El mensaje que Neruda dejó en el Nobel: la frase que anticipó el golpe en Chile
Pablo Neruda recibió el Nobel en 1971 y pronunció un discurso que parecía una despedida. Meses después, el golpe de Pinochet arrasó con todo. La frase final que dejó helados a todos.
El 10 de diciembre de 1971, Pablo Neruda pronunció un discurso que quedó en la historia, no solo por su valor literario, sino por lo que reveló sobre el destino de Chile. Apenas un mes y medio después de recibir el Nobel de Literatura, el poeta chileno subió al escenario de la Academia Sueca y, con voz pausada, relató su huida a la Argentina y trazó un mensaje de esperanza que pronto se vería sacudido por el golpe militar.
Un Nobel con sabor a despedida
Neruda había sido designado candidato presidencial por el Partido Comunista en 1969, pero cedió su lugar a Salvador Allende, quien ganó las elecciones de 1970 y se convirtió en el primer presidente socialista de América en llegar al poder por voto popular. Al año siguiente, Allende lo nombró embajador en Francia. Fue en la embajada francesa, el 21 de octubre de 1971, donde recibió la noticia: la Academia Sueca le otorgaba el Nobel "por una poesía que con la acción de una fuerza elemental da vida al destino y los sueños de un continente".
El periódico chileno Clarín, clausurado tras el golpe de 1973, publicó al día siguiente: "El país entero se emocionó. Los rotos pampinos, los campesinos que hacen parir la tierra, los ovejeros de la pampa magallánica, los pescadores desafiando el océano, los arrieros, los mineros, los obreros de la construcción, las mujeres en su casa parando la olla, los intelectuales, los empleados, todos, de capitán a paje, nos sentimos más importantes, más chilenos".
La travesía que se volvió leyenda
En su discurso, Neruda eligió narrar su exilio de 1949, cuando escapó de Chile perseguido por el gobierno de Gabriel González Videla, a quien había apoyado y luego criticado duramente. Cruzó a caballo el río Curringue, en la frontera con Argentina, y estuvo a punto de ahogarse. Lo contó así: "Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora (…) Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los baqueanos, los campesinos que me acompañaban, me preguntaron con cierta sonrisa: ‘¿Tuvo mucho miedo?’ ‘Mucho. Creí que había llegado mi última hora’, dije. ‘Íbamos detrás de usted con el lazo en la mano’, me respondieron. ‘Ahí mismo –agregó uno de ellos– cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted’".
Ese relato, que tuvo el suspenso de una película, sirvió para reflexionar sobre la soledad y la comunicación humana: "No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y creer en un destino común".
El giro político y la sombra de la conspiración
Mientras Neruda brillaba en Estocolmo, en Chile se gestaba una conspiración continental liderada por Estados Unidos. El presidente Richard Nixon y su mano derecha, Henry Kissinger, habían destinado cuarenta millones de dólares para "hacer crujir la economía" chilena, y la economía efectivamente crujió. El poeta no ignoraba esa realidad. En su discurso, citó la lucha y la esperanza de América Latina y se enorgulleció de haber participado en la transformación de su país: "¿Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país?".
También defendió su elección de una responsabilidad compartida por sobre el individualismo: "Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes que reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza, cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes".
La profecía de Rimbaud y el final anunciado
El cierre fue una cita del poeta francés Arthur Rimbaud: "Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades". Y agregó: "Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el Vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera".
Dos años después, el 11 de septiembre de 1973, los aviones de la Fuerza Aérea chilena bombardearon el Palacio de La Moneda. Allende se suicidó y la dictadura de Augusto Pinochet se instaló en el poder hasta 1990. Neruda, enfermo de cáncer, murió en su casa de Isla Negra el 23 de septiembre de ese año, doce días después del golpe. Su familia siempre sostuvo que había sido asesinado. En 2023, un comité científico internacional de las universidades McMaster (Canadá) y Copenhague (Dinamarca) concluyó que fue envenenado con la bacteria Clostridium botulinum. Su sobrino, Rodolfo Reyes, declaró: "La bacteria encontrada en su cuerpo no tendría por qué haber estado en la osamenta de Neruda; esto quiere decir que fue asesinado, que hubo intervención de agentes del Estado".
