El drama oculto detrás de la caída de homicidios en Rosario: ¿qué cambió realmente?
Los homicidios en Rosario cayeron de forma inédita, pero ¿qué hay detrás de la calma? Una historia de narcotráfico, desesperación y preguntas sin respuesta.
Rosario dejó de matar. Las estadísticas muestran una baja inédita de homicidios, pero detrás de la calma persiste una pregunta incómoda que nadie quiere responder. ¿Qué pasó en la ciudad que durante años amaneció con muertos como si fueran parte del pronóstico del tiempo?
El celular del cronista estalla con mensajes de Clara, una mujer de zona norte, madre de dos hijos y esposa de Juan, un hombre postrado en cama, tullido por el delito. En su casa, rodeada de gente que entra y sale con ritmo narcocomercial, el peligro convive con el hambre y la soledad. “Va a haber sangre”, escribe Clara un domingo a las siete y media de la mañana, mientras el que promete matar es un familiar del propio Juan.
¿El Estado recuperó el control?
La respuesta más sencilla atribuye el cambio al endurecimiento del Estado: más presencia policial, más controles, más inteligencia criminal y un régimen penitenciario más severo para los jefes narco. Nadie niega que el Estado recuperó autoridad donde antes cedía terreno. Pero la violencia no desaparece solo porque un gobierno haga mejor las cosas.
Las organizaciones criminales aprenden, mutan y se adaptan. Tienen abogados y contadores. Cuando la confrontación deja de ser rentable, cambian sus reglas. “Cuando salís en los diarios, tu negocio se debilita”, solía decir un abogado penalista a sus clientes. El narcotráfico es un mercado ilegal que necesita estabilidad. Si el costo de la violencia supera al beneficio, aparecen nuevos equilibrios. No necesariamente buenos, solo distintos.
La demanda olvidada
Durante años se concentró toda la atención en quienes venden droga. El espacio para atender a quienes la consumen es mínimo. Se combate la oferta con enorme energía, pero la demanda casi nunca es atendida con la misma intensidad. Mientras exista un mercado dispuesto a comprar, siempre aparecerá alguien dispuesto a vender. El problema deja de ser policial: se vuelve sanitario, educativo, familiar y cultural.
Una vecina de Clara alerta al cronista: “Ella no es víctima de los narcos, ella también vende. Se lleva al bebé a varias cuadras y esconde en el carrito las dosis de droga”. La descripción acorrala aún más a los desesperados.
¿Milagro o estrategia?
Algunos creen en los milagros. “Lo que sucede en las cárceles con pastores y sacerdotes es muy fuerte. Ellos logran otra forma de domar a las bestias”, dice en off un miembro del servicio penitenciario. Rosario no dejó de ser insegura, pero ya no parece vivir bajo la amenaza permanente de una organización criminal dispuesta a convertir cualquier jornada en una demostración de fuerza.
Clara pide consejos por teléfono: “¿Qué hago? ¿Dónde lo llevo? ¿Quién me puede ayudar?”. Su marido postrado, conviviendo con el fiero negocio narco, solo piensa en un milagro para huir de ese hoyo. Este texto se terminó de escribir a la hora del desayuno de esa familia que habla de Dios con la misma frialdad que menciona la palabra sangre.