El día que se va un perro: por qué el dolor puede durar años
Se suele creer que el dolor por la muerte de una mascota se mide por el tamaño del animal o los años de convivencia. Una psicóloga especializada en duelos explica por qué eso no es así y qué pasa con quienes quedan atrapados en los "y si...".
La muerte de una mascota puede desatar un duelo tan profundo como el de cualquier vínculo afectivo. La psicóloga Andrea Benítez, especializada en procesos de duelo, explicó a PRIMERA EDICIÓN que la intensidad del dolor no depende de que se trate de un animal, sino del lugar que ocupaba en la vida cotidiana y del vínculo construido con el tiempo.
"Para duelar o hacer un proceso de duelo tenemos que tener en cuenta el vínculo y la calidad que este nos retorna", señaló la especialista. Y marcó una diferencia clave: no es lo mismo un animal que permanece fuera de la vivienda por una función determinada que aquel que participa de las rutinas, las decisiones y las actividades de todos los días.
Cuando el animal forma parte de la organización cotidiana y las decisiones familiares, el vínculo adquiere mayor cercanía. Por eso, ante la muerte, "el dolor cuando este ser no está va a ser mucho más grande", explicó Benítez.
De regalo a integrante de la familia
La transformación de ese vínculo cambió la manera en que muchas personas entienden hoy a los animales dentro del hogar. Benítez consideró válido que sean reconocidos como integrantes de la familia e incluso comparados con el lugar de un hijo, porque quienes conviven con ellos asumen responsabilidades de alimentación, cuidado, salud y protección. "No los hemos traído al mundo, pero cumplimos ese rol para ellos", sostuvo.
La especialista vinculó este cambio con las transformaciones sociales y familiares de las últimas décadas. Antes los animales podían ser vistos como un regalo o incluso como un objeto más dentro de la casa; con el tiempo comenzaron a ocupar un espacio afectivo diferente. "Los animales nos enseñan a amar y a compartir sin palabras", afirmó Benítez, al destacar que no juzgan ni corrigen y que el vínculo se construye principalmente desde el afecto.
Los "y si..." que atrapan el dolor
Cuando ese animal muere, las reacciones pueden ser muy diferentes y dependen de múltiples factores personales. La manera en que cada individuo atravesó experiencias anteriores, cómo gestiona sus emociones y el tipo de apego que desarrolló influyen en el proceso. Entre las emociones que pueden complejizarlo, la psicóloga mencionó especialmente la culpa y los apegos.
Uno de los aspectos que pueden aparecer con mayor fuerza son los llamados pensamientos contrafácticos, expresados en preguntas sobre lo que podría haberse hecho de otra manera. Benítez describió a las personas que quedan atrapadas en los "y si...", como "y si hubiera ido", "y si hubiera hecho" o "y si lo hubiera visto", situaciones que mantienen el dolor y dificultan el avance del proceso.
La profesional también señaló que en algunos casos la reacción ante la muerte de un animal puede ser muy intensa, incluso llegar a expresiones de violencia, por ejemplo contra el veterinario. Sin embargo, consideró que cuando se producen episodios de este tipo, especialmente en contextos complejos, es necesario observar qué sucede dentro del grupo familiar porque el animal puede actuar como detonante de conflictos que ya existían previamente.
En los casos que le tocó acompañar, Benítez encontró una situación diferente: personas atravesando un profundo dolor en soledad. "Gente que está sola, que no tiene con quién hablarlo, que con quién lo habla lo juzga", describió, al referirse a quienes además de afrontar la pérdida deben lidiar con la falta de comprensión de su entorno.
Un duelo sin receta
El acompañamiento, explicó, no puede ser igual para todas las personas porque el duelo se construye a partir de las emociones y circunstancias particulares de cada caso. Aunque existen etapas y sentimientos propios de estos procesos, la forma en que se manifiestan cambia de acuerdo con la historia y el vínculo de cada persona. "Hay personas que, por ejemplo, tienen mucha más culpa, hay personas que sienten haber hecho todo pero tienen mucho apego", indicó.
La culpa puede aparecer también vinculada con decisiones tomadas durante los últimos momentos de vida del animal, especialmente cuando la persona considera que pudo haber actuado de otra manera. En esos casos, el trabajo consiste en identificar qué emociones están interfiriendo en el proceso y acompañarlas, en lugar de intentar establecer una única manera correcta de atravesar la pérdida.
La intensidad del duelo tampoco depende exclusivamente del grado de parentesco o de la cercanía formal entre las personas. Benítez explicó que, frente a la muerte de un adulto con quien existió un vínculo distante, pueden aparecer tristeza, nostalgia o preguntas sobre aquello que quedó pendiente, aunque eso no necesariamente impide elaborar la pérdida. "Extrañarlo un domingo o no poder ir a la casa porque ya no está" son, según señaló, manifestaciones naturales de la tristeza.
El duelo que aparece años después
Las muertes inesperadas constituyen otro escenario que puede modificar los tiempos del duelo. De acuerdo con la psicóloga, cuando una persona recibe una pérdida repentina puede permanecer en estado de shock durante un período prolongado, con la sensación de que lo ocurrido todavía no terminó de suceder. Esa situación puede retrasar la elaboración y hacer que el dolor aparezca con mayor claridad mucho tiempo después.
Benítez explicó que algunas personas pueden continuar con sus actividades cotidianas y postergar el impacto emocional durante años hasta que finalmente logran tomar conciencia de lo sucedido. "Hay personas que lloran o caen en la cuenta después de dos o tres años de que esto pasó", señaló, y remarcó que recién entonces puede comenzar el proceso de duelo propiamente dicho.
En este contexto, la búsqueda de acompañamiento profesional aparece como una alternativa cada vez más presente frente a las pérdidas. La especialista consideró que existe una mayor conciencia sobre la importancia de la salud mental, pero también observó que las transformaciones sociales dejaron a muchas personas con menos redes de contención.
"Cada vez como que están más solos" y con menos espacios para compartir el dolor, la posibilidad de pedir ayuda se vuelve una herramienta para atravesar procesos que muchas veces ya no se transitan acompañados por la familia, los amigos o los vecinos.
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