Los años de formación y el amor
Nacido como Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto el 12 de julio de 1904, adoptó legalmente el seudónimo Pablo Neruda en diciembre de 1946. Su madre, Rosa, maestra, murió de tuberculosis dos meses después de su nacimiento. Su padre, José, obrero ferroviario, se radicó con él en Temuco y se casó con Trinidad Candia Marverde, a quien Neruda llamó "mamadre".
En 1920, a los dieciséis años, conoció a Gabriela Mistral, Nobel de Literatura en 1945, quien lo introdujo en la literatura rusa: "Ella me hizo leer los primeros grandes nombres de la literatura rusa que tanta influencia tuvieron sobre mí". En 1921 se radicó en Santiago, y dos años después publicó Crepusculario. En 1924 apareció Veinte poemas de amor y una canción desesperada, con su famoso poema 20: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: ‘La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos’. El viento de la noche gira en el cielo y canta".
Su carrera diplomática lo llevó a Rangún (Birmania, 1927), Colombo (Ceylán, hoy Sri Lanka), Java, Singapur y Buenos Aires (1933-1934). En la capital argentina se vinculó con la vanguardia porteña: Raúl González Tuñón, Oliverio Girondo, Norah Lange y Jorge Luis Borges. Allí conoció y trabó amistad con Federico García Lorca, que visitaba Buenos Aires para presentar sus obras teatrales. Luego fue cónsul en Barcelona (1934) y Madrid (1935), donde estrechó lazos con Rafael Alberti, Miguel Hernández y Vicente Aleixandre, entre otros miembros de la Generación del 27.
La Guerra Civil española, que estalló en julio de 1936, marcó para siempre a Neruda, sobre todo tras el asesinato de García Lorca a manos de las fuerzas franquistas. En 1937 escribió Explico algunas cosas, donde evocó la España feliz de antes de la guerra y luego denunció la barbarie: "Y una mañana todo estaba ardiendo / y una mañana las hogueras / salían de la tierra / devorando seres, / y desde entonces fuego, / pólvora desde entonces, / y desde entonces sangre". Y anticipó el giro de su poesía hacia la defensa de los derechos humanos: "Preguntaréis por qué su poesía / no nos habla del sueño, de las hojas, / de los grandes volcanes de su país natal / Venid a ver la sangre por las calles, / venid a ver / la sangre por las calles, / venid a ver la sangre / por las calles".
Persecución y exilio
En 1945 se afilió al Partido Comunista y fue elegido senador por Tarapacá y Antofagasta. Fue jefe de propaganda de la campaña de Gabriel González Videla, que ganó la presidencia en 1946. Dos años después, González Videla promulgó la "Ley de Defensa Permanente de la Democracia", conocida como "Ley Maldita", que proscribió al Partido Comunista y desató una persecución implacable contra sus afiliados, incluido Neruda. El poeta lo llamó "rata" y lo acusó de ser complaciente con los nazis durante la ocupación de Francia, cuando González Videla era embajador chileno en ese país. Escribió el artículo "La crisis democrática de Chile es una advertencia dramática para nuestro continente", luego conocido como "Carta íntima para millones de hombres", publicado por el diario El Nacional de Caracas.
En 1949 escapó al exilio tras vivir en la clandestinidad en Santiago, Valdivia y Futrono. Cruzó a caballo el río Curringue, casi se ahoga y recibió la solidaridad de campesinos y trabajadores chilenos que conocían su poesía. Ya en Argentina, viajó a Europa identificado con las causas antifascistas y pacíficas, expresadas en su Canto General y en España en el corazón. Años después, tras la muerte de Stalin, le dedicaría una cuestionable oda elogiosa al recibir el Premio Stalin de la Paz.
El rey, el frac y la vanidad
En sus memorias Confieso que he vivido, publicadas en 1974, Neruda recordó con humor la ceremonia: "El anciano monarca nos daba la mano a cada uno; nos entregaba el diploma, la medalla y el cheque (…) Se dice, o se lo dijeron a Matilde para impresionarla, que el rey estuvo más tiempo conmigo que con los otros laureados; que me apretó la mano con evidente simpatía. Tal vez haya sido una reminiscencia de la antigua gentileza palaciega hacia los juglares".
Esa mañana de 1971, el rey Gustavo VI Adolfo, de 89 años, se acercó emocionado a Neruda para estrecharle la mano. Dos años después, el golpe militar borró todo aquel mundo. Pero el mensaje de esperanza y la profecía de Rimbaud quedaron como un legado que aún resuena.