El misterio de la puerta prohibida que Cortázar nunca quiso revelar

¿Qué hay detrás de la puerta prohibida que obsesiona a los pasajeros? La novela de Cortázar que quedó a la sombra de Rayuela esconde un enigma que sigue sin respuesta.

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El misterio de la puerta prohibida que Cortázar nunca quiso revelar
El misterio de la puerta prohibida que Cortázar nunca quiso revelar

Una novela relegada por décadas al papel de borrador esconde un enigma que sigue provocando lecturas. En 1960, Julio Cortázar publicó 'Los premios', una historia que arranca con un grupo de ganadores de una lotería que abordan un barco sin destino conocido. La trama se complica cuando descubren que nadie puede pasar a popa, una regla sin explicación que dividirá a los pasajeros.

Durante más de sesenta años, la obra permaneció a la sombra de 'Rayuela', la novela de 1963 que se convirtió en la puerta de entrada al universo del autor. 'Los premios' fue vista como un ensayo, un borrador, una prueba piloto que solo importaba por anticipar lo que vendría después. Sin embargo, las relecturas recientes invitan a descubrirla por sí misma.

¿Qué hay detrás de la prohibición?

La historia comienza en el café London, en Buenos Aires, donde un grupo de desconocidos se entera de que ganó un viaje en barco. Suben a bordo sin saber el destino, el capitán ni la duración del viaje. La incertidumbre parece parte del premio, hasta que aparece la orden: nadie puede pasar a popa. No hay explicaciones convincentes, solo una puerta cerrada.

A partir de esa orden, los pasajeros se dividen. Algunos aceptan la regla sin cuestionarla: el viaje es gratis, ¿qué importa una puerta? Otros sienten que aceptar una prohibición sin entenderla es resignar algo más profundo. La pregunta deja de ser qué hay en la popa para convertirse en otra: ¿por qué algunos necesitan saber y otros prefieren no preguntar?

Un barco que refleja Buenos Aires

El barco se aleja de Buenos Aires, pero nunca deja de habitarla. Sus personajes hablan como porteños, discuten como porteños, cargan con prejuicios de clase, ironías y maneras de mirar el mundo. Más que una aventura marítima, el viaje se convierte en un experimento sobre cómo reacciona la gente cuando alguien altera las reglas de convivencia.

Leída hoy, la novela sorprende porque muchas de las obsesiones que luego asociaríamos con Cortázar ya están ahí: el juego como forma de conocimiento, la sospecha de que la realidad es más porosa, el cuestionamiento de las rutinas y la búsqueda de 'ese otro lado' que nunca termina de definirse.

El enigma que ni el autor quiso cerrar

Ni siquiera Cortázar quiso clausurar el misterio. Años después confesó en una entrevista que tampoco él sabía exactamente qué había en la popa. La novela nunca ofrece una respuesta definitiva, porque el enigma no funciona como un acertijo policial sino como un mecanismo para poner a prueba a los personajes... y también al lector.

Quizá por eso algunos pasajes desconcertaron a generaciones enteras. Persio, ese pasajero que parece quedarse al margen de la acción para entregarse a largas reflexiones, fue señalado durante mucho tiempo como un punto débil. Sin embargo, las relecturas más recientes proponen verlo de otra manera: sus divagaciones modifican el ritmo del libro y amplían el sentido del viaje. La aventura no consiste solo en recorrer un barco; también implica aprender a mirar de otra forma.

Más que una antesala de Rayuela

Durante décadas, 'Los premios' fue leída casi exclusivamente como la antesala de 'Rayuela'. Hoy la crítica tiende a devolverle autonomía y a reconocer que muchas de las preguntas que hicieron de Cortázar uno de los grandes escritores del siglo XX ya estaban formuladas en estas páginas, aunque todavía no hubieran alcanzado la fama de la Maga y Oliveira.

Tal vez esa sea la mejor razón para volver a 'Los premios': plantea un interrogante que sigue siendo incómodo y divertido. Frente a una puerta cerrada, frente a una regla cuyo sentido se desconoce, ¿qué se hace? Cortázar nunca respondió esa pregunta. Nunca abre del todo esa puerta. Nos deja frente a ella. Y sesenta y seis años después, todavía dan ganas de cruzarla.

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