El frío no les gana: la red de mujeres que en cuatro horas transforma hogares vulnerables de Bariloche
¿Cómo hacen para que una casa precaria tenga calor en horas? Un grupo de mujeres de Bariloche lo logra con estufas ecológicas y mucho trabajo en equipo. Conocé la historia.
Mientras Bariloche tiembla de frío, un grupo de mujeres demuestra que la solidaridad puede ser más cálida que cualquier salamandra. En una jornada de cuatro horas, transformaron una casilla precaria en el barrio El Vivero en un hogar con calor eficiente, y de paso, tejieron una red de contención que ya lleva 36 estufas construidas.
La escena se repite cada vez que el proyecto Estufas, impulsado por la organización La Tercera, llega a un nuevo hogar. Esta vez, el destino fue la casa de Maite, una madre de tres hijos que vive sobre la margen del arroyo Ñireco, en el sur de la ciudad. Alrededor de seis mujeres llegaron el sábado al mediodía con herramientas, materiales y mucha voluntad. Maite las recibió con su beba de cuatro meses en brazos, y en un abrir y cerrar de ojos, la tarea ya estaba en marcha.
¿Quiénes son estas mujeres?
El proyecto nació de la mano del bioconstructor Albano «Nano» Giliberti, pero hoy el 95% de sus integrantes son mujeres y disidencias. Profesoras, biólogas, trabajadoras sociales, psicólogas y hasta una astróloga, unas 30 en total, que decidieron poner sus conocimientos al servicio de quienes más lo necesitan. «La construcción se ha asociado históricamente a lo masculino. En mi caso, es la primera vez que me vinculo con el uso de la soldadora, la amoladora. Es re lindo empoderarse», confesó Francesca Baume, una de las voluntarias.
Pero no es solo empoderamiento: es una respuesta concreta a una necesidad urgente. Según el Registro Nacional de Barrios Populares (Renabap), más de 5 mil familias en Bariloche no tienen acceso a la red de gas. Ante esa realidad, el grupo prioriza a mujeres solas con hijos, como Maite, con quienes articulan a través de centros de salud barriales.
¿Qué tienen de especial estas estufas?
Nada que ver con las tradicionales salamandras. Las estufas que construyen son de dos tipos: la Chuncana Andina, que mantiene el calor por 12 horas, y la Estufa Isleña, hecha con un tacho de aceite reciclado de 200 litros. Consumen la mitad de leña, no generan humo y no queman al tacto, un detalle clave cuando hay chicos en casa. Además, al estar hechas con masa térmica de arcilla, siguen irradiando calor incluso después de que el fuego se apagó.
La jornada en lo de Maite no fue improvisada. Las mujeres ya habían visitado su casa para evaluar el espacio y decidir el modelo más adecuado. Durante la construcción, le fueron mostrando cada paso, le dejaron el manual y, al final, Maite fue quien encendió la estufa. Su hija adolescente, como agradecimiento, les sirvió un guiso de lentejas que compartieron bajo el sol.
Una red que crece y se multiplica
El trabajo es ad honorem y los recursos, limitados. Por eso, suelen fabricar una estufa por mes, los fines de semana, cuando todas pueden. Pero el impacto va más allá del calor: muchas beneficiarias terminan sumándose al grupo. «Ven cómo mejora su hogar. Es un plan amoroso y amable y se quedan con ganas de volver hacerlo. Ese también es un gran logro», cerró Francesca.
Mientras tanto, Maite ya tiene su estufa lista para enfrentar el invierno. Y su sonrisa, junto con la de sus hijos, es la mejor prueba de que el frío no siempre gana.