El filósofo que advierte por qué el poder de los magnates no reemplaza al Estado

Un filósofo italiano acaba de publicar un libro que incomoda a más de uno. Habla de un nuevo fascismo sin Führer personal y de por qué el Estado sigue siendo la pieza que el capital no puede reemplazar. Lo que dice sobre la Argentina y la deuda...

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El filósofo que advierte por qué el poder de los magnates no reemplaza al Estado
El filósofo que advierte por qué el poder de los magnates no reemplaza al Estado

Maurizio Lazzarato acaba de publicar en la Argentina "La gran violencia. Por qué la guerra y no la revolución", editado por Tinta Limón. En una entrevista con El Destape, el filósofo italiano desarrolla su concepto de "máquina Estado-Capital" y analiza por qué los supermillonarios tecnológicos no pueden prescindir del Estado para organizar la guerra, garantizar la moneda y coordinar una estrategia.

Para el autor, la concentración de la riqueza y de la infraestructura tecnológica en pocas manos no vuelve prescindible al Estado. "El capital se ha apoderado del Estado, pero no puede eliminar por completo sus funciones históricas", sostiene.

La máquina Estado-Capital

Lazzarato define el capitalismo actual como una "máquina Estado-Capital" orientada a la guerra, en la que una multiplicidad de poderes —monetario-financiero, político, militar, mediático, tecnológico y cultural— se coordinan en torno al Estado. Ese es el lugar donde se puede formular y ejecutar una estrategia, aunque esos poderes tengan fines heterogéneos y hasta entren en conflicto.

El filósofo menciona el caso de la administración Trump: el Estado sirvió para mediar entre fuerzas diversas y sostener una política unificada, una guerra para afirmar la hegemonía estadounidense con el objetivo principal de controlar la extracción y distribución de combustibles fósiles.

La máquina Estado-Capital aspira a una totalización de su poder. Es una totalización imposible, pero que se persigue constantemente. Para combatirla, según Lazzarato, hace falta una estrategia que aborde esos diferentes poderes y sus jerarquías. El enfoque no puede limitarse al Estado, aunque siga siendo esencial como el lugar desde el cual se puede lanzar una estrategia. "Se habla del retorno del Estado, pero en realidad este nunca desapareció", aclara.

La organización de la guerra sigue siendo una prerrogativa estatal, que subordina la economía, la tecnología y la comunicación a su estrategia: el Estado decide qué mercancías y tecnologías se pueden vender y a quién.

¿Puede el capital privatizar el poder por completo?

Ante la pregunta sobre si el capital concentrado en un puñado de manos puede disputarle al Estado la conducción estratégica de esa máquina, Lazzarato responde que Estado y Capital se constituyen y trabajan juntos desde la conquista de América, con fricciones, oposiciones y convergencias, construyendo una sola máquina que se integra cada vez más profundamente.

Tres son las acciones que definen al Estado: emitir moneda, imponer y recaudar impuestos, y declarar la guerra. No se entiende cómo podría funcionar una economía sin moneda y sin impuestos, garantizados por el monopolio estatal de la fuerza.

La soberanía monetaria, fiscal y militar es lo que el capital quisiera privatizar. Una pretensión imposible, pero no por ello menos efectiva. El capital ha privatizado la moneda en gran medida, pero no puede convertirla en un bien absolutamente privado: en las grandes crisis se necesita un poder monetario de última instancia que no puede ser privado. Algo similar ocurre con la guerra, cuya privatización no puede llevarse más allá de cierto límite.

"El capital se ha apoderado del Estado, pero no puede eliminar por completo sus funciones históricas", insiste. La privatización lleva a la destrucción de la economía, de la sociedad y a la guerra. Lo vemos con la política de Estados Unidos: quien quiera cambiar las cosas tiene que tomar el poder y, desde el Estado, organizar una estrategia para imponer transformaciones que, si se pretenden radicales, implican la guerra.

Democracia, fascismo y genocidio

Para Lazzarato, el hecho político más importante de las guerras en curso es el genocidio de los palestinos, armado, financiado y legitimado por las democracias liberales. La relación entre fascismo, técnicas nazis de comunicación y guerra, "democracia" y liberalismo tiene raíces en la genealogía del Estado y del capitalismo. No se trata de analogías con el fascismo y el nazismo del siglo XX, porque estos no fueron más que momentos de una larga historia que comienza con la conquista de América y continúa hoy con las "democracias" occidentales.

