El drama de las familias argentinas: qué productos dejaron de comprar para llegar a fin de mes
¿Qué productos dejaron de comprar las familias argentinas para llegar a fin de mes? Un estudio revela los rubros más castigados y las estrategias de supervivencia que adoptan los hogares.
Ni un asado, ni ropa nueva, ni una salida al cine. El consumo en los hogares argentinos se transformó en una lucha diaria por sobrevivir al bolsillo. Un estudio revela cómo los sectores medios y bajos recortaron hasta seis categorías de gasto y ahora planifican cada compra como si fuera la última.
La escena se repite en supermercados, almacenes y ferias barriales: una persona entra con una lista breve, mira primero el precio, compara tamaños, revisa promociones, deja un producto en la góndola y vuelve a calcular. En muchas familias argentinas, el consumo dejó de organizarse alrededor de lo deseado y pasó a ordenarse en función de lo posible.
“Hace mucho que no podemos llenar el changuito”, dicen algunos de los hogares relevados por un estudio de la consultora Youniversal junto a Ser Prójimo Asociación Civil. La frase resume un cambio profundo en la economía doméstica de los sectores populares. Ya no se trata únicamente de comprar menos, sino de decidir todos los días qué entra, qué queda afuera, qué se reemplaza y qué se intenta preservar.

¿Cuánto recortaron los hogares?
El informe se concentró en hogares de ingresos medios bajos y bajos: C3 (clase media baja), D1 (clase baja superior) y D2/E (sectores más bajos), tres escalones consecutivos del último sector de la pirámide social argentina. A partir de datos de comportamiento, observación de hábitos y testimonios, analizó cómo reorganizan el consumo cuando el presupuesto se reduce.
En abril de 2026, una familia tipo de cuatro integrantes necesitó $1.469.767,89 para cubrir la Canasta Básica Total y $665.053,35 para cubrir la Canasta Básica Alimentaria, según el INDEC. Ese mismo mes, las ventas de consumo masivo cayeron 3,8% interanual y acumularon una baja de 3,3% en el primer cuatrimestre, de acuerdo con Scentia.
Según el relevamiento, en lo que va del año los hogares C3 recortaron en promedio 5,5 categorías de consumo. En los hogares D1, el ajuste llegó a 6,35 categorías. Solo el 6% de los hogares D1 aseguró no haber reducido ningún gasto. En C3, ese porcentaje alcanzó el 13%. Los principales recortes aparecen en ropa y calzado, alimentos no esenciales, salidas, ocio, cuidado personal y productos para el hogar.
Para Ximena Díaz Alarcón, CEO y cofundadora de Youniversal, la cantidad de rubros ajustados al mismo tiempo es una señal de profundidad. “En marzo de 2026, los hogares C3 recortaron en promedio 5,5 categorías de consumo, y los D1 llegaron a 6,35. Ese número importa no solo como magnitud sino como señal de profundidad. Cuando la restricción toca simultáneamente alimentación, cuidado personal, ocio y vestimenta, ya no estamos ante un ajuste selectivo: estamos ante una reorganización sistémica de la vida cotidiana”, explica.

La compra del día y el nuevo mapa del hogar
Uno de los cambios más visibles aparece en la alimentación. La carne vacuna, asociada durante décadas a la mesa familiar argentina, dejó de ocupar un lugar cotidiano en muchos hogares y fue reemplazada por alternativas más económicas. “A vos te parece… no poder comer carne, ni un asado se puede hacer”, resume Alan, de 35 años, en uno de los testimonios recogidos por el estudio.
Las alitas de pollo aparecen de manera reiterada como reemplazo posible. “Vamos a salir volando de comer alitas”, ironiza un grupo de mujeres de entre 30 y 45 años. La frase tiene humor, pero también marca una pérdida. Para muchas familias, la carne no funciona solo como alimento: también es una medida doméstica del bienestar.
La reducción de alimentos no esenciales muestra otro desplazamiento. Galletitas, bebidas, snacks, postres, cortes más caros o productos asociados al gusto cotidiano son los primeros en quedar afuera. La marca también perdió centralidad. “Entro al chino y busco lo más barato que encuentre”, dice uno de los testimonios. “Ya casi no miramos marcas, miramos precios”, repiten otros hogares.
En los sectores C3, el estudio detecta mayor predisposición a probar marcas nuevas, cambiar formatos y comprar envases más pequeños. En los hogares D1, en cambio, predomina una lógica defensiva: sostener lo básico, evitar errores de compra y priorizar los productos que resuelven necesidades inmediatas.
La diferencia también se observa en el territorio. “En el AMBA encontramos más opciones de sustitución, mayoristas, plataformas de reventa mientras que en el interior y zonas periurbanas, donde la oferta formal escasea, las adaptaciones tienden a ser más comunitarias”, señala Díaz Alarcón.

