El día que un enfermero puntano de 18 años sacó a los sobrevivientes del Belgrano
A los 18 años, este sanluiseño se subió a un buque hospital y rescató a los sobrevivientes del crucero Belgrano. Lo que vio en cubierta, con 14 grados bajo cero, todavía lo persigue.
Roberto Calderón tenía 18 años y era enfermero naval cuando recibió la orden que le cambió la vida: subir al buque polar ARA Bahía Paraíso y salir a rescatar a los sobrevivientes del crucero General Belgrano. “Nos dimos cuenta que estábamos en guerra recién cuando llegamos al punto en que habían hundido el crucero Belgrano”, recuerda este sanluiseño que hoy, décadas después, sigue contando su historia en escuelas y asociaciones civiles.
Su relato arranca mucho antes, en el barrio Pueblo Nuevo de la capital puntana. Roberto era el menor de cuatro hermanos. El mayor se fue a Neuquén y se incorporó a Gendarmería; un año después, otro siguió el camino de la Marina. Él se quedó junto a su madre y su hermana, hasta que en 1979, con 14 años y trabajando en un aserradero, decidió imitar a sus hermanos y anotarse en la fuerza.
Con 15 años y el curso de ingreso aprobado, partió a la Escuela de Mecánica de la Armada en la Ciudad de Buenos Aires. “De acá de San Luis fuimos más o menos 40 chicos y quedamos 15”, cuenta sobre aquella camada que se fue achicando en el período selectivo. Cuando llegó el momento de elegir especialidad, pidió mecánico o electricista, pero la fuerza le asignó enfermería.
La adaptación no fue sencilla. “Fue muy traumático porque mirás para los costados y estás solo”, confiesa. Su primer regreso a San Luis, a los tres meses, le mostró una ciudad que le pareció distinta: “Pero no era la ciudad, era yo”, reflexiona.
Tras dos años y medio de formación en una base de Bahía Blanca, en 1982 se recibió de enfermero naval. Su primer destino fue la Base Aeronaval de Punta Indio, donde hacía intervenciones menores. Una guardia en la sala de enfermería le cambió la rutina: debía incorporarse al Bahía Paraíso junto a medio centenar de enfermeros.
El buque hospital y el frío de 14 grados bajo cero
Durante tres días trabajaron sin pausa para convertir el navío en buque hospital de la Flota de Mar. Partieron hacia la Base Naval Ushuaia y, mientras estaban amarrados al muelle, les dieron franco para conocer el pueblo. Fue entonces cuando cayó la orden: había que rescatar al Belgrano.
Al llegar al punto del hundimiento, la tarea era turnarse en cubierta para enganchar las balsas con una caña, subir a los sobrevivientes y después hundir los botes. El frío no daba tregua: “En cinco minutos ya teníamos las manos negras. Creo que en un momento hacía 14° bajo cero. Y más con el mar picado”, con olas de 10 o 15 metros, describe.
Entre los caídos había un amigo de la infancia, también de San Luis, que había viajado con él. Otro compañero de Punta Indio logró sobrevivir.
La experiencia en el quirófano fue igual de cruda. “Ahí te haces la experiencia de todo. Había que alcanzarle el material al instrumentista y no teníamos ni idea. Había que arreglarse con lo que teníamos y con las indicaciones que daban los médicos. La parte teórica, una sola clase o dos clases y listo. Al quirófano”, relata.
A la tarea médica se sumaba la contención emocional de los heridos. “Veía pibes de mi edad, yo tenía 18 años, a los que agarraba como una bolsa de papas de veinte kilos. Hacíamos pasamanos como si nada. Estaban muy delgaditos, desnutridos”.
El operativo tenía una logística precisa: “No estábamos amontonados. Cada uno tenía que cumplir un rol. Saber lo que tenía que hacer. Entonces no teníamos tiempo de pensar nada. Llevábamos a los sobrevivientes o fallecidos a una mesa de clasificación, donde se corta la ropa con tijeras de podar porque está todo tan pegado a la piel. Luego se le iba dando calor y vistiéndolo progresivamente. Dándole alimentos. Todo progresivamente”.
Cuando ya no quedaban posibilidades de rescatar a más personas, regresaron al continente y atracaron en el muelle de Punta Quilla, en Santa Cruz. Desde allí hicieron varios viajes más a la zona de conflicto para llevar víveres y traer heridos.
El reencuentro con su hermano en el frente
En una de esas misiones pudo ver a su hermano, que estaba en el frente de batalla en Monte Kent. “Estaba muy delgadito, siempre fue delgadito, pero lo vi con todo ese armamento… y estuvimos ahí, que se yo, lo dejaron porque era muy especial que estuvieran dos hermanos y, como quien dice, ‘te despediste’”, recuerda. Ambos volvieron con vida.
Terminada la guerra, Roberto se escapó de su base para viajar a San Luis. Pidió monedas para costear el pasaje y, al llegar a la terminal, caminó hasta la casa de su padre en Pueblo Nuevo. “Cuando me vieron fue algo muy lindo, supongo que a más de uno le habrá pasado, pero para mí fue algo muy especial. No me olvido nunca. Como yo era el más chico el recibimiento fue el doble digamos”. El regreso le costó varios días de arresto al volver a su base.
A fines de 1984, cuando su contrato con la Armada terminó, decidió no renovarlo y comenzó una vida civil en Buenos Aires. Allí se desenvolvió en varias clínicas y centros médicos.
En sus visitas a San Luis, la casa paterna les quedó chica. Con su hermano compraron un terreno en Potrero de los Funes, donde Roberto edificó una casa con su esposa e hija. A mediados de 2010 se instaló definitivamente en la provincia y desde entonces malviniza en escuelas y asociaciones civiles.
“Me gusta mucho. Todo depende con quién vaya. Si voy con gente a la que realmente conozco, la paso re bien. Si no, prefiero ir solo y contar la función que cumplí. No puedo decir más”, dice sobre esas charlas, que adapta según el público, sobre todo cuando son chicos.
Con los años encontró contención en profesionales de la salud: “Tuve muy buenos médicos, muy buen psicólogo y muy buen psiquiatra que atienden a los veteranos”. En 2015 pudo volver a Malvinas, en un viaje que lo ayudó a cerrar una etapa. “Me ayudó mucho, no sé, terminé de cerrar un libro me di cuenta, pero otros veteranos no”.
Hoy, a los 61 años, Roberto Calderón resume su vida en una frase: “Mi historia es mi legado”.