El duende de la plaza 9 de Julio: el día que hizo temblar Salta con un cañonazo
Se creía que el duende de la plaza 9 de Julio solo hacía travesuras menores, pero una noche encendió un cañón y despertó a toda Salta. La historia que pocos recuerdan.
Durante décadas, los salteños culparon a un ser invisible de las peores travesuras: desde burros desbocados hasta campanazos fúnebres a medianoche. Nunca se supo dónde vivía, pero su fama de embaucador cruzó generaciones.
La plaza 9 de Julio fue su territorio durante años. Sin embargo, su leyenda es anterior a las palmeras que hoy la adornan. Algunos aseguraban que dormía entre las hojas secas de las palmeras, pero esa teoría se desmoronó cuando alguien recordó que sus fechorías ya eran famosas antes de que se plantaran esos árboles, a fines del siglo XIX.
Otros sostenían que había sido inquilino del Cabildo hasta que el edificio quedó abandonado. La mayoría, en cambio, creía que vivía en la ex iglesia de los Jesuitas, desocupada desde la expulsión de la orden en 1767. La idea de que un duende ocupara un lugar sagrado generó debate, pero ninguna de las hipótesis pudo comprobarse. Lo cierto es que los vecinos de antaño sufrieron sus picardías y que, en algún momento, el duende dejó su hogar para volverse callejero.
Los cocheros, sus víctimas predilectas
Los cocheros lo tenían entre ceja y ceja. El duende no perdía oportunidad de mortificarlos, especialmente cuando mezclaban trabajo con bebida. Si los veía entrar a un bodegón, ya sabía que algo les haría. Podía robarles los carruajes y abandonarlos en las afueras de la ciudad, o cambiar los caballos de lugar: ataba el animal a otro coche, de modo que el conductor, ebrio, terminaba en la puerta de la casa de un colega.
Otra de sus andanzas consistía en llevarse los caballos que pastaban en un descampado al final de la jornada. Con lazo en mano, los conducía hasta algún edificio importante del centro y los amarraba en la entrada del hotel más lujoso de la época o en la recova del club más distinguido, que no era el Club 20 de Junio.
Burros desbocados y leña por las calles
Hasta mediados del siglo XX, los leñateros bajaban cada mañana del portezuelo con sus burros cargados de leña para vender a domicilio. El duende disfrutaba azuzando enjambres de tábanos contra los animales durante el reparto. Los burros enloquecían, pateaban y corcoveaban, sembrando la leña por todas las calles antes de huir despavoridos hacia el otro lado del San Bernardo.
El problema no terminaba con el desparramo: los animales, de buena memoria, se negaban a volver al lugar donde habían sido atacados. Ni siquiera en sus corrales aceptaban que les cargaran una sola rama. Se tiraban panza arriba y no había fuerza humana que los convenciera de pararse. Podían quedarse horas así con tal de no enfrentar a los tábanos. Según decían, el duende odiaba a los burros porque dejaban las calles y la plaza llenas de inmundicia y un olor insoportable.
El cañonazo que despertó a todos
Una madrugada de fiesta patria, a fines del siglo XIX, la Guardia Nacional había instalado cañones frente al Cabildo para la salva de 21 cañonazos del amanecer. Las piezas estaban cargadas con pólvora y tacos de pasto. Mientras la ciudad dormía, el duende se acercó a uno de los cañones y encendió la mecha con su mano de fierro. La explosión fue tan grande que hizo temblar hasta los cimientos del cerro San Bernardo.
Los salteños despertaron aterrados y algunos gritaron: «¡Son los Varela! ¡Los Varela!». Desde lo alto se oían las risotadas del duende, que nunca pudieron localizar.
Campanas que anunciaban desgracias falsas
Las campanas eran otro de sus juguetes. El duende conocía el código campanero a la perfección y las hacía sonar a cualquier hora para anunciar agonías, duelos, incendios, invasiones o entierros. Lo más cruel era cuando, tras tañir el estado de agonía de alguien, se instalaba en el campanario y tocaba a duelo. Los vecinos, angustiados, corrían a la casa del supuesto difunto con calas compradas en la florería «Paradis des fleurs», en la calle del Comercio (Caseros).
Así continuó con sus diabluras hasta que llegó el tranvía. Fascinado por aquel «machinato», una noche se subió a su culata y viajó hasta el río Arias. Allí se bajó y se perdió en la oscuridad. Durante mucho tiempo no se supo más de él.