El nido muere, el suelo florece: el hallazgo en Bariloche que cambia la mirada sobre una avispa invasora

Parecía solo una plaga que molesta con sus picaduras, pero cuando la colonia muere, su nido deja algo que sorprendió a las científicas del Conicet.

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El nido muere, el suelo florece: el hallazgo en Bariloche que cambia la mirada sobre una avispa invasora
El nido muere, el suelo florece: el hallazgo en Bariloche que cambia la mirada sobre una avispa invasora

Un equipo de científicas del Conicet en Bariloche descubrió que los nidos abandonados de chaquetas amarillas se convierten en reservorios de nutrientes que potencian el crecimiento de las plantas. El trabajo, publicado en la revista Ecology, revela un efecto inesperado de estas avispas invasoras sobre el ecosistema patagónico.

La investigación surgió en el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (Inibioma), dependiente del Conicet y la Universidad Nacional del Comahue. Las biólogas Marina González Polo, María Noelia Barrios García y Sabrina Moreyra se preguntaron qué ocurría con el material orgánico que queda tras la muerte de las colonias subterráneas.

Estas avispas, originarias de Europa, Asia y el norte de África, construyen sus nidos con una suerte de papel maché que ellas mismas elaboran a partir de celulosa, saliva y agua. Al final del otoño, las colonias mueren y dejan bajo tierra esa estructura repleta de individuos en distintos estadios de desarrollo.

Durante el verano, las investigadoras localizaron y marcaron 33 nidos activos en la zona del Arroyo Casa de Piedra, al oeste de Bariloche. Esperaron el ciclo natural y, 16 meses después de la muerte de las colonias, recolectaron muestras de suelo tanto en los sitios donde estaban los nidos como a un metro y medio de distancia.

Los análisis de laboratorio arrojaron cifras contundentes: en los suelos influenciados por los nidos, el carbono aumentó un 50%, el nitrógeno un 200% y el fósforo disponible más de un 500% en comparación con las muestras vecinas.

En ecología, estos parches de alta concentración de nutrientes se conocen como “islas de fertilidad”. Según Moreyra, funcionan como “verdaderos puntos calientes de la intensa actividad biológica subterránea”.

El siguiente paso fue comprobar si las plantas aprovechaban esa riqueza. Sembraron semillas de “varilla de oro” (Solidago chilensis) en macetas con ambos tipos de suelo. Tras tres meses, las que crecieron en tierra con influencia de colonias eran más altas, con raíces más largas y mayor cantidad de hojas.

“Hay conciencia del impacto negativo de la chaqueta amarilla en nuestra zona, pero estos procesos nos invitan a mirar las especies desde una perspectiva más amplia”, reflexionó Moreyra, investigadora adjunta del Conicet.

El ciclo de las chaquetas amarillas

Estas avispas sociales se expandieron por el mundo en las últimas décadas, principalmente a través del transporte. En la Patagonia, son dos las especies que conviven, con comportamientos y morfología similares.

Las reinas fundadoras salen de su refugio invernal en primavera para crear una nueva colonia. Durante el verano, la reina puede poner hasta 300 huevos diarios, y el nido crece gracias al trabajo cooperativo de las obreras, que buscan alimento, agua y fibras de celulosa para agrandar la estructura.

Con la llegada del otoño, las colonias exitosas pueden albergar entre cientos y miles de individuos, y el nido alcanza el tamaño de una pelota de fútbol. Tras el apareamiento, los machos mueren y las nuevas reinas se refugian para pasar el invierno. El resto de la colonia perece y el nido queda lleno de avispas muertas.

Aunque sus picaduras son dolorosas y pueden ser peligrosas para personas alérgicas, las chaquetas amarillas no son agresivas: solo atacan cuando se sienten amenazadas.

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