El mensaje que nunca llegó: la noche en que supo que su hijo iba en el Yazá
Llamó y no atendía. Después, un mensaje la confirmó: su hijo iba en el colectivo. Un año después, Carolina cuenta lo que no se anima a decirle a Emi cuando vuelve a viajar.
Carolina Haiber recuerda con precisión el momento en que supo que la peor noticia podía ser suya. Abrió Facebook y la primera publicación que apareció fue el siniestro del colectivo Sol de Norte. Su hijo, Emilio Giménez, era uno de los estudiantes que viajaban esa madrugada. A casi un año de la tragedia que dejó nueve muertos, la mujer habló con El Territorio sobre la recuperación de Emi y sobre lo que significa ser la madre de un sobreviviente.
Del muro a la ruta 14
La desesperación empezó con un teléfono que sonaba y nadie atendía. "Le empecé a llamar y él no me atendía, sonaba al teléfono, pero no me atendía", contó Carolina. Entonces marcó al amigo con quien Emilio convivía y la respuesta le confirmó lo que temía: el chico viajaba en ese colectivo.
"Lo primero que pensé es que mi hijo estaba muerto", admitió. El compañero le dijo que iba a ir al hospital de Oberá, porque era posible que lo hayan trasladado hasta ahí. Minutos después llegó el mensaje que cambió la noche: Emilio estaba internado en Oberá. La familia partió de inmediato hacia la ciudad.
Emilio fue dado de alta en el Hospital Madariaga en noviembre. Desde entonces, el proceso de recuperación física y psicológica avanzó, aunque con marcas que no desaparecen.
Volver a subir al colectivo
Durante los primeros meses, Emi no quería saber nada con los ómnibus. Con el tiempo empezó a viajar otra vez. "Él ahora ya viaja, vino en colectivo otra vez hace poco", contó su madre, aunque aclaró que lo hace sin entusiasmo.
En uno de esos primeros viajes, el joven iba durmiendo y despertó sobresaltado: la ruta era la misma y sintió por un instante que el colectivo volcaba. "No quiere hacerme poner mal, o no me quiere contar, pero me dice que él viene bien, capaz no me quiere preocupar", relató Carolina.
El tema de la tragedia casi no se toca en la casa. "Él no quiere tocar mucho el tema, ni con nosotros. No sé si porque él sabe que a mí me hace mal, porque a mí me afectó bastante. Pero yo, dentro de todo, como mamá, le veo bien", aseguró. Si aparecen videos o notas sobre lo ocurrido, Emi le pide que no mire. Tampoco él quiere hablar con medios: dice que le sigue afectando.
Carolina señaló además que, aunque en el colectivo viajaban muchos conocidos de la facultad, Emilio no tenía amigos cercanos a bordo. Para ella, fue una suerte que ninguno de sus afectos directos estuviera en ese viaje.
La culpa que la psicóloga ayudó a desarmar
La mamá de Emi también atravesó su propio infierno. "Todavía me cuesta dormir cuando Emi viaja. Es complicado, cuando sé que va a venir pienso toda la noche y estoy pendiente de que él llegue bien. Cuando se va a ir también me cuesta", confesó.
En los días posteriores al vuelco, empezó a cargar con una culpa que la perseguía: había insistido para que su hijo viniera a Eldorado desde la facultad ese día. "Me sentí re mal, culpable totalmente, porque yo le insistí que él viniera a Eldorado desde la facultad, porque en realidad él no quería venir ese día", recordó.
La intervención de una psicóloga fue clave para correr ese peso. "Me dijo 'mamá, en tres años fue y vino y nunca pasó nada', lo que me hizo entender que no fue mi culpa", contó. Aun así, el cambio no fue inmediato: durante un tiempo, ver pasar un colectivo de la misma empresa la hacía largarse a llorar. "Eso ya no me pasa, pero en los primeros tiempos sí".
Una comunidad que se puso al hombro la recuperación
La familia fue el sostén principal de Emilio una vez que volvió a casa. "Nosotros, como familia, fuimos los que obviamente más estuvimos unidos con él. Una vez que estábamos en la casa, ya éramos nosotros los que lo acompañamos y los que le ayudamos como pudimos", indicó Carolina.
Pero el acompañamiento se extendió mucho más allá del círculo íntimo. La mujer destacó la actitud de los amigos de la facultad, los vecinos y los profesores. "Incluso hicieron pastelitos, vendieron pollo para juntar y dividir la plata entre los centros de cuidado", relató.
También guarda un agradecimiento especial para los estudiantes que le dieron alojamiento en Oberá mientras Emilio seguía internado. Y recuerda con emoción el cartel de bienvenida que los vecinos prepararon cuando la familia llegó. "La verdad es que nos sentimos muy acompañados".
El dolor por los que no volvieron
Carolina se define agradecida con Dios porque su hijo está vivo. Pero ese alivio convive con el dolor por las otras familias. "Siento dolor por las familias que perdieron a sus hijos, porque creo que se les va a hacer más difícil", dijo, con la voz quebrada.
El recuerdo de quienes no regresaron a casa la golpea especialmente porque eran chicos conocidos. Uno de los fallecidos era hijo de un vecino, que a veces publica sobre la tragedia en redes. "A mí me duele como madre, porque él perdió a su hijo", expresó.
Su reflexión final es simple y pesada a la vez: "Hay que darle más valor a la vida, tratar de ayudarse lo mejor posible".
Emilio Giménez es uno de los estudiantes que iba a bordo del colectivo de Sol de Norte en la madrugada del 26 de octubre del año pasado. Su madre habla hoy desde el lugar de quien acompañó cada paso de la recuperación, con el miedo todavía presente y la certeza de que la vida siguió.