El desierto sanjuanino esconde un desafío que muy pocos logran vencer

A 30 kilómetros de la ruta, un paraje que muchos desconocen se convirtió en el desafío favorito de los amantes del 4x4. Pero hay una regla que nadie se anima a romper.

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El desierto sanjuanino esconde un desafío que muy pocos logran vencer
El desierto sanjuanino esconde un desafío que muy pocos logran vencer

Hay un rincón en San Juan donde el asfalto se olvida y el mapa se dibuja al andar. A 30 kilómetros de la ruta existe un paisaje desértico e imponente que muchos habitantes de la ciudad desconocen, pero que se convirtió en el templo de los amantes de las travesías 4x4. Se trata de Baldecito, un paraje con historia: allí, en 1988, los lugareños descubrieron el agua en una época en la que no andaba ni una sola moto y todo se hacía a lomo de mula o a caballo.

Hoy, esas mismas soledades son el escenario del "Baldecito Extremo", un encuentro que acaba de cerrar su segunda y última edición del año. La fecha no fue elegida al azar: los conocedores del desierto saben que el verano sanjuanino perdona poco. El calor extremo no solo hace levantar temperatura a los motores, sino que modifica el comportamiento de la arena, volviéndola mucho más blanda y transformando las subidas empinadas en paredes casi imposibles de trepar. Incluso los vehículos más preparados sufren.

Una duna que se convirtió en leyenda

La mística es tal que los videos no logran traducir la inmensidad de obstáculos como una duna gigante con forma de pozo que todos quieren coronar, pero que muy pocos logran vencer. Para domar estos médanos hace falta experiencia y respeto por la naturaleza, cuidando cada rastro de la flora y fauna nativa que sorprende a los visitantes.

Detrás de la adrenalina y los motores potenciados, como el de un viejo rastrojero simple que su dueño tuvo que reformar a fuerza de ingenio para adaptarlo al peso de las trepadas, lo que realmente mueve al "Baldecito Extremo" es la amistad. El evento convoca a apasionados de Mendoza, San Luis, Córdoba y Buenos Aires que viajan exclusivamente por invitación. En el campamento base no importan las marcas ni los modelos: conviven camionetas de última generación con vehículos armados a pulmón.

La jornada es una excusa perfecta para encontrarse, compartir un asado multitudinario, cantar, jugar al truco y disfrutar de una paz física y mental que no se encuentra en las grandes urbes.

La ley que nadie se anima a romper

La travesía tiene una ley inquebrantable que todos respetan a rajatabla: "Acá entramos todos y salimos todos". En la inmensidad de la arena, la solidaridad es el verdadero motor. Si una máquina se rompe o se encaja, el viaje se detiene y decenas de manos se suman para auxiliar al compañero.

Quienes participan aseguran que volver con el vehículo intacto es un logro, pero volver con amigos nuevos y el espíritu renovado es el verdadero premio de haber desafiado, una vez más, al imponente desierto de San Juan.

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