El día que el Locomotora Castro parecía acabado y dio el KO más increíble de la historia

El estadounidense John David Jackson lo tenía contra las cuerdas y parecía noqueado. Pero el Locomotora Castro sacó de la galera dos golpes que cambiaron la historia del boxeo argentino para siempre.

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El día que el Locomotora Castro parecía acabado y dio el KO más increíble de la historia
El día que el Locomotora Castro parecía acabado y dio el KO más increíble de la historia

Jorge "Locomotora" Castro murió en la madrugada de este miércoles a los 59 años, después de descompensarse en un bingo del Gran Buenos Aires. Con él se va uno de los últimos grandes ídolos del boxeo argentino, el hombre que convirtió el caos en épica y que dejó una de las páginas más recordadas del deporte de los puños.

El veredicto de un maestro

El historiador y periodista Julio Ernesto Vila lo definió sin vueltas: "La historia de Castro puede ser conceptuada de manera única y sin precedentes, quizás, en el mundo entero. Llegó a campeón mundial, alternó con los mejores dignamente, sin haber entrenado ni aprendido a boxear, seriamente hablando. En él, todo fue y es instinto".

No era una exageración. Castro fue la cara visible de una generación dorada que también integraron Látigo Coggi, Julio César Vásquez y Marcelo Domínguez, en tiempos en que el Luna Park todavía vibraba. Pero él era distinto: el que huía del gimnasio, el que apostaba todo a la intuición, a la potencia y a una picardía irrepetible.

Su sello personal era jugar con fuego. Se hacía el sentido contra las cuerdas para que el rival se confiara, y en el descuido resurgía para dar vuelta la pelea. Con esa resistencia y un corazón que no le cabía en el pecho, transformaba cualquier tormenta en hazaña.

Del sur al estrellato

Llegó desde Caleta Olivia, en el sur profundo, y su irrupción revitalizó el boxeo argentino. El 28 de mayo de 1988, para su debut porteño en el legendario estadio de la Federación Argentina de Box, una fila interminable de fanáticos se estiraba por avenida Rivadavia. Todos querían ver al invicto que venía del frío. Así arrancó una carrera de más de 140 peleas como profesional, una cifra impensable para los estándares actuales.

En 1994, un triunfo controvertido en Tucumán ante el estadounidense Reggie Johnson le dio el título mundial del peso mediano. Lo defendió en su tierra ante el ignoto Alex Ramos con un KO sencillo. Y un mes después llegaría la consagración planetaria.

Monterrey: la noche que parecía perdida

Era el 10 de diciembre de 1994. El estadio de béisbol de Monterrey esperaba a su ídolo, Julio César Chávez, pero Castro se robó el show. El estadounidense John David Jackson le estaba dando una paliza que se reflejaba en su rostro entumecido, casi irreconocible. El árbitro Stanley Christodolou —aquel cuya camisa quedó manchada con la sangre de Víctor Galíndez en la épica ante Mike Rossman en 1978— seguía la pelea de cerca.

En el noveno asalto, Jackson parecía querer castigarlo sin prisa. Conectó una izquierda en el centro del ring y Castro tambaleó hacia las cuerdas. Entonces, cuando todo estaba perdido, el argentino se jugó dos golpes: la derecha pasó de largo, pero la izquierda en cross derribó al estadounidense, que quedó boca arriba mirando la noche mexicana.

Jackson se levantó con un bailoteo frágil. Quedaban 38 segundos cuando llegó la segunda andanada: dos ganchos de derecha al cuerpo lo mandaron otra vez a la lona, esta vez en cuatro patas. Christodoulou lo tomó de la mandíbula, le revisó la mirada, titubeó, pero le dio el pase. Un gancho ascendente terminó con todo. Jackson cayó por tercera vez. Restaban 20 segundos para el final del asalto y Castro consumaba una victoria heroica que la revista The Ring premió como pelea del año.

Velocidad, excesos y un final sin freno

Después de Monterrey, la vida fue a toda máquina. Literalmente: varios accidentes viales de los que salvó su vida de milagro, las cámaras, la fama, los excesos. Castro en estado puro. Su carrera siguió muchos años, pero nunca le interesó cambiar su forma de ser. Le alcanzaba con unos días de gimnasio, su intuición y su coraje.

Hizo un par de defensas y perdió el título en Japón ante un retador discreto como Shinji Takehara. Mal preparado, prefirió rodearse de familiares antes que de profesionales en su rincón. Rompió con Osvaldo Rivero, el promotor que lo había llevado a la gloria, y empezó a manejarse solo.

Vinieron los años de tentaciones y una vida al límite. Siguió boxeando, subiendo categorías contra lo que indicaba su biología. Se midió dos veces con un veterano Roberto "Mano de Piedra" Durán y tuvo dos oportunidades mundialistas en peso crucero, con el cubano Juan Carlos Gómez y el ruso Vassily Jirov, en las que perdió con claridad.

Peleó hasta los 40, pero su figura de boxeador ya había sido desplazada por el personaje mediático que animaba cualquier programa de televisión. Pese a que su indisciplina le impidió alcanzar logros mayores, el boxeo mundial no olvida a los que le dieron prestigio. Y Jorge Castro, con aquella muestra de coraje en Monterrey, se ganó un lugar en el olimpo de los puños.

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