El misterio de Torzalito: un grito en la noche y la desaparición que nadie pudo explicar

Un grito en la noche, un desafío y una desaparición que estremeció a un campamento en Salta. ¿Qué se llevó a Gumersindo Yapura? Los detalles de un misterio que sigue sin respuesta.

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El misterio de Torzalito: un grito en la noche y la desaparición que nadie pudo explicar
El misterio de Torzalito: un grito en la noche y la desaparición que nadie pudo explicar

En el corazón de Torzalito, un grito desgarrador marcó para siempre la vida de un campamento vial. Gumersindo Yapura, un joven obrero, salió a enfrentar lo desconocido y jamás regresó, dejando tras de sí un misterio que aún hoy sobrecoge a los habitantes de General Güemes.

La historia se remonta a mediados de la década de 1930, cuando un grupo de trabajadores de Vialidad Nacional, unos cien hombres, realizaba tareas de desmonte a puro hacha y machete en la zona que tiempo después se convertiría en el acceso a la ciudad de Salta desde la Ruta Nacional 34.

El campamento, dispuesto al estilo militar, contaba con carpas para cuatro obreros y una carpa central que funcionaba como cocina y comedor. Por las noches, los hombres encendían fogones en los callejones entre las filas de carpas para combatir el frío, ya que las carpas no tenían piso. Alrededor del fuego, se contaban historias y se cantaban coplas hasta que el sueño los vencía.

El primer alarido

Fue en una de esas tertulias nocturnas cuando escucharon por primera vez un grito largo y agudo, similar al sapucay de los gauchos del Chaco salteño. El silencio se apoderó del grupo, que intentó escuchar si el alarido se repetía. Nunca antes habían oído algo igual en la zona, un sonido que los dejó inquietos.

Pasados unos minutos, uno de los trabajadores se levantó para ir a dormir y los demás lo siguieron sin decir palabra. Esa noche, pocos pudieron conciliar el sueño. Dos o tres horas más tarde, el alarido volvió a escucharse, esta vez mezclado con un aullido. Gumersindo Yapura, un muchachón fornido de menos de 30 años, bajó de su catre para avivar el fogón. Al volver, comentó a un compañero: "Ta frío afuera, pero lo que me tiene mal es el grito de ese bicho que no sé qué es".

Al día siguiente, el grito fue el tema central de la charla durante el desayuno. Todos coincidían en que nunca habían escuchado algo semejante. El sol alto disipó los temores, y a la hora del almuerzo, Gumersindo lanzó en broma un sapucay que provocó risas entre sus compañeros. La tarde transcurrió con normalidad, pero al caer la noche, el temor regresó.

El desafío

Cuando los hombres se reunían alrededor de los fogones, las historias de aparecidos y del temido Ucumar, el oso asesino, comenzaron a circular. Se mencionaban avistamientos en Alto la Sierra, Metán, Escoipe y Los Yacones. De repente, el alarido volvió a escucharse. Gumersindo, molesto, salió de la carpa y lanzó un desafiante sapucay. La respuesta llegó a lo lejos, y el joven contestó con más fuerza. El capataz le ordenó callarse, advirtiendo que eso podía acarrear desgracias.

Pero el grito se acercaba cada vez más. Los alaridos cambiaron y comenzaron a asustar a los trabajadores, que querían huir. El capataz ordenó permanecer juntos en la carpa. De pronto, se escucharon silbidos de arrieros y el rumor de ganado caminando. Luego, un silencio sepulcral.

Una voz cavernosa rompió el silencio desde la puerta de la carpa: "Que salga quien respondió mi alarido". Gumersindo, sin dudar, se levantó y salió a enfrentar al desconocido, ignorando las súplicas del capataz. Afuera se oyó una pelea, los mecheros se apagaron misteriosamente y luego todo quedó en silencio. Cuando el capataz se atrevió a espiar, exclamó: "No hay nadie, Gumersindo no está. Aquí no se ve ni vacas ni gente…".

La cueva y el final

Quince voluntarios fueron a Güemes para avisar a la policía. Al amanecer, una patrulla llegó al campamento y comenzó a buscar rastros. Encontraron trozos de la ropa de Gumersindo y huellas que indicaban que había sido arrastrado por un ser con "pata de oso". El capataz sentenció: "Es el Ucumar".

Siguiendo los rastros, hallaron una cueva con más ropa del joven. La policía cavó en busca del animal o de quien fuera, pero solo encontraron unos huesos. Del Ucumar, nada.

Tras el trágico suceso, Jorge Jesús Gutiérrez, como otros trabajadores, abandonó el campamento y se instaló en Cerrillos, donde luego trabajó en el ferrocarril. Sus nietos y bisnietos aún cuentan esta historia que el abuelo narró hasta el final de sus días.

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