Estrategias de supervivencia cotidiana
Según el relevamiento, el 39% declara estar más atento a promociones y descuentos, el 37% compra únicamente lo necesario para el día, el 35% prioriza segundas marcas y el 31% compra más en mayoristas. Díaz Alarcón vincula ese comportamiento con la falta de previsibilidad. “El 37% de los hogares declara comprar únicamente lo necesario para el día y esto responde a un horizonte muy corto. Cuando no existe previsibilidad de precios ni confianza en la continuidad del ingreso, el horizonte se contrae al presente inmediato”, afirma.
Los cambios también se ven en productos de limpieza y cuidado personal. Frente al aumento de precios, muchas familias reemplazan productos líquidos por jabón en barra, diluyen detergentes o compran presentaciones más pequeñas. “Compré cinco cosas: dos toallitas, un jabón, un shampoo y un desodorante… gasté 25 lucas”, cuenta una de las personas entrevistadas.
La vestimenta es otra categoría resignada. Se compra menos ropa nueva, se alargan los ciclos de uso, se recurre a ferias, donaciones, reventa o intercambio entre familiares. El ocio también se contrae: salidas, comidas fuera del hogar, entretenimiento pago y plataformas de streaming aparecen entre los rubros ajustados.
Ese cambio tiene impacto emocional. En los sectores D1, el malestar aparece asociado a la dificultad objetiva para llegar a fin de mes. En los C3, además, se suma una frustración aspiracional: la percepción de haber perdido cercanía con la idea de clase media. Gonzalo Vidal Meyrelles, fundador de Prójimo, lo plantea como una transformación de la identidad de consumo. “No es solamente ajuste. En muchos casos aparece la percepción de descenso social. La caída no se mide solo en ingresos, sino en todo aquello que las personas sienten que dejaron de poder sostener”, señala.

Jóvenes que trabajan por necesidad
El estudio también detecta un fenómeno creciente: adolescentes y jóvenes que empiezan a generar ingresos desde edades tempranas. Venta de ropa, ferias barriales, reventa, changas y servicios de proximidad aparecen como formas habituales de cubrir gastos propios o aliviar la economía familiar. “La crisis acelera procesos de adultez. Muchos chicos empiezan a trabajar no como experiencia o aprendizaje, sino como necesidad concreta para sostener consumos básicos”, señala Vidal Meyrelles.
En ese contexto, cada hogar define sus propios innegociables. Algunos preservan la comida de los chicos. Otros priorizan conectividad para estudiar o trabajar. Los hogares relevados no se limitan a recortar. También desarrollan estrategias: compran por día para evitar quedarse sin efectivo, aprovechan descuentos cuando aparecen, combinan comercios, prueban marcas nuevas, vuelven a los envases chicos, diluyen productos, cocinan para hacer rendir, venden lo que ya no usan, aceptan changas, comparten información de precios y se apoyan en redes cercanas.
“La gente ya no entra a comprar pensando qué quiere. Entra pensando qué puede sostener. Aparece una lógica de administración extrema, donde incluso productos básicos empiezan a percibirse como un lujo”, concluye Díaz Alarcón.