankelevich falleció. Lo hizo con la conciencia de haber cumplido un rol clave en los medios de comunicación del país y, sobre todo, de haber realizado el deseo de su hijo Miguel.

Yankelevich les legó la televisión a los argentinos en memoria de aquel joven que vio truncada su vida. Su proeza fue la locura de un niño fascinado por los aparatos, el que armaba y desarmaba en la casa familiar de Entre Ríos, el que jugaba con las válvulas en lugar de patear en el potrero.

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