Este nuevo fascismo —que ve a los partidos de origen fascista, como en Italia, alinearse con las exigencias del capitalismo financiero— combina dictadura y democracia, Estado de derecho y estado de excepción, "mercado y autoritarismo". No necesita de un "Führer personal", sino que se manifiesta como un Führer tecnológico y financiero, fundamental en la organización del genocidio de los palestinos.

La estrategia perdida y la deuda

Lazzarato cuestiona que el pensamiento de izquierda posterior a 1968 haya desplazado el debate hacia los micropoderes y pacificado la crítica política. Las revoluciones del siglo XX desafiaron y a menudo derrotaron al colonialismo y al imperialismo occidentales. Sus grandes logros, a su juicio, derivaron de la capacidad de los revolucionarios para desarrollar una visión estratégica a la altura de la europea. La cúspide de ese pensamiento está en "De la guerra", de Clausewitz, un texto con el que dialogaron directamente Lenin, Mao y Giap.

Antes de preguntarse cómo traducir hoy el rigor estratégico, conviene estudiar qué es el pensamiento estratégico. Michel Foucault afirmó que la estrategia militar es el método para analizar las relaciones de poder. Al excluir la guerra y la guerra civil, los movimientos posteriores a 1968 y las teorías asociadas a ellos perdieron la naturaleza específica de este tipo de pensamiento. El enemigo de clase, en cambio, sigue manteniendo y actualizando minuciosamente su propio pensamiento estratégico.

El pensamiento estratégico es una teoría de la revolución, mientras que las teorías posteriores a 1968 —feministas, descoloniales, etcétera— son teorías revolucionarias en el sentido de que describen la sociedad en términos de su capacidad de transformación; sin embargo, no abordan el problema de cómo combatir el poder como totalidad: qué formas de organización adoptar, qué plazos seguir.

La guerra mundial en curso representa el punto álgido del choque entre Estados y clases; solo una mentalidad estratégica —de la que actualmente carecemos— puede proporcionar los puntos de referencia necesarios para evitar quedar desorientados y supeditados a la estrategia del enemigo.

Consultado sobre dónde puede constituirse una fuerza material capaz de enfrentar a esa máquina, Lazzarato responde que el problema principal radica en que las teorías y los movimientos posteriores a 1968 no conciben el poder como una totalidad. El movimiento feminista critica la dinámica de poder entre hombres y mujeres en todas sus formas; si bien esta labor es loable y necesaria, resulta insuficiente. Los movimientos descoloniales hacen lo propio respecto al racismo, abordándolo como la suma total de las relaciones de poder.

"Nunca se puede amenazar o derrotar verdaderamente al poder centrándose únicamente en relaciones de poder específicas: clase, sexo, raza", afirma. Estas luchas generan prácticas y espacios de libertad, pero siempre permanecen dentro de los límites impuestos por la maquinaria Estado-Capital. Para provocar una ruptura, dice, hay que construir una "totalidad" que abarque las diversas relaciones de poder de explotación y dominación, combinándolas en una totalización lo suficientemente fuerte como para confrontar a esa maquinaria. Si se rechaza esta confrontación, la alternativa es la impotencia.

El aparato Estado-Capital organiza una multiplicidad de poderes contra un enemigo: el proletariado y otros Estados. Por parte de los oprimidos, existe reticencia a hablar de un "enemigo", aun cuando este sea muy real, esté fuertemente armado y no tema declarar y librar guerras o ejercer la represión.

Finalmente, Lazzarato señala que la relación entre acreedores y deudores constituye la relación principal del capitalismo contemporáneo, de manera transversal a la composición de clase. Esa relación ejerce una doble explotación: a la descrita por Marx —capital-trabajo—, por las feministas —hombre-mujer— y por las teorías post y decoloniales —blanco/no blanco—, se suma la de la deuda que debemos asumir para la vivienda, el automóvil, la jubilación.

Al mismo tiempo, produce y moldea los comportamientos del deudor, tanto a nivel individual como a nivel de súbdito del Estado. Obliga a realizar gastos individuales y colectivos compatibles con el hecho de que las deudas deben pagarse. La relación acreedor-deudor también funciona en las relaciones entre Estados. "De eso saben bastante ustedes en Argentina", apunta.

Se necesita una fuerza y una voluntad política a la que le cuesta emerger, precisamente porque la relación de poder acreedores/deudores ha dejado fuera de juego al movimiento obrero, pensado u organizado a partir de la fábrica y del trabajo industrial.

Para tener una estrategia política se necesitaría, primero, tener claro en qué capitalismo vivimos. Una vez identificado el enemigo y su funcionamiento, se pueden plantear propuestas de lucha y de organización.

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