El dato que preocupa al sistema previsional: apenas 1,5 aportantes por cada jubilado
¿Sabías que por cada jubilado en Argentina hay apenas 1,5 trabajadores activos? La combinación de mayor longevidad y menor natalidad pone en jaque al sistema previsional.
El sistema previsional argentino enfrenta una crisis silenciosa que va más allá de las fórmulas de movilidad o los bonos de fin de año. Mientras el país discute cuánto deben cobrar los jubilados, un dato demográfico lo cambia todo: hay apenas 1,5 trabajadores activos por cada pasivo, cuando lo ideal sería al menos tres.
La Argentina envejece a un ritmo acelerado. La expectativa de vida crece sin pausa, pero la natalidad cae en picada. Esta combinación modifica de raíz la ecuación de la seguridad social, que se sostiene sobre la solidaridad entre generaciones: los activos financian a los pasivos. Con menos nacimientos, el futuro tendrá menos personas ingresando al mercado laboral, y por lo tanto, menos aportantes.
¿Por qué es insostenible el modelo actual?
Para que el sistema funcione sin déficits estructurales, la relación debería ser de tres aportantes por cada jubilado. Hoy, esa cifra ronda el 1,5, un número que enciende todas las alarmas. La mayor longevidad, lejos de ser una amenaza, es un logro social extraordinario: vivimos más gracias a la medicina y la tecnología. Pero ese triunfo tiene un costo: las personas perciben prestaciones durante más años y demandan más servicios de salud y cuidados prolongados.
Al mismo tiempo, la tasa de natalidad mundial se desploma. En Argentina, la tendencia es similar. Esto significa que, en las próximas décadas, habrá menos trabajadores jóvenes para sostener a una población de adultos mayores cada vez más numerosa. El desafío, entonces, no es solo crear empleo, sino generar empleo formal y productivo, que permita financiar el sistema con aportes genuinos.
Un debate que debe mirar al futuro
Hasta ahora, la discusión previsional se centró en el presente: cuánto ajustar las jubilaciones, si conviene una moratoria o un bono. Pero el verdadero problema es estructural. La sustentabilidad del sistema depende de la evolución del empleo registrado, del crecimiento económico, de la productividad y de la capacidad de adaptarse a los cambios tecnológicos y demográficos.
No se trata de alarmarse: más longevidad y menos nacimientos no son una amenaza, sino una nueva realidad. Exigen instituciones modernas, políticas sostenibles y acuerdos que trasciendan los ciclos políticos. El verdadero desafío no es vivir más años, sino garantizar que esa conquista pueda sostenerse con justicia, solidaridad y responsabilidad intergeneracional.