El gesto de un padre con el álbum del Mundial que desató un intenso debate sobre la crianza
¿Un gesto de amor o un error de crianza? La historia del padre que compró 150 paquetes de figuritas para evitarle la espera a su hijo desató una polémica que va más allá del álbum del Mundial.
Un padre le compró a su hijo 150 paquetes de figuritas para completar el álbum del Mundial de una sola vez. La escena, que ocurrió a la salida del colegio, se volvió viral y encendió una discusión que va mucho más allá del juego: ¿estamos criando chicos que no saben esperar?
¿Qué pasó realmente?
En plena fiebre mundialera, un hombre decidió saltarse el tradicional ritual de intercambios y búsquedas interminables. Su intención era buena: evitarle la frustración a su hijo. Pero lo que parecía un gesto de amor generó opiniones encontradas en las redes sociales, con críticas que señalan que “se pierde el juego” y se elimina la oportunidad de aprender a tolerar la espera.
La mirada de los expertos
La filósofa Florencia Sichel analizó el caso y notó una “necesidad de resolver lo que podría ser un juego de manera precipitada y excesiva”. Para ella, la dificultad de los padres para sostener la frustración de sus hijos refleja, en realidad, una dificultad propia: “Nos cuesta tolerar nuestras frustraciones y convivir con la ansiedad de no tener las cosas resueltas”, explicó.
La psicóloga Florencia Alfie (M.N 47.873) coincide: “Hoy vivimos acelerados, con poco tiempo y mucha exigencia. Criamos atravesados por la ansiedad y la culpa. Nos cuesta sostener un ‘no’ porque genera malestar en los chicos, pero también en nosotros”, sostuvo.
El valor de la frustración
Lejos de ser negativa, la frustración cumple un rol clave en el desarrollo emocional. Aprender a esperar, postergar recompensas y atravesar pequeñas decepciones construye habilidades como el autocontrol y la tolerancia a la incertidumbre. “La frustración no daña a los chicos. Los fortalece y los prepara para desafíos mayores”, agregó Alfie.
Completar un álbum no es solo el resultado final: implica la espera, el intercambio con otros chicos, la negociación, la emoción de encontrar una figurita difícil. “Si le compramos 150 paquetes para llenarlo en un día, le quitamos la riqueza del proceso”, advirtió Sichel.
El juego y el aburrimiento, en extinción
Detrás de esta escena se esconde una preocupación mayor: la reducción de los espacios de juego libre y de los tiempos sin objetivos. “Estamos perdiendo el juego”, alertó Sichel. “Los chicos necesitan tiempo libre, tiempo ocioso y tiempo no regulado”.
El aburrimiento, lejos de ser un enemigo, puede ser una oportunidad para desarrollar creatividad y autonomía. “Tiene muy mala prensa, pero puede ser una oportunidad para que los chicos desarrollen recursos propios para entretenerse”, señaló Alfie.
El debate, entonces, trasciende las figuritas. “Es imposible garantizar que un hijo nunca sufra. Y tampoco sería deseable. Una vida atravesada por emociones diversas es una vida más rica, más humana y también más empática”, concluyó Sichel.