El día que Freud pensó que no saldría vivo: la carta que lo cambió todo

Una enfermera escuchó que le quedaban tres meses de vida. Lo que hizo después...

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El día que Freud pensó que no saldría vivo: la carta que lo cambió todo
El día que Freud pensó que no saldría vivo: la carta que lo cambió todo

El 22 de marzo de 1938, su hija Anna fue detenida por la Gestapo y Sigmund Freud vivió lo que su biógrafo Ernest Jones llamó “su día más negro”. Tenía 81 años, un cáncer de laringe que ya lo había sometido a más de treinta operaciones y una decisión pendiente: exiliarse o morir en Viena.

Freud era uno de los principales enemigos del nazismo. Judío, fundador del psicoanálisis, su figura era conocida y respetada en buena parte del mundo. Tras la anexión de Austria al Reich, en marzo de 1938, los nazis impulsaron su expulsión. Sus libros ardieron en las hogueras donde se quemaba la intelectualidad alemana.

Pero él no quería irse. Ni siquiera aceptaba abandonar Viena, donde aún se alza su casa, hoy convertida en museo. Sus amigos y discípulos, que aspiraban a que se exiliara en Londres, debían convencerlo y, al mismo tiempo, conseguir de los nazis un permiso de salida y lograr que lo dejaran cruzar la frontera.

El allanamiento y la respuesta de Martha

A inicios de 1938, los nazis allanaron su casa y le obligaron a abrir la caja fuerte. Encontraron un botín magro: seis mil chelines. El saqueo lo evitó su mujer, Martha Bernays, madre de sus seis hijos, que con extrema cortesía dijo a los intrusos: “¿No quieren los señores servirse de algo?”. La Gestapo se llevó detenido a Martin, el hijo de Freud, a quien interrogaron durante todo un día.

Regresaron el 22 de marzo con el pretexto de buscar documentos antinazis que no hallaron. Se llevaron detenida a Anna, que con los años sería una brillante psicoanalista infantil. Fue entonces cuando Jones encaró a su maestro. “Mantuve de inmediato una conversación de una gran franqueza. Tal como yo había temido, él se inclinaba a permanecer en Viena. A mi primer alegato sobre que él no estaba solo en el mundo, que su vida era muy cara a mucha gente, me contestó con un suspiro: ‘¡Solo! ¡Si yo estuviera solo, hace mucho tiempo que ya me habría despedido de la vida!’”, recogió Jones en su biografía.

Jones no solo intentaba convencerlo. Semanas antes había hablado con el embajador de Estados Unidos en Viena, William Christian Bullit, amigo de Freud y del presidente Franklin Roosevelt. Roosevelt instruyó al secretario de Estado, Cordell Hull, para que hiciera saber a las autoridades alemanas que cualquier maltrato a Freud se convertiría en un escándalo mundial.

Con Anna en manos de la Gestapo, Freud temblaba, se paseaba por su casa, fumaba un cigarro tras otro. Según Jones, padre e hija tenían una relación muy íntima: “Entre ellos reinaba una comprensión y simpatía profundas, pero calladas”. En medio de la desesperación, Freud empezó a seleccionar los libros que cargaría cuando marchara a Londres, mientras se preguntaba si Anna era torturada.

El documento humillante y la ironía final

Anna volvió a casa a las siete de la tarde de aquel 22 de marzo. Su padre anotó en su diario: “Anna en la Gestapo”. Había llegado el momento de partir. El 4 de junio de 1938, junto a su mujer y su hija, inició el viaje al exilio. Antes, como condición para el visado, debió firmar un documento nazi que afirmaba que había sido tratado con todo respeto y consideración, que había vivido y trabajado en completa libertad y que no tenía motivo de queja. Nada era verdad. Freud preguntó si podía agregar una frase y escribió: “De todo corazón puedo recomendar la Gestapo a cualquiera”.

A las tres de la mañana del 5 de junio cruzaron la frontera a bordo del Orient Express. En Londres se instaló en el 39 de Elsworthy Road, una casa con jardín. Paseaba a diario y hasta se permitió una humorada: “Casi estoy tentado de gritar Heil Hitler”.

Le quedaba un año y dos meses de vida. Lo visitaron H. G. Wells, Stefan Zweig y el líder sionista Jaim Weizmann. El 19 de julio, Zweig le llevó a Salvador Dalí, que hizo un boceto de Freud y le dijo que su cráneo le recordaba a un caracol. Freud le escribió luego a Zweig: “Este joven español, con sus cándidos ojos fanáticos y su innegable maestría técnica, ha logrado cambiar mi valoración”.

En marzo de 1939 el cáncer se volvió inoperable: le extirparon parte de la mandíbula y vivió con una prótesis. Ese mes envió un saludo a la Sociedad Psicoanalítica de Londres: “Pero, como somos impotentes ante el destino, tenemos que aceptar lo que este nos depara”.

En agosto se derrumbó. Jones recordó: “El cáncer se abrió camino a través de la mejilla hasta la cara externa y el estado séptico aumentó. El agotamiento era extremo y el sufrimiento, indescriptible”. El 21 de septiembre, Freud habló con su médico Max Schur: “Querido Schur, usted recordará nuestra primera conversación. Usted me prometió que me ayudaría cuando yo ya no pudiera soportar más. Ahora es sólo una tortura y ya no tiene ningún sentido”. Schur le prometió cumplir el pacto. “Cuéntele a Anna nuestra conversación”, dijo Freud.

A la mañana siguiente, Schur le aplicó una dosis de morfina. Murió poco antes de la medianoche del 23 de septiembre de 1939. Sus cenizas se depositaron en un ánfora griega en el cementerio laico de Golders Green, en Londres. Junto a él descansa Martha Bernays